A simple vista, todo indicaba que era un ahogado más. Todavía hacía mucho calor y el verano no se iba. El “occiso” solo vestía el slip, lo que respaldaba la teoría de que había estado bañándose. Eso sí, llamaba la atención sus ojos hinchados, los hematomas en la boca y los raspones en distintas partes del cuerpo sin vida, encontrado la mañana del 14 de marzo de 1967 en el ramo de un canal de regadío de calle 3, cerca de la ruta 147, en 25 de Mayo.
Un encuentro en Villa Santa Rosa, una tarde de vinos y un jornalero estrangulado
El 14 de marzo de 1967 hallaron el cuerpo semidesnudo de un obrero rural en un canal de 25 de Mayo. Creyeron que se trataba de una muerte accidental, pero era un asesinato.
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Algunos policías dijeron que esas lesiones eran producto del arrastre en el agua, pero otros investigadores repararon en que las heridas parecían el resultado de una golpiza y no de algo accidental. Otro detalle que generaba dudas fue la ropa del difunto, que apareció tirada a metros del canal, entre unos matorrales. Podrían haber dicho que el pantalón, la camisa y los zapatos hallados en ese lugar confirmaban la hipótesis del ocasional bañista, pero había algo más. Las prendas de vestir estaban manchadas con sangre; además, detectaron marcas de arrastre en dirección al cauce. También faltaban el reloj, la billetera y la bicicleta de Carrizo.
Las lesiones, la ropa con sangre y las huellas por demás extrañas revelaban indicios de que podían estar frente a un asesinato, aunque los policías más incrédulos aseguraban que no había nada raro y que se trataba de un ahogado de forma accidental. Su explicación era sencilla. El changarín quiso refrescarse en el agua, estaba borracho o se descompensó y se ahogó. Solo eso.
Lo primero que surgió de las averiguaciones policiales fue que el fallecido se llamaba José Toribio Carrizo, de 46 años, un obrero rural que tenía domicilio justamente en una finca ubicada en la calle 3. También establecieron, a través de su mujer, que estaba desaparecido desde la mañana del domingo 12 de marzo. El jornalero había salido en su bicicleta con la idea de ir a visitar a unos amigos a Media Agua, explicó la señora, pero desde entonces no tuvieron noticias de él.
El caso empezaba a tomar otro matiz. ¿Qué hacía en el canal?, se preguntaron los policías. La autopsia terminó de disipar cualquier especulación. El informe forense señaló que el cadáver de Carrizo presentaba “rotura de hueso de la región cervical, laringe y tráquea por estrangulamiento”. La conclusión: muerte violenta. Alguien lo había asfixiado de forma mecánica a través de la compresión del cuello y la tráquea con las manos. En otra parte indicó que el resto de las lesiones fue consecuencia de golpes propinados por otra persona.
El resultado de la autopsia sorprendió a los policías de la Comisaría 10ma, que, abrumados, tuvieron que salir a buscar pistas. La noticia del crimen de Carrizo se esparció por el pueblo de Santa Rosa y los alrededores y despertó comentarios de todo tipo. Ahí aparecieron versiones de que Toribio Carrizo había sido visto bebiendo con dos hombres el mismo domingo que desapareció.
Los policías visitaron los almacenes y bares del pueblo hasta que dieron con testigos que confirmaron que, ese día, Carrizo andaba en compañía de dos obreros golondrinas. Estos eran “El Tucumano” Juan Carlos Mora y un tal Ángel Flores, un ciudadano boliviano apodado "Yubril" que hacía un mes que trabajaba con la víctima en la finca de calle 3.
Al primero que localizaron fue a “El Tucumano” Mora, quien confirmó que estuvo con Carrizo y Flores. El changarín contó que él y “Yubril” se cruzaron con Toribio Carrizo ese domingo, charlaron en la calle y uno de ellos tiró la idea de tomar un vino. Según su relato, bebieron una botella y después otra y otra. Contó que anduvieron por distintos lugares hasta que se hicieron las 19 o 20. El obrero rural dijo que, como ya estaba muy borracho, decidió marcharse a la finca, mientras que Carrizo y Flores continuaron tomando.
La declaración no mostraba grietas. El propio Mora se veía tranquilo y seguro de lo que decía. Así fue que todas las sospechas apuntaron contra “Yubril” Flores. La búsqueda del trabajador golondrina se extendió a todos los departamentos de la zona este de la provincia. En esas pesquisas, los investigadores dieron con un dato crucial. Hablaron con los dueños de un bar de la Villa Rioja Chica, en Caucete, que les contaron que el 13 de marzo los visitó en el bar un obrero golondrina que les ofreció a la venta un reloj y una bicicleta. Dijeron que tenía rasgos norteños y una tonada distinta.
Esa persona era Flores, que andaba vendiendo las pertenencias de Carrizo, se dijeron los investigadores. La cacería no duró demasiado. A través de otros trabajadores rurales supieron que “Yubril” había partido en silencio hacia Sarmiento. El viernes 17 de marzo de 1967, los policías veinticinqueños dieron con Flores en una finca de Cochagual.
El ciudadano boliviano, de 27 años, no opuso resistencia. Es más, confesó el asesinato con lujo de detalles, aunque aclaró que no recordaba por qué discutió con Carrizo. Lo declaró apenas llegó a la Comisaría 10ma de Santa Rosa. Confirmó que estuvo tomando con “El Tucumano” y Carrizo hasta que se hizo de noche y quedaron solos. Relató que Mora se retiró y el obrero rural sanjuanino lo invitó a seguir bebiendo en su casa.
Flores aseguró que, mientras caminaban por calle 3, empezaron a discutir a raíz de la borrachera y se tomaron a golpes. Dijo que tiró al piso a Carrizo, que se le lanzó encima y que con sus propias manos empezó a ahorcarlo. Admitió que después descubrió que estaba muerto y, como no sabía qué hacer, le quitó la ropa, le sustrajo el reloj y la billetera y arrastró su cuerpo hasta el canal. Pensó que iban a creer que se había metido a bañarse. También tomó su bicicleta y escapó en medio de la noche.
Ángel “Yubril” Flores llegó a juicio acusado de homicidio agravado por la alevosía, pero el juez Wilson Vaca desestimó esa calificación y la ajustó al delito de homicidio simple. El mismo magistrado, titular del Juzgado del Crimen de II Nominación, firmó la sentencia el 5 de agosto de 1968 y condenó al obrero rural a la pena de 15 años de prisión.
FUENTE: Sentencia del Juzgado del Crimen II Nominación del Poder Judicial de San Juan, artículos de los periódicos Tribuna y Diario de Cuyo, y hemeroteca de la Biblioteca Franklin.