El anciano que murió asfixiado por un incendio en su casa en Trinidad, era el conocido lustrabotas “Carlitos” de la Terminal de Ómnibus de San Juan. Popular entre los pasajeros y el mundo de la calle, solía ser un personaje de uno de los sitios más transitados de la provincia.
El anciano que se asfixió era “Carlitos”, el famoso lustrabotas de la Terminal de San Juan
El nombre real de “Carlitos” era Carlos Orlando Riveros y tenía 77 años. Su hermano Adolfo, que vivía al lado, lo encontró sin vida el jueves en la mañana dentro de su precaria vivienda en la calle Catamarca, casi Teniente Ibáñez, en Villa Franca. Cuando su hermano entró, notó rastros de un incendio. De hecho, la estufa y parte de su cama estaban quemadas, también el televisor, un costado de la heladera y algunos muebles dentro de la pequeña habitación que poseía.
Todo indica que allí produjo un siniestro en la madrugada del jueves y que, por la falta de oxígeno, no llegó a extenderse y se redujo a la pieza. Fue así que las llamas luego se apagaron solas, pero mientras tanto el humo fue ahogando a “Carlitos”. Aparentemente, él intentó protegerse y cayó de rodillas del otro lado de su cama, hasta que finalmente murió intoxicado por el monóxido de carbono, señalaron en la Policía.
Su hermano Adolfo Agüero lo vio por última vez el miércoles a eso de las 21. Es que un rato antes, un vecino le avisó que se cruzó con “Carlitos” en el almacén y notó que no se sentía bien. Por esto mismo, Adolfo lo fue a buscar y lo llevó a su pequeña casa. Le recomendó que guardara reposo. Y tal parece, “Carlitos” encendió la estufa cerca de su cama y se acostó a dormir. Minutos después o en horas de la madrugada se generó el incendio que terminó por cobrar la vida al anciano de 77 años.
Carlitos ya era conocido en su Villa Franca, en Trinidad, donde se crío y trágicamente también murió. Pero “Carlitos” era más popular y todo un personaje en la Terminal de Ómnibus de la capital sanjuanina. Solía estar allí desde la primera hora de la mañana hasta la noche, haga frío o haga calor, ofreciendo sus servicios con su cajón de lustrabotas por la explanada o el hall central. Los vendedores ambulantes, los diareros, los maleteros y cafeteros eran como su familia y muchas veces se los veía bromear con él o comer juntos.
Los años le pesaban a “Carlitos”. De hace algún tiempo ya había comenzado a sentir los efectos de la demencia senil. Por otro lado, juntaba y amontonaba objetos que ni utilizaba, igual que imágenes de santos. Era casi un acumulador compulsivo y no ordenaba mucho su casa. Graciela Uliarte, su cuñada, contó que “estaba algo enfermo. Estaba mal de la cabeza. No comía bien o se olvidaba de las cosas, a veces se perdía. Últimamente dormía mucho y se encerraba. Si con esto de la cuarentena por el coronavirus, no podía salir a trabajar. Y no quería que entráramos a su casa”. Curiosamente, el hombre que hizo de la calle y de la Terminal de Ómnibus su hogar y su vida, murió encerrado dentro de su precaria casa en Trinidad.