ver más

sábado 21 de marzo de 2026

historias del crimen

El joven sanjuanino que se convirtió en verdugo de su padrastro

Fue en abril de 2010 en una finca de Marquesado, en Rivadavia. Un viejo rencor llevó a un joven a asesinar de manera brutal a quien era su padrastro, Cristian Arredondo. Le dio un tiro, siete puntazos y quemó su cuerpo. Después lo enterró con cal dentro de una fosa.
Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Walter Vilca

Cada tanto Mario Carpio y su empleado Matías Cañada salían a rociar insecticida entre los parrales. Aquella tarde del 22 de abril de 2010 repitieron la rutina, solo que en eso que caminaban por las hileras notaron una curiosa hondonada en un sector, como si hubiesen removido la tierra. Les llamó la atención porque en esos días no habían trabajado en ese lugar. Extrañados y por propia curiosidad, tomaron una pala y uno de ellos empezó a excavar para ver qué encontraban. A los 50 centímetros de profundidad tocaron algo. Los dos se miraron sorprendidos y, no bien escarbaron un poco más, un escalofrío les corrió por la piel. En medio de la tierra vieron asomar un dedo pulgar y la palma de una mano. Ahí mismo tiraron la pala y de inmediato llamaron al 911 para dar aviso del macabro hallazgo en esa propiedad de Marquesado, Rivadavia.

A las horas, otros policías y los bomberos cavaron más y más y descubrieron el cadáver de un hombre. Después confirmaron que se trataba de Cristian Andrés Arredondo, un jornalero de 30 años que vivía en una finca vecina y que permanecía desaparecido desde la noche del 1 de abril de ese año. El cuerpo del obrero rural presentaba un disparo en la cabeza, siete cuchillazos en la zona del tórax y el abdomen, quemaduras en el cuerpo y estaba cubierto de cal dentro de esa fosa de 2 metros de profundidad en la finca situada cerca de Avenida Libertador.

La última vez que vieron a Arredondo fue la noche del 1 de abril de 2010 en su casa, en compañía de su ex mujer y su nena que lo habían ido a visitar. Por testimonios de los parientes del difunto, supieron que ambos no se llevaban bien y que existían serias disputas entre el jornalero y los dos hijos de la mujer. Esa misma noche, el juez José Atenágoras Vega del Cuarto Juzgado de Instrucción ordenó detener a Juana Barrionuevo –la ex de la víctima-, a sus hijos Ezequiel Cayetano y Juan José Ortiz, y al padre de estos últimos sospechando una trama secreta por parte de la familia.

El frío calabozo y la presión psicológica por las constantes preguntas, hizo que uno de ellos se quebrara. Ezequiel Ortiz, el hijo mayor de Juana Barrionuevo, no soportó la angustia de ver a su familia detenida y terminó por confesar el crimen. Si alguien lo ayudó, eso nunca se sabrá. Él solo se hizo cargo del asesinato y relató con lujo de detalle cómo fue que acabó con la vida de quien era su padrastro.

A la hora de declarar en el juzgado, relató con angustia que no era su intención matarlo, aunque eso siempre estará en duda. También puso al descubierto la enmarañada y conflictiva relación que su familia tenía con Arredondo. Evidentemente le guardaba un fuerte rencor y no tuvo empacho en decirlo: “Arredondo era la peor basura que yo haya visto…”

Juana Barrionuevo, su madre, se había separado de su padre hacía más de una década y a fines de los 90 formó pareja con Cristian Arredondo. De esa relación nació una hermanita de Ezequiel y Juan José Ortiz. En aquel tiempo ellos eran niños y todos se fueron a vivir a la casa que le prestaban al jornalero en esa finca de Marquesado. La armonía familiar no duró por muchos años. La misma mujer declaró que Arredondo tenía mal carácter y reprendía mucho a sus hijos varones, tanto fue así que cuando ellos llegaron a la adolescencia decidieron abandonar la casa y se fueron a vivir con su padre, que también reside en Marquesado. Más tarde le tocó a ella. En 2008, Barrionuevo decidió separarse del obrero rural y se marchó con la hija de ambos. Los problemas igual continuaron porque, según la mujer, discutían continuamente cada vez que se encontraban para que él viera a la nena.

Ezequiel Ortiz, el hijo mayor de Barrionuevo, fue más allá. Afirmó que mantenían una disputa con Arredondo porque éste no dejaba que sacaran de su casa algunos muebles y artefactos que pertenecían a su madre. Ese problema se había agudizado a fines de marzo de 2010 porque Barrionuevo y sus hijos habían alquilado una casa, pero no podían mudarse si no tenían esos muebles que retenía Arredondo. Es decir, estaban más que enfrentados con el jornalero. Y al parecer, los hermanos Ortiz ya venían amenazando a su ex padrastro.

Los familiares de Arredondo, por el contrario, relataron que el jornalero constantemente era hostigado por los hijos de Barrionuevo, que más de una vez lo agredieron en su casa. Señalaron que una ocasión lo vieron dormir afuera, entre la alfalfa, por miedo a que lo atacaran en su rancho mientras dormía.

Lo que quedó claro es que no era buena la relación entre Arredondo, su ex mujer y los hijos de ésta. La noche del 1 de abril de 2010, cuando Barrionuevo llevó a su hija a visitar al obrero rural, discutieron de nuevo. Ella luego se retiró con la nena. Ezequiel se enteró de ese nuevo entredicho y entonces cargado de bronca decidió ir a buscar a Arredondo. Antes sacó un revólver calibre 38, propiedad de su tío, y salió hacia la plaza de Marquesado junto a su hermano. Este último después se fue a la casa de un amigo y Ezequiel encaró hacia la finca donde vivía su ex padrastro. Según él, llevaba el arma sólo para intimidar al jornalero porque sabía que éste era violento.

Eran las primeras horas del 2 de abril de 2010 cuando el joven llegó a la casa de Arredondo, quien estaba regando. “Fui a decirle que nos dejara en paz…”, declaró. En eso supuestamente se suscitó la discusión. El joven aseguró que el obrero sacó un cortaplumas para enfrentarlo. Y él lo desafió: “O me matas o yo te mato a vos…”, ahí nomás cerró los ojos y largó un disparo con el revólver que llevaba. El jornalero recibió el balazo en la cabeza y se desplomó. Sin perder tiempo, Ortiz se le abalanzó y supuestamente le quitó el cortaplumas. “Tenía mucha bronca…no lo quería ver más”, reconoció. Y con una frialdad tremenda le clavó varias veces la cuchilla. Cinco de esos puntazos fueron en el corazón, los otros en el abdomen.

Una vez que estuvo bien muerto, Ezequiel Ortiz arrastró el cuerpo de su padrastro unos 150 metros de distancia hasta un cañaveral. Dejó el cadáver en ese lugar y volvió a la casa para sacar la bicicleta del difunto. De ahí partió hacia la estación de servicio de Marquesado, donde compró nafta en una botella plástica de dos litros y cuarto. Al rato retorno a la finca, roció el cuerpo con el combustible y le prendió fuego.

Abrumado por su suerte, Ortiz dejó todo y escapó rumbo a su casa deseando que esto nunca hubiese pasado. Se acostó a dormir, pero en la mañana y durante todo el día no pudo sacarse de la cabeza su horrenda pesadilla hecha realidad. Se quedó con el temor de que tarde o temprano encontrarían el cadáver, por lo que en la madrugada del 3 de abril regresó a la finca de Marquesado. Fue a deshacerse del cuerpo de una vez por todas. Llevó una bolsa de cal y en el lugar buscó una pala. Convertido en un sepulturero, empezó a cavar al costado de unos parrales. Así hizo una fosa de dos metros de profundidad por uno de ancho. La tarea más difícil fue trasladar el cadáver. Sintió asco. Entonces se envolvió su remera a la altura de boca y con sus manos tomó una de las piernas del difunto y lo arrastró hasta tirarlo dentro del pozo. Arriba le arrojó la cal y con la misma pala y sus manos tapó con la tierra la improvisada tumba. Más tarde huyó guardando su secreto, rogando que nadie lo descubriera.

En los días siguientes, Américo Arredondo empezó a preocuparse porque no veía a su hijo. Fue a buscarlo a su casa y encontró todo en orden, lo extraño era que estaba todo abierto y no había rastros de él. Recordó que la última vez que lo vio fue el 1 de abril con su ex mujer, de modo que en compañía de su otro hijo se movilizaron a la casa de ésta y le preguntaron por Cristian. Barrionuevo dijo desconocer dónde estaba. Pero como ellos sabían que esta familia estaba enfrentada con el jornalero, sospecharon algo malo. El 5 de abril realizaron la denuncia por la desaparición de Cristian Arredondo en la Seccional 13ra y comenzó la tarea de búsqueda.  Pasaron un par de semanas hasta por ese hecho fortuito, Mario Carpio y Matías Cañada encontraron el cadáver enterrado entre los parrales de la finca vecina. De ahí en más se descubrió todo y Ezequiel Ortiz fue llevado preso junto a su familia.

Con el avance de la causa y la confesión de Ezequiel Cayetano Ortiz, uno a uno sus familiares fue despegando y él quedó como único acusado del crimen. Los primeros días de diciembre de 2011 se sentó en el banquillo de los acusados ante el juez Raúl José Iglesias, en un juicio unipersonal realizado en la Sala I de la Cámara en lo Penal y Correccional. El joven no quiso exponerse al escarnio público, tenía la condena asegurada. Por eso optó, a través de su abogado defensor, proponer al fiscal de cámara Gustavo Manini un acuerdo para aceptar su responsabilidad en el brutal crimen y concretar un juicio abreviado. El 15 de ese mes el juez dictó sentencia y lo conminó a cumplir la pena de 12 años de prisión por el delito homicidio agravado por el uso de arma de fuego. Hoy ese joven tiene ya 29 años y continúa purgando su condena en el penal de Chimbas.

 

 

 

Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Te Puede Interesar

video