Las dos tortugas que durante años llamaron la atención de quienes recorrían el lago del Parque de Mayo ya tienen un nuevo hogar y una historia que sorprende tanto como su aspecto. Con “cara de serpiente”, manchas verdosas en la piel y hábitos muy distintos a los de una tortuga común, estos ejemplares fueron trasladados al Parque de la Biodiversidad, donde pronto contarán con una pequeña isla especialmente diseñada para ellas.
Cara de serpiente y manchas en la piel, las particulares tortugas abandonadas que tendrán una isla en San Juan
Se trata de los dos reptiles que vivían en el Parque de Mayo y fueron reubicados en el de la Biodiversidad. Conocé sus características.
Se trata de dos hembras de la especie Phrynops hilarii, conocidas popularmente como tortuga sudamericana de arroyo, tortuga de laguna, tortuga de serpiente o tortuga campanita. Ambas vivían en el lago artificial del Parque de Mayo y fueron reubicadas junto a los más de 3.000 peces trasladados recientemente al predio de Rivadavia.
Según explicaron especialistas del Parque de la Biodversidad, dependiente de la Secretaría de Ambiente, estos reptiles no llegaron allí de forma natural. La principal hipótesis es que fueron adquiridas a través del mercado ilegal de fauna y luego abandonadas cuando crecieron y su cuidado se volvió más complejo.
El cambio de hábitat fue significativo. Durante años sobrevivieron en condiciones poco adecuadas dentro del lago artificial, adaptándose como pudieron. Una de ellas incluso presenta la piel teñida de un llamativo tono verdoso, producto de la pigmentación generada por la gran cantidad de algas presentes en el agua donde vivía.
Aunque hoy pueden verse en distintos sectores de San Juan, estas tortugas no forman parte de la fauna autóctona de la provincia. Sin embargo, el tráfico de especies durante décadas hizo que su presencia se volviera frecuente, especialmente en zonas como Valle Fértil, cerca de espejos de agua.
Su apodo de “tortuga de serpiente” no es casual. Poseen una cabeza subtriangular, cuello con pequeñas granulaciones, arrugas y surcos, además de una línea negra que nace desde los orificios nasales, atraviesa los ojos y continúa por el cuello, dándoles un aspecto muy similar al de una serpiente. Su coloración suele ser gris plomiza o más clara en la cabeza y en las patas delanteras.
También se las conoce como “tortugas campanita” por dos pequeñas saliencias gruesas y cortas ubicadas en la zona del mentón. Estas estructuras cumplen una función sensorial y, además, las mueven dentro del agua generando vibraciones similares a las de pequeños gusanos, lo que atrae a peces pequeños y facilita su captura.
Se trata de una especie carnívora que se alimenta principalmente de insectos, moluscos, crustáceos, renacuajos, peces, pichones de aves e incluso pequeños mamíferos. A diferencia de las tortugas terrestres, no esconden la cabeza y las patas hacia adentro de forma recta, sino que giran sus extremidades para ocultarlas y protegerse.
Tienen membranas entre los dedos que les permiten nadar con facilidad en aguas calmas y con abundante vegetación, aunque también pueden caminar sobre tierra firme, donde ponen sus huevos y pasan parte del día tomando sol.
Las dos tortugas rescatadas tienen aproximadamente tres años y podrían llegar a vivir hasta 60. Además, alcanzan un tamaño considerable, con ejemplares que pueden medir hasta 40 centímetros. Su caparazón tiene forma achatada tanto en la parte dorsal como ventral, una característica típica de las especies acuáticas.
Actualmente permanecen en uno de los piletones del Parque de la Biodiversidad, compartiendo el espacio con peces que aún continúan bajo observación. Todos los días, sus cuidadores las retiran del agua para que puedan permanecer un tiempo sobre tierra.
Sin embargo, ese será solo un espacio transitorio. Ya comenzó el diseño de un pequeño lago con una isla exclusiva para ellas, una especie de acuario natural pensado especialmente para su bienestar. Allí podrán vivir en condiciones mucho más adecuadas, sin compartir territorio con otras tortugas de distintas especies, algo que los especialistas prefieren evitar para prevenir peleas y posibles daños entre los animales.