Lo pensó muchas veces, pero ella no era una criminal. Más bien era una víctima del sometimiento y del desprecio mismo de su marido. Casi veinte años de pareja y su vida parecía no cambiar en nada. La escena se repetía aquella noche. Él otra vez borracho, gritando y largando golpes. Ella callando, recibiendo manotazos y haciendo lo que le ordenaba. Pero cuando por fin el silencio retornó a la casa y lo vio dormido e indefenso en la cama, volvieron sobre ella esos macabros pensamientos y creyó que era el momento de liberarse de sus males. Caminó hacia el fondo, agarró un hacha, regresó a la habitación y atacó sin piedad al hombre. No alcanzó con verlo vencido en el piso. Aun así tuvo miedo que se levantara, entonces buscó la complicidad de uno de sus hijos y terminaron de matarlo.
La sanjuanina que asesinó a su marido a hachazos con la complicidad del hijo y lo enterró en su casa
Lo que sucedió la noche del 6 de febrero de 1979 en ese rancho de adobe en la coqueta calle Del Bono, en Desamparados, fue el peor secreto guardado entre Martha Justina Ponte y su hijo de 15 años. Juntos intentaron ocultar el crimen enterrando el cadáver de Américo Daniel Gómez en el fondo de la propiedad, pero como tarde o temprano todo se sabe, casi un mes después la Policía allanó la vivienda y dio con el cuerpo putrefacto del changarin.
Y así como descubrieron el asesinato, también se conoció el infierno que vivían en esa vivienda que la prestaban a los Gómez Ponte. Américo Daniel Gómez, de 47 años, era por así decirlo víctima y victimario a la vez y pagaba sus deudas del pasado. Los periódicos de la época señalaban que muchos años antes había matado a otro hombre a cuchillazos en una pelea.
Un tipo difícil de llevar, violento de por sí y viciado por el vino. Martha Justina Ponte, de 36 años, lo había conocido en el año 60 en las cuadrillas de cosecha en Caucete. Todavía no cumplía la mayoría de edad cuando se enamoró. Gómez, que era casado en ese momento, abandonó a su primera mujer y decidió formar una nueva familia con la joven, con quien después tuvo tres hijos.
Gómez hacía changas como pintor en talleres de autos, pero no tenía trabajo fijo y la mayoría de las veces mantenía su vicio con la plata que conseguía Martha, que limpiaba y cocinaba en casas de familias. En otras ocasiones le quitaba el dinero que ganaba su hijo, de 15 años, que realizaba tareas de jardinería para ayudar en el hogar.
Una vida de penurias
Pero no era eso lo que más atormentaba a la familia, sino sus maltratos. Martha declaró en la causa que Américo Gómez se embriagaba seguido, que la humillaba, que la insultaba y trataba de prostituta a su hija mayor y a ella y golpeaba a todos por igual. El propio hijo confirmó esto, contó que todos le tenían miedo a su padre dentro de la casa.El chico relató que esa noche del martes 6 de febrero de 1979 llegó y vio a su padre sentado como siempre al lado de la radio y con una botella de vino. Su mamá lloraba, otra vez la había golpeado.
Más tarde, su madre preparó la cena y Gómez le arrojó la comida porque -según él-, la carne no estaba bien cocida, declaró. La mujer y los chicos se fueron a dormir, pero al rato el hombre se enfureció de nuevo. Obligó a Martha y al jovencito a que se levantaran de sus camas y se pusieran a derretir grasa a esa hora. De paso, le pegó a ella.
El chico volvió a la cama, mientras que su madre se quedó con Gómez esperando a que éste se fuera a dormir. En esos instantes fue que ella empezó a maquinar lo que, quizás, ya rondaba en su mente. Se acordó de sus penurias, de los años de maltratos y vio que su vida así no tenía mucho futuro. Tuvo un rapto de tanto odio contenido y locura, que todo se precipitó de la manera menos esperada. De un segundo a otro caminó hasta el patio de la casa, alzó un hacha y regresó a la pieza donde Gómez roncaba inmutable. Le dio dos golpes con el filo de la pesada hoja metálica en la cabeza. Tan fuerte le pegó que lo tiró de la cama. Ella lo confesó. Si se despertaba y levantaba, “al día siguiente sería peor…”
Sabía que sus hijos hubiesen hecho lo mismo y entonces buscó la complicidad del mayor de los varones, el de 15 años. Lo sacó de la cama y le dijo que era la oportunidad de matar a su padre. De hecho le pidió que agarrara una barreta de hierro y lo acompañara a su pieza. Gómez permanecía en el piso, todo ensangrentado. Ahí ella le propinó otros dos golpes con la parte del ojo del hacha para rematarlo. Y su hijo le lanzó la última estocada con un barretazo en la cabeza para asegurarse.
Los otros dos hijos dormían. Y nadie debía saber de lo ocurrido, por eso Martha pidió al adolescente que cavara un pozo en el patio. Era ya la madrugada del miércoles 7 de febrero. Ambos cargaron el cadáver, lo depositaron en la pequeña zanja y lo cubrieron de tierra. Ella limpió la sangre, lavó las sábanas y se acostó a pensar en lo que había hecho.
Arrepentida no estaba; es más, apostó a guardar el secreto y a esperar a que el tiempo transcurriera sin hablar del tema. Sin embargo, aparentemente, con el correr de los días empezó a percibirse un fuerte olor que venía del fondo. Es que habían enterrado el cuerpo a no más de medio metro. Lo que hicieron fue cavar otro pozo más profundo al lado del gallinero y sepultaron allí al cuerpo.
Lo que no calculó la mujer fue que los familiares cauceteros de Américo Gómez iban a empezar a preguntar por él. Martha Ponte quiso anticiparse y se presentó en la Seccional 4ta para denunciar la desaparición de su concubino, aduciendo que no lo veía desde que salió a cobrar un dinero por unas changas. Los padres de Gómez insistieron y también fueron a la Policía para dejar en claro que temían que algo malo le hubiese sucedido. Los investigadores policiales interrogaron un par de veces a Martha y notaron algunas cosas que no cerraban, además ésta se ponía nerviosa.
Las sospechas crecían. Un día la arrinconaron a preguntas y ella no pudo seguir sosteniendo su mentira. La noche del miércoles 28 de febrero de 1979, los policías de la Brigada de Investigaciones bajo las órdenes del por entonces juez del Crimen Arturo Velert Frau allanaron la casa de calle Del Bono. Fueron directo al fondo. Removieron la tierra al lado del gallinero y hallaron el cadáver de Américo Gómez.
La confesión
Martha Ponte confesó el asesinato y se auto incriminó como principal responsable, pero en su defensa contó su sufrimiento y todas las penurias que pasaba al lado de Gómez. El que no podía decir mucho era su hijo, que sólo era un chico que actuó instigado por su madre. El jovencito fue internado en el Instituto Nazario Benavidez, mientras que su mamá fue presa en la antigua Alcaidía de Mujeres.
Ambos fueron llevados a juicio en junio de 1980. La defensa hizo lo imposible para que encuadraran el asesinato como cometido en estado de emoción violenta. Esto último fue rechazado por el juez José Luis García Castrillón, del Primer Juzgado de Sentencia, que condenó a la mujer a la pena de prisión perpetua por el delito de homicidio agravado por vínculo y por alevosía. Al adolescente lo sentenció a 6 años de cárcel como autor de homicidio por el vínculo, pero atenuado por circunstancias extraordinarias y su condición de menor de edad.
La sentencia fue apelada por la defensa y en abril de 1981 hubo otro fallo de segunda instancia por parte de los jueces Alejandro Hidalgo, Arturo Velert Frau y Carlos Graffigna Latino de la Sala Primera en lo Penal. Los magistrados no hicieron lugar al pedido de cambiar la calificación del delito con respecto a Ponte y ratificaron la pena de prisión perpetua. Entendieron que la mujer era consciente de lo que hacía y que fue ella quien asesinó a su pareja de cuatro golpes certeros en la cabeza con el hacha. En cambio, llegaron a la conclusión de que no se podía atribuir el homicidio al jovencito, dado que posiblemente la víctima estaba muerta cuando éste le pegó con la barreta. En dicho fallo valoraron su corta edad, la falta de antecedentes y su excelente comportamiento en el instituto de menores. El chico colaboraba en las tareas dentro del internado, incluso había aprendido a manejar tractores y trabajaba para ayudar a sus hermanos. Fue por eso que dispusieron que continuara alojado un tiempo más hasta que las autoridades evaluaran que estaba apto para recuperar la libertad.