Se dice que “si hay primera, hay segunda” y, para desgracia de una mujer pocitana, esa regla se cumplió. Lo sorprendente fue que nadie lo vio venir ni intentó frenar esa amenaza latente. Sara había sobrevivido al ataque a balazos de su esposo policía en junio de 1965, pero, pese a la gravedad del hecho, ni la fuerza provincial ni la Justicia lo castigaron ni le retiraron el arma en ese entonces. La vida siguió como si nada y, casi dos años después, ya separados, él cumplió aquella sentencia de muerte y la asesinó a tiros en plena calle del centro sanjuanino.
La pocitana que se salvó del primer ataque de su marido policía y terminó asesinada tras dos años de separados
Un policía intentó matar a su esposa a balazos en junio de 1965. En 1967, cuando ya estaban separados, volvió sobre sus pasos y la asesinó a tiros en la puerta del Instituto Odontológico de San Juan.
Es posible que la relación de pareja ya estuviera rota y que fuera cierto que Sara Espinosa mantenía un romance con el empleado ferroviario Pedro González, pero eso no justificaba que Juan Rosas decidiera sobre la vida de ella o la del tercero en discordia. Ese orgullo de hombre herido sacó de las entrañas del sargento un machismo que lo llevaría a atentar contra los supuestos amantes la tarde del miércoles 23 de junio de 1965.
Los relatos cuentan que esa tarde el sargento Rosas regresó a su casa en el barrio Pocito, en la villa Aberastain, y no encontró a su esposa. Él aseguró que decidió volver a la Comisaría 7ª y en el trayecto cortó camino por las vías del viejo ferrocarril San Martín. En ese recorrido pasó cerca de la casa del empleado ferroviario González, situada en el predio de la estación de trenes, y observó a Sara entrando a esa vivienda con un bulto de ropa.
Rosas se dirigió hacia allí. Según el sargento, cuando abrió la puerta encontró a su mujer y a González abrazados. Ella lo negó y explicó que le lavaba la ropa al empleado ferroviario a cambio de una paga, pero el policía hizo oídos sordos, sacó su arma y disparó contra ambos. Los balazos hirieron a Sara y al otro hombre, quienes se refugiaron y pidieron ayuda, mientras el agresor escapaba rumbo a la seccional para entregarse.
Juan Rosas fue acusado sólo del delito de abuso de arma en estado de emoción violenta y recuperó la libertad. A los pocos días se reincorporó a su trabajo como efectivo de la Policía de San Juan y le devolvieron la pistola calibre 45. También se reencontró con Sara y le pidió que lo intentaran de nuevo, pese a que días antes había intentado matarla.
La convivencia duró menos de un mes. El 17 de julio de 1965, el policía dejó a la mujer y se mudó al domicilio de sus padres. Esto lo dejó asentado en una exposición que firmó en la Comisaría 7ª como constancia de que abandonaba la casa. La crisis matrimonial no tenía retorno y cada uno empezó a hacer su vida, aunque Rosas nunca perdonó a Sara y, en su fuero íntimo, estaba dispuesto a no dejarla en paz.
A días de aquel primer ataque a balazos, Rosas pidió a su mujer reanudar la relación. Sin embargo, a menos de un mes, él abandonó la casa y al año siguiente ella inició el trámite para la separación legal.
Ella, en cambio, quiso dar vuelta la página y en noviembre de 1966 inició los trámites de separación legal en la Defensoría de Pobres. En esos años en Argentina no existía el divorcio. Había suficientes motivos y antecedentes como para dar por hecho la ruptura del matrimonio. Eso no cayó bien a Rosas, que siguió empecinado con su expareja. Mientras tanto, continuó cumpliendo funciones de chofer en otra dependencia de la Policía.
Sus vidas transcurrían con esos rencores guardados por parte del sargento y la intención de la mujer de borrar el pasado. Así llegó ese fatídico miércoles 8 de febrero de 1967. Ese día, muy temprano, González buscó a su hijo en Pocito para llevarlo al Instituto Odontológico de San Juan en la Capital de San Juan. Sara también fue al centro. Había acordado encontrarse con el empleado ferroviario en ese centro médico situado en la intersección de las calles Laprida y Jujuy.
Cuando la mujer iba caminando por avenida Libertador, cerca de Rioja, fue vista por su exmarido. Rosas, que andaba uniformado en moto, la siguió hasta que notó que ingresó al Instituto Odontológico. Ahí, el policía dejó estacionado su rodado a unos metros y entró decidido a increparla. Quizás sospechaba que iba a encontrarla con alguien.
“¡Ya sabía que algún día los tenía que encontrar!”, exclamó con bronca el sargento, al ver a Sara sentada al lado de González, quien estaba acompañado de su hijo de 6 años. El policía los insultó y amenazó a los gritos, y se desató una discusión entre los tres. El alboroto fue tal que una secretaria salió a increparlos y pidió que se retiraran del edificio.
González tomó de la mano al niño y salió. Lo mismo hizo Sara con la idea de marcharse, pero Rosas la siguió en la vereda y no dejó que se fueran. Sacó su pistola calibre 45 y abrió fuego contra su exesposa. Le largó un balazo que le impactó a la altura del cuello.
Ella igual logró correr y se metió al Instituto Odontológico buscando ayuda, pero cayó en la sala de espera. González a todo eso intentó huir con su hijo, pero fue alcanzado por un disparo que le pegó al costado de su espalda y otro que lo hirió en un codo. El chico gritaba y lloraba sin entender lo que pasaba.
En esos minutos, Juan Rosas sacó su moto y se dirigió a la sede de la Comisaría 1ra a entregarse. Después confirmaron que Sara estaba muerta. El empleado ferroviario, hasta tanto, fue trasladado en un auto particular a la guardia del Hospital Guillermo Rawson, donde pudo recuperarse de las heridas.
Finalmente, Rosas consiguió lo que no había logrado en el fallido ataque de junio de 1965. Y ese manto de impunidad que protegió antes al femicida, también lo benefició durante en el proceso penal en su contra por el asesinato. Si bien quedó preso, el juez del caso le atribuyó el delito de homicidio agravado por vínculo y homicidio en grado de tentativa, pero atenuado por el estado de emoción violenta.
El femicida declaró que el empleado ferroviario le propinó una patada y amagó con sacar un arma, y en respuesta a esa amenaza extrajo su arma reglamentaria. Aseguró que el disparo que mató a su mujer fue accidental y que hirió a González por defenderse.
En todo el caso se impuso una postura machista que terminó victimizando al propio asesino y culpando a la mujer de su muerte. En una parte de la sentencia del Juzgado del Crimen, Segunda Nominación, se expresa: “Que, en el caso del examen, nos encontramos frente a la situación de un matrimonio derrumbado por la notoria infidelidad de la esposa…Con antelación existió otro hecho, al ser sorprendida en indecorosa posición por parte del esposo engañado…El encuentro (del día del asesinato) no fue provocado ni meditado”.
Más abajo señala textualmente que “lógico resulta inferir que el individuo normal en tal situación, ante el menoscabo de su hombría, en el permanente agravio de la grave injuria se desquicia en lo físico, en su espíritu, en su moral, en su psiquismo todo, tornándose, por el sufrimiento injusto. en peligrosamente proclive a un súbito impulso incontenible, ante un impulso que lo vuelva a señalar en su lamentable situación de varón desdeñado, de esposo burlado”.
No se valoró el temible antecedente asesino de Rosas. Tampoco se tomó en cuenta que la pareja no convivía desde julio de 1965 y que la mujer había iniciado el trámite de la separación legal en noviembre de 1966.
Como en otros casos de asesinatos en contexto de violencia de género ocurrido en esas décadas, la Justicia falló en favor del femicida. El 23 de agosto de 1968, condenó a Juan Rosas a apenas 8 años de cárcel por el fallido asesinato de 1965 y el crimen cometido en 1967.
FUENTE: Sentencia del Juzgado del Crimen Segunda Nominación, artículos periodísticos de Diario de Cuyo, hemeroteca de la Biblioteca Franklin y Archivo General de la Provincia.