Prometía ser un domingo apacible, de trabajo, pero en familia. Rafael González estaba firme detrás del mostrador de su negocio, como todos los días. Su hijo mayor lavaba su moto en el patio y su mujer se alistaba dentro de la casa para empezar a cocinar. Esa tranquilidad, sin embargo, no duró por mucho tiempo.
El comerciante de Chimbas que resistió a un asalto y fue asesinado a balazos
Fue una mañana de domingo de 2002 en una proveeduría de calle Centenario, en Chimbas. Entraron dos ladrones y se produjo una pelea que terminó con Rafael González herido mortalmente.
Poco después de las 11.30 del domingo 18 de agosto de 2002, en el momento en que el comerciante atendía a una chica, irrumpió un sujeto que traía a los empujones a la hermana de la joven clienta y la tiró al piso. “¡Esto es un robo! ¡Todos al piso!”, expresó con voz amenazante el desconocido, que cubría parte de su rostro con una cuellera y los encañonaba con un revólver calibre 22. Por detrás entró otro joven portando un arma más potente, un calibre 38, y se abrió paso por el pequeño salón de ventas del local situado en calle Centenario.
Las chicas no eran el objetivo, iban por Rafael Florencio González. Así fue que los caños de esas armas apuntaron directamente contra el dueño de la Proveeduría González, que no acató la orden de los delincuentes y se mantuvo de pie. Cecilia y Nora Monardez, en cambio, ya se encontraban tiradas boca abajo, suplicando y a punto de llorar del pánico.
“¡Dale, culiado! ¡Dame la guita y los puchos!”, exigió el cabecilla de los ladrones. González no se resistió y entregó los 200 pesos que tenía a mano, mientras el otro asaltante manoteaba los paquetes de cigarrillos y los metía en una bolsa plástica. Con cada segundo que pasaba, la tensión crecía y la sensación de muerte agitaba.
Como que los perros percibieron lo que estaba sucediendo y comenzaron a ladrar. Javier González, el hijo del comerciante, dejó la manguera y se acercó al negocio a ver qué pasaba en el salón de adelante. Al cruzar el umbral de la puerta, la primera imagen que observó fue la de un hombre que apuntaba con un revólver a su padre. Ahí también se encontró con el otro ladrón, quien, al verlo, gatilló el arma en su dirección, pero el tiro no salió.
Javier González, hasta tanto, escapó corriendo hacia la calle en busca de ayuda, pero al poco andar pegó la vuelta, sabiendo que su padre todavía estaba adentro y corría peligro. El joven no lo dudó. Apenas ingresó al negocio, se tiró encima del delincuente que le había largado el fallido disparo y se trenzó en una rabiosa pelea. En ese forcejeo, el ladrón perdió el arma y entonces gritó a su cómplice: “¡Largale un cuetazo!”, a la vez que encaró hacia la puerta y escapó por calle Centenario, donde lo esperaba un tercer delincuente en una moto. Ese maleante fugó con la bolsa que contenía el magro botín.
El ladrón de la cuellera no alcanzó a reaccionar ante el pedido de su compañero. Rafael González le tiró una trompada y se le abalanzó para también quitarle el revólver. Así fue que se desató un segundo enfrentamiento, pero entre el dueño del negocio y el cabecilla de los asaltantes. En el cuerpo a cuerpo, al ladrón se le descubrió el rostro y, en un instante zafó, dio unos pasos atrás y cobardemente apuntó contra el comerciante.
Con su revólver calibre 32, le largó tres disparos seguidos a Rafael Florencio González, quien retrocedió y buscó cubrirse, creyendo que podía esquivar los balazos. Lejos de eso, uno de los proyectiles le impactó en el abdomen, otro en el pecho y el tercero en una pierna. Al levantar la mirada, el comerciante notó que el ladrón fugaba a toda prisa en dirección a la calle. Su hijo Javier amagó con perseguirlo, pero después lo pensó y corrió a auxiliar a su padre.
Hasta entonces llegaron otros dos vecinos que ayudaron a levantar a las chicas y colaboraron con Javier González con el fin de trasladar a su padre malherido. Rafael González fue llevado a la guardia del Hospital Guillermo Rawson y los médicos lo pasaron al quirófano a raíz de las graves heridas en la zona del tórax y el abdomen.
Del ladrón no se supo nada, hasta que minutos más tarde un habitante de la zona avisó a los policías del Comando Radioeléctrico que un sospechoso se había metido corriendo a una casa de las adyacencias, propiedad de una mujer apodada “La Pato”. Ese individuo era Alejandro Javier Guzmán, de 24 años, conocido en el ambiente delictivo.
Esos uniformados sacaron a Guzmán de la vivienda y lo trasladaron a la Comisaría 17ma como posible implicado en el violento atraco, pero, extrañamente, al rato fue liberado por orden de algún superior. Esa situación nunca se aclaró, según se destacó en la misma sentencia judicial del caso, pero lo cierto fue que el delincuente se marchó de la comisaría sin que las autoridades se cercioraran si era o no uno de los atacantes de González.
Un rato más tarde, cuando los policías de la Brigada de Investigaciones de la Central de Policía se interiorizaron del asalto al comerciante y recogieron datos de los testigos, salieron en búsqueda de Guzmán. Dos oficiales, de apellidos Benegas y Ríos, recorrieron los alrededores de la llamada “Cueva del Chancho” y, al cabo de unos minutos, localizaron y detuvieron al delincuente en inmediaciones de las calles Rodríguez y Tucumán.
Ese sería el final de Alejandro Javier Guzmán. Si bien nunca pudieron identificar al cómplice que entró con él al negocio ni al tercer ladrón que los esperaba afuera a bordo de una moto, desde el inicio todas las pruebas apuntaron en su contra. La ropa coincidía con la descripción que hicieron las víctimas sobre el sujeto que encañonó y se trenzó con el comerciante.
En una sala de terapia intensiva del hospital Rawson, Rafael Florencio González todavía luchaba por su vida. Su estado de salud se agravaba con las horas. A las 22 del lunes 19 de agosto, su cuerpo ya no dio más y su corazón dejó de latir. Lo que era un asalto se convirtió en un asesinato.
Guzmán negó ser el asaltante que disparó contra el comerciante, pero el hijo de González lo reconoció. Su presencia en la zona también lo complicó. Los otros testigos dieron una descripción que se correspondía con él y eso lo puso como principal autor de los delitos de robo agravado y homicidio criminis causa.
El joven de Chimbas fue el único que llegó a juicio en marzo de 2004. A los otros dos partícipes del robo y asesinato no los identificaron. La defensa de Guzmán insistió en que no existían pruebas para demostrar que fuera él quien asaltó y mató al comerciante, y correspondía que lo absolvieran por el beneficio de la duda.
El 19 de marzo de 2004, los jueces Félix Herrero Martín, Juan Carlos Peluc Noguera y Ernesto Kerman, de la Sala II de la Cámara en lo Penal y Correccional, condenaron a Alejandro Javier Guzmán a la pena de prisión perpetua. Según informes oficiales, el asaltante y homicida permaneció alojado en el penal de Chimbas hasta obtuvo la libertad condicional en 2019. Lo que comentaron las fuentes fue que luego se marchó a una provincia del sur de país y habría cometido otros delitos, incluso que estuvo o está preso, pero lo confirmaron.