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lunes 23 de marzo de 2026

Historias del crimen

El insólito caso del sanjuanino que asesinó brutalmente a la mujer y recibió tan sólo 3 años de cárcel

El hombre era un delincuente y golpeador, que una tarde de 1984 mató a la esposa a cuchillazos frente a uno de sus hijos en una villa de Concepción. En una sentencia por demás polémica, un tribunal lo castigó con una pena insignificante. El fallo fue recurrido y posteriormente la justicia se reivindicó.
Por Walter Vilca

D irán con razón que esos jueces basaron su decisión desde una postura machista. Otros sostendrán que el fallo fue bien fundamentado en un atenuante, muy valorado en esas épocas. Lo que es cierto es que esa sentencia fue una de las más polémicas en la historia judicial de San Juan, con un fallo insólito que favoreció a un delincuente y golpeador que asesinó a la esposa de 8 cuchillazos y que recibió la pena de sólo 3 años de prisión. El caso Guzmán fue escándalo allá por 1986, pero no quedó ahí y tarde o temprano se hizo justicia. El máximo tribunal de la provincia revisó del dictamen y dos años después dictaron una nueva condena que confinó al homicida a la cárcel por muchos años.

Aquel asesinato fue un femicidio por donde lo miren. Rodolfo Eduardo Guzmán, en ese entonces de 40 años, andaba en malos pasos de hace tiempo. Años antes había caído preso con su hermano Víctor Hugo por el asesinato a golpes de otro hombre llamado Julio Toledo, hecho por el cual sólo éste último fue condenado. También había estado detenido por golpear a la mujer, Rosalía Luz Villarroel -a la que luego asesinó-, además que poseía tres causas penales por delitos contra la propiedad. De hecho, por uno de esos robos permaneció en el penal de Chimbas hasta que recuperó la libertad el 12 de diciembre de 1984.

Ese mismo día regresó a su casa de adobe situada en un lote fiscal de la vieja Villa Echeverría, en Concepción, Capital. Su torcida vida no cambió mucho junto a su esposa, Rosalía, y sus siete hijos. De vez en cuando hacía changas y a la primera oportunidad que se le presentaba derrapaba con el alcohol. Como el sábado 29 de diciembre de 1984, que empezó a despedir el año en compañía de su hermano Víctor Hugo con unos vinos. La “farreada” duró hasta el mediodía del domingo 30 de diciembre, según declaró en la causa Hugo López -compadre de Guzmán-, que compartió un asado con ellos.

En el banquillo. Rodolfo Guzmán, el condenado. Foto de Diario de Cuyo

Al rato los invitados se marcharon, pero Rodolfo Guzmán parece que quería seguirla y comenzó a discutir con Rosalía Villarroel por plata. Es que exigía que su hijo mayor, que hacía poco había regresado de trabajar en Salta, le entregara el dinero que había ganado. Ella se opuso, entonces se desató la furia del hombre. Se desconoce si él llegó a pegarle, pero los vecinos escucharon los gritos. Algo normal, pues dicen eran continuos los exabruptos de Guzmán.

A sangre fría

No todo terminó bien, pero al final Rosalía se fue a acostar. Rodolfo Guzmán quedó muy molesto y mordiendo bronca. Y no conforme, buscó quitarse de ella como otras tantas ocasiones, sólo que, en vez de atacarla a golpes, decidió tomar un cuchillo. Así fue que caminó hasta la pieza, le largó unos insultos y, cuando ésta se levantó, la atacó a puntazos. Su idea fue asesinarla. Le clavó 8 cuchillazos, la mayoría en la zona del tórax y el abdomen. El que vio toda la sangrienta escena fue su hijo de 7 años.

Una vecina escuchó que Rosalía gritaba “Carlos…Carlos”, en referencia a que llamaba a su hijo mayor pidiendo auxilio. A poco de sentir el alboroto, se enteró que Guzmán había agredido a la mujer y corrió a auxiliarla.

Rodolfo Guzmán hasta tanto salió a los trancos en dirección al puesto policial del barrio Cabot llevando el cuchillo en una de sus manos. El policía Víctor Hugo Aguilera lo atendió y le escuchó decir, sin remordimiento y con descaro: “la maté porque ya me tenía cansado… Es lo que ella quería…” Ese mismo uniformado junto a un compañero lo detuvieron y le secuestraron el arma blanca. Mientras eso sucedía, otros policías fueron a la casa de la familia Guzmán Villarroel y encontraron a la mujer sentada en una silla, casi inconsciente, retorciéndose del dolor y enchastrada en sangre. Los testigos afirmaron que le pusieron una toalla sobre su estómago para tratar de frenar la hemorragia.

Minutos más tarde la trasladaron en ambulancia al Hospital Guillermo Rawson. En el camino ella alcanzó a balbucear que quien la había herido era su marido. Rosalía entró al nosocomio con un cuadro desesperante. Seis de las heridas punzantes eran profundas y de una gravedad importante. Dos de éstas habían afectado el hígado y el páncreas, describió el forense en la causa. Apenas ingresó tuvieron que intervenirla quirúrgicamente.

No hubo marcha atrás para Rosalía Villarroel. Los médicos consiguieron estabilizarla, pero las heridas en el abdomen fueron tan dañinas que su salud se complicó en los días siguientes y murió el 1 de enero de 1985.

Guzmán estaba en serios problemas. La causa penal en su contra pasó de lesiones agravadas a homicidio, con el agregado de que la víctima era su propia esposa. En esa época no existía la figura de femicidio como agravante y tampoco se hablaba de violencia de género.

Al banquillo

No tenía como zafar. A finales de marzo de 1986, Rodolfo Guzmán fue sometido a un juicio oral y público por los jueces José Luis García Castrillón, Alejandro Hidalgo y Félix Herrero Martín de la Sala I de la Cámara en lo Penal y Correccional. Hubo tanta expectativa por el debate que el tribunal dispuso que las audiencias se realizaran en el salón de conferencias del edificio de la ex Caja Nacional de Ahorro y Seguro en la esquina de Mitre y General Acha, en el corazón de la ciudad capital.

Los fiscales Nelly Carreño Sierra y Gustavo Manini sostuvieron que no existían dudas que Guzmán era el homicida. Uno de sus hijos había presenciado el ataque, además él mismo había confesado el crimen frente al policía que lo recibió en el destacamento y había entregado el arma blanca. Resaltaron su perfil violento, los antecedentes por otras agresiones a su pareja y las causas penales por delitos comunes que cargaba en su contra.

Rodolfo Guzmán, bien peinado y siempre de saco y corbata, intentó mostrar otra imagen. No negó la autoría del asesinato, pero quiso convencer -tal como hizo en su primera declaración- que en realidad se defendió porque su esposa lo atacó primero con una tijera. En ese papel de víctima, también aseguró que estaba muy borracho y no recordaba lo que pasó ese día. Los abogados Walter Moreno Ferrer, Mónica Sánchez y Jorge Correa Moyano fijaron la estrategia defensiva en ese punto. En ese sentido pidieron la comparecencia de varios testigos, que declararon que vieron a Guzmán comprando vino o bebiendo, incluso desde el día anterior. Para ellos, el resultado del dosaje que arrojó entre 1,60 a 1,70 miligramos de alcohol en sangre era prueba más que suficiente que estaba alcoholizado y no era consciente de sus actos.

Esto fue refutado duramente por los fiscales que, apelando también a los testigos, pusieron en evidencia que muchos reconocieron que, el día del crimen, notaron que Guzmán estaba ebrio, pero que hablaba de forma coherente y caminaba sin dificultad. Es decir, que no se encontraba tan borracho. Su confesión y su entrega en el puesto policial del barrio Cabot era una muestra de ello. La polémica en torno a su estado de ebriedad estaba instalada.

La casa. En esta vivienda se produjo el crimen. Foto de Diario de Cuyo.

En la antesala de los alegatos, el tribunal realizó una inspección ocular en la casa de Villa Echeverría con la presencia de Guzmán. Algunos vecinos aprovecharon para increparlo, pero éste tuvo su minuto para buscar conmover a los jueces. En un momento dado, uno de sus hijos pequeños se le acercó y lo abrazó.

Durante los alegatos, los fiscales volvieron a cargar contra Guzmán con todas las pruebas y sus violentos antecedentes. Con esos argumentos pidieron la pena de prisión perpetua. La defensa, en cambio, insistió con la teoría de que el acusado se encontraba muy alcoholizado y en ese sentido afirmó que correspondía condenarlo por el delito de homicidio culposo, o sea un crimen cometido sin intención.

Los dos fallos

El 3 de abril de 1986, el tribunal se reunió para dar su veredicto frente a decenas personas que aguardaron expectantes en el salón de la Caja de Ahorro y Seguro. De un segundo a otro estallaron los murmullos y las expresiones de desaprobación cuando leyeron la parte resolutiva a través de la cual, con los votos de los jueces José Luis García Castrillón y Alejandro Hidalgo, condenaban a Guzmán a sólo 3 años de prisión por el delito de homicidio culposo. El único que se opuso fue el juez Félix Herrero Martín, que votó en disidencia y fundamentó su posición de que debían condenarlo por el delito de homicidio calificado por el vínculo.

El fallo fue escandaloso y generó airados reclamos, en especial de los fiscales que días más tarde apelaron el fallo y recurrieron a la Corte para que revisara la sentencia. Según funcionarios judiciales, aun así no se pudo evitar que Rodolfo Eduardo Guzmán recobrara la libertad.

El planteo de inconstitucionalidad presentado por los fiscales fue aceptado. A mediados de 1988 la Corte de Justicia de la provincia resolvió anular la sentencia de la Sala I, de abril de 1986, y dispuso que otro tribunal dictara condena contra Guzmán por el delito de homicidio calificado por el vínculo. El 11 de agosto de 1988 se hizo justicia. Los jueces Mirtha Ivonne Salinas de Duano, Ramón Orlando Avellaneda y Arturo Velert Frau de la Sala II de la Cámara en lo Penal y Correccional sentenciaron a Rodolfo Guzmán a prisión perpetua. En dicho fallo sostuvieron que el acusado no estaba tan alcoholizado y que, al momento de cometer el asesinato, comprendió la criminalidad de sus actos. Guzmán volvió a ser detenido y purgó su condena en el penal de Chimbas por largos años. Hoy no se sabe qué fue de él.

 

 

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