“¿Cuánto llevo acá? Treinta y tantos años… es tanto tiempo que ya ni quiero recordar”, dice entre risas Enrique Mattar, el hombre que desde hace más de tres décadas se sienta del otro lado del mostrador de uno de los rincones más temidos del Centro Cívico, donde terminan, inevitablemente, las faltas más insólitas de los sanjuaninos. No tiene un cálculo exacto en su memoria, pero sí la certeza de que su historia está atada al pulso cotidiano de la provincia, de la calle en sí.
Las picantes anécdotas de Mattar, el juez que conoce todas las faltas de los sanjuaninos hace añares
Con casi 35 años al frente del Juzgado de Faltas, acumula miles de expedientes, excusas insólitas y escenas que pintan de cuerpo entero a los sanjuaninos. De brujos en el Centro Cívico a infractores creativos, repasa una carrera marcada por la calle, la ley y un estilo inflexible que le dio fama.
Abogado -el primero en su familia de agrimensores-, formado en Córdoba casi por vocación temprana, Mattar arrancó ejerciendo de manera independiente y luego tuvo un paso clave como asesor de la entonces ministra Margarita Ferra de Bartol. “Fue una experiencia extraordinaria, un ejemplo”, recuerda. Poco después desembarcó en el Juzgado de Faltas, donde encontró su lugar y no se fue más.
Sus inicios no fueron sencillos. El juzgado cambió de sede varias veces y funcionó incluso debajo de la escalinata del estadio Aldo Cantoni”. Allí, en un contexto precario y con máquinas de escribir como protagonistas, también aparecieron las primeras leyendas. “Me decían que las máquinas escribían solas de noche… todo para que no trabajara, porque yo me quedaba mañana, tarde y noche”, cuenta, entre divertido y nostálgico.
Con el tiempo, no solo consolidó su rol, sino que también dejó su sello propio, siendo uno de los pioneros en informatizar el juzgado. Pero si algo construyó su figura fue la fama. Para muchos, es el juez más temido de San Juan. Él lo relativiza: “No es que yo sea inflexible, es que la ley por momentos lo es. Si cruzaste en rojo, lo cruzaste. ¿Qué le voy a decir? ¿Qué no pasó nada?”. Aun así, admite que esa imagen pesa más que la realidad: “Creo que atemorizo más de lo que en verdad soy”.
Por su escritorio desfilaron historias de todo tipo. Algunas, rozando lo insólito. Como los “brujos” cuyos elementos eran decomisados. “Venían con vírgenes, velas, de todo… y yo tenía que romperlas. Una vez apareció en el diario ‘brujo en el Centro Cívico’. El brujo era yo, porque había tirado esas cosas que habíamos secuestrado”, relata.
También hubo grandes casos, como la intervención a la electrometalúrgica Andina, que derivó en la instalación de un filtro gigante para reducir la contaminación. O situaciones más recientes, como la clausura de un hotel sobre avenida Rawson que supo funcionar como prostíbulo. Y hasta episodios mediáticos, como cuando Greenpeace colgó una bandera enorme en un edificio público.
Sin embargo, reconoce que los conflictos más complejos no siempre son los más grandes, sino los más cotidianos. “Desde un vecino que se queja porque le sacuden el lampazo hasta denuncias por ruidos o convivencia. Son los más difíciles, nadie quiere ceder”, explica. Y lanza una frase que resume años de experiencia: “He descubierto que, a mayor cultura, mayor soberbia y menos voluntad de arreglo”.
Según cuenta, el Juzgado de Faltas recibe miles de causas por año y resuelve cerca del 84%. Salud pública, Ambiente, Tránsito y Planeamiento son las áreas más cargadas. Clausuras preventivas, decomisos y sanciones forman parte de la rutina de un organismo que, según sostiene, cumple una función clave: “La contravención es la sanción al incumplimiento del deber de colaboración con el Estado”.
Claro que Tránsito se lleva el primer puesto. Y también las excusas. “Me llegaron a decir que el alcohol en sangre era por la loción. Que se perfumaban mucho. Cosas insólitas”, cuenta. Las audiencias públicas, donde unos infractores escuchan a otros dentro del mismo Centro Cívico y a la vista de todos, incluso de otras áreas, suman un condimento especial.
Él tampoco quedó afuera del sistema que supo construir con el correr de los años. “Cometí la infracción más cara: manejé con el carnet vencido. Me costó cinco años sin conducir”, admite. Una experiencia que, dice, le permitió entender mejor a quienes pasan por su despacho.
Después de casi 35 años, Enrique Mattar no solo conoce las faltas de los sanjuaninos. Conoce sus excusas, sus mañas y, sobre todo, sus historias. Y a sus 71 años, ya piensa en el retiro, aunque con cautela. “Tengo fecha de jubilación, pero primero tengo que acomodar mis cosas. Es muy desgastante este trabajo. ¿Y si tengo sucesor? No le haría ese daño a nadie", confiesa, entre risas.