Las últimas palabras que se le escuchó decir a Dora fue: “Por qué me mataste, papi”. Javier “Gallina” Herrera le cubría la herida sangrante en el cuello, la abrazaba y hasta la besaba para calmarla o con tal que no siguiera hablando.
El "Gallina" y el asesinato de su pareja de un alevoso disparo dentro de la Villa General San Martín
El 13 de marzo de 2004, una joven mujer fue asesinada de un tiro en una villa de Concepción. Su amante escapó y se entregó a los dos días. Dijo que fue un accidente, pero la bala atravesó el cuello de la chica.
El muchacho cargó a la joven en un auto Ford Falcon que otras mujeres detuvieron a los gritos sobre calle Pueyrredón, cerca de Santa Domingo. Curiosamente él no acompañó a la malherida, en su reemplazo obligó a su madre a que subiera al coche y las despachó. Desde esa tarde del sábado 13 de marzo de 2004, no volvieron a ver con vida a Dora Nélida Sosa.
La joven de 25 años y madre de seis niños, murió minutos más tarde en la Sala de Urgencias del Hospital Guillermo Rawson en la Capital provincial. La causa de muerte: shock hipovolémico producto de un disparo de arma de fuego que le atravesó de lado a lado el cuello y que tocó la arteria carótida izquierda, según reveló después el informe forense del médico Alejandro Yesurón.
Javier Zacarías Herrera Vargas desapareció esa misma tarde de la antigua Villa General San Martín –hoy desaparecida-, ubicada en cercanías de calle Pueyrredón y los fondos de Villa América, en Concepción. El changarín se dio fuga.
Las vecinas testificaron que ese día, después de escuchar el disparo en el interior de la casa de Juana Vargas -la mamá del “Gallina”-, sintieron los gritos de Dora y a los pocos segundos vieron salir al muchacho con la joven en brazos. Ella ya estaba herida y perdía sangre del cuello, contaron.
La situación era confusa para los policías de la Comisaría 2da y de la Brigada de Investigaciones de la Central de Policía. No contaban con testigos directos del hecho de sangre, pero una de las hijas de Dora -que entró a la pieza a poco de oírse el balazo-, supuestamente, contó a uno de los uniformados que su misma mamá se disparó, dijeron en ese momento. Eso instaló la hipótesis del suicidio, pero la nena tenía 9 años y había dudas sobre ese relato. Más todavía, cuando había versiones contrapuestas y el principal sospechoso estaba prófugo.
Una amiga de la víctima aseguró a los investigadores que la pareja mantuvo una fuerte discusión antes del fatídico episodio. Esa testigo, de apellido Garramuño, afirmó además que el “Gallina” Herrera maltrataba a Dora, era celoso e incluso le prohibía que se juntara con sus amigas de la villa.
Juana Vargas, la madre del sospechoso, se encerró en que no sabía nada. Dora Sosa vivía en una casa de adobe pegada a la suya por calle Santa Domingo, en la popular villa. Esa mujer aclaró que la chica no era su nuera. El “Gallina” tenía pareja e hijos en otro lugar, pero llevaba una doble vida. Hacía un año y medio que el muchacho mantenía un romance con Dora y hasta tenían una beba de pocos meses fruto de esa relación. Ella también era mamá de otros cinco chicos.
La víctima ocupaba el papel de amante del “Gallina” y éste la visitaba casi todos los días, en ocasiones se quedaba a dormir con ella. Pero la relación entre ambos estaba marcada por las constantes discusiones y peleas. El propio Herrera era un violento, acostumbraba a llevar una pistola en su riñonera.
Aquella tarde del 13 de marzo de 2004, Javier Herrera fue a ver a su madre a la Villa General San Martín y ésta le comentó que veía que Dora descuidaba a la beba. Al parecer, eso molestó al “Gallina”, quien llamó a la joven y juntos pasaron a una habitación de la casa de Juana, a la vez que la mujer mayor se quedó sentada afuera con la pequeña.
Esa vecina de apellido Garramuño contó que vio que Herrera y Dora discutieron en la puerta de la casa, antes de ingresar. Ahí, mientras la pareja se encontraba en una de las habitaciones se suscitó la discusión o el ataque. A los minutos los vecinos escucharon el disparo y el “Gallina” salió gritando “¡Juana, ayúdame! ¡Ayudame!”, con la chica en brazos.
Los policías que inspeccionaron la casa encontraron la pistola marca Tala calibre 22 largo, que solía portar Herrera, oculta en medio de un colchón doblado y parado en un rincón. Estaba dentro de la riñonera que usaba el joven. También hallaron un vaina servida dentro de la habitación y manchas de sangre.
Herrera auxilió a la chica, pero después la abandonó cuando la subió al coche que la trasladó al hospital. De ahí regresó a la villa, se cambió de ropa y escapó.
Los investigadores redoblaron la búsqueda del “Gallina” y realizaron varios allanamientos, pero no había rastros de él. La mañana del lunes 15 de marzo de 2004, Javier Zacarías Herrera Vargas apareció en Tribunales en compañía del abogado Eduardo Cáceres y con la presencia de un par de periodista para garantizar su “integridad física”.
Tenía el pelo teñido de rubio. No se veía perturbado, sólo expresó: “Soy inocente”, mientras subía las escaleras para entregarse ante el juez Agustín Lanciani en el Segundo Juzgado de Instrucción.
Ese día quedó detenido, acusado del delito de homicidio simple. En la indagatoria declaró que fue un accidente y negó que haya existido una discusión o pelea con la víctima. Declaró que los dos sentaron en la cama a tomar mate y a charla porque Dora andaba deprimida y quiso consolarla.
Sobre la presencia del arma en ese momento, dio una extraña explicación. Relató que el arma estaba arriba de un ropero y que él la bajó porque se la iba a llevar. Admitió que tomó la pistola con una de sus manos, pero dijo que no sabía que estaba con la bala en boca.
Según Herrera, cuando se encontraba manipulando el arma al lado de Dora, ésta le tironeó del brazo y él cayó encima suyo. En ese instante se accionó el arma y salió el disparo que impactó en el cuello de la joven, afirmó. La pistola era “celosa”, explicó, en referencia a lo sensible del arma. Con respecto a por qué andaba armado, se justificó diciendo que la villa “era peligrosa”.
El joven cargaba con un horrible pasado. Había estado preso en 2001 por la muerte de su hermano menor. De acuerdo a los registros periodísticos, el “Gallina” tuvo un altercado con ese otro joven y lo golpeó contra una pared. El chico sufrió una descompensación a posteriori y falleció. En un primer momento se sospechó de un crimen, pero la autopsia estableció que la víctima perdió la vida a consecuencia de una enfermedad y no producto de la agresión.
El informe forense descartó la hipótesis de un suicidio y la del disparo accidental. Por el contrario, señaló que la víctima recibió el disparo desde una distancia de 70 centímetros y casi de frente,
El “Gallina” fue sentado en el banquillo de los acusados entre abril y mayo del 2005 por el crimen de Dora Sosa, pero ya con el abogado –luego juez- Pablo Flores- como defensor, en la Sala III de la Cámara en lo Penal y Correccional. En su declaración, reiteró frente al tribunal la versión del accidente. Su defensor, por su parte, sostuvo que el changarín jamás le pegó ni celó a la víctima, esto para contrarrestar los testimonios que lo hacían ver como un maltratador.
Las pruebas lo pusieron entre las cuerdas. El informe forense reveló que, por la trayectoria del proyectil, se concluyó que el disparo fue efectuado a una distancia de 70 centímetros. Eso tiraba abajo la teoría del posible suicidio y también la del disparo accidental. La versión de Herrera decía que estaban sentados el uno al lado del otro y que el arma se accionó cuando él cayó arriba de Dora.
Por el contrario, se dedujo que Herrera estaba parado y que la víctima permanecía sentada en la cama, y que ahí le disparó casi de frente. La teoría de la fiscal Leticia Ferrón de Rago fue que el joven increpó a la chica, la amenazó con el arma y la atacó de un balazo con la clara intención de matarla.
La representante del Ministerio Público argumentó que las acciones posteriores del acusado demostraron que hubo un asesinato. Si bien, en principio Herrera auxilió a Dora, luego la subió a un auto y se desentendió de ella, dado que no fue al hospital. Es más, regresó a la casa, ocultó el arma, se cambió de ropa y permaneció prófugo casi dos días.
En la causa fue relevante el testimonio de la vecina de apellido Garramuño, quien ratificó en el juicio que, mientras auxiliaban a Dora, le escuchó suplicar: “Por qué me mataste, papi”, apuntando al acusado. Además, hubo otras declaraciones que respaldaron la versión de que el “Gallina” era agresivo con la víctima.
Javier Zacarías Herrera Vargas fue condenado el 6 de mayo de 2005. Los jueces Ricardo Conte Grand, Héctor Fili y Eugenio Roberto Barbera le impusieron una pena de 15 años de cárcel. Hoy quizás lo hubiesen dado un castigo mayor por el agravante de femicidio.
FUENTE: Sentencia de la Sala III de la Cámara en lo Penal y Correccional, artículos periodísticos de Diario de Cuyo y hemeroteca de la Biblioteca Franklin.