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miércoles 1 de abril de 2026

Historias del crimen

El asalto y la ejecución de un colectivero pocitano en manos de tres vecinos

Fue una noche de 1994. Un hombre, su hijo y un amigo acordaron salir a robar y atacaron al chofer Oscar Elizondo en Pocito. Lo llevaron amenazado hasta una zona desolada de Médano de Oro y uno de ellos lo ejecutó a balazos dentro del propio ómnibus.
Por Redacción Tiempo de San Juan

Esa noche la atención de todo el país estaba puesta en el partido de fútbol entre las selecciones de Argentina y Chile. En Pocito decenas de parroquianos se habían dado cita en un bar para ver por televisión el clásico trasandino. Ahí cayó Oscar Elizondo, vecino y colectivero de la línea 16 que casi todas las noches solía hacer un breve descanso en esa confitería y saludaba a sus conocidos. Pero así como llegó el chofer, así también se fue dispuesto a seguir su recorrido nocturno por la zona Sur del departamento.

Lo curioso fue que más tarde no lo vieron pasar de vuelta, tampoco por las otras paradas ni a la Terminal de Ómnibus. Peor todavía, jamás llegó a la sede de la empresa al finalizar el turno. La situación preocupó a sus compañeros, que salieron a buscarlo por el trayecto que habitualmente hacía desde la Capital sanjuanina a Pocito. Pero nada. Ni siquiera veían señales del interno 8 de la línea 16. Eso alarmó más a los directores y al resto de los choferes que junto a la Policía se dividieron y durante la madrugada recorrieron distintas calles el Gran San Juan y el Sur de la provincia tratando de encontrar a Elizondo y al colectivo.

Pasadas las 8 de la mañana del viernes 19 de mayo de 1994 los obreros de una constructora avistaron un colectivo detenido en un sitio desolado de Médano de Oro, Rawson. Confirmaron que era el interno 8 de la línea 16, el mismo que conducía Elizondo. Y con estupor también constataron que adentro del micro estaba el joven chofer, tendido y sin vida en el piso del coche con dos disparos en la cabeza.

Las intrigas

Oscar Daniel Elizondo tenía 26 años y llevaba dos meses de casado cuando lo asesinaron alevosamente la noche del jueves 18 de mayo de 1994 dentro del colectivo de la línea 16 de la Empresa Mayo. Su crimen conmocionó a la provincia y en especial a Pocito debido a que el muchacho era vecino de ese departamento. En torno al caso se tejieron diversas especulaciones por cómo lo ejecutaron por la espalda y sólo por llevarse la recaudación, su campera, el estéreo, su billetera y su reloj. Muy poco para semejante crimen.

La teoría del posible robo se barajó desde un principio, pero los investigadores policiales no estaban convencidos. Hay quienes hablaron de un complot y un conjuro previo para acabar con la vida del joven colectivero. Es que no cerraba. no tenía sentido que por un robo tan común y por una suma de dinero casi exigua, realizaran ese despliegue y con un resultado macabro.

La intriga desconcertaba. Como que el ataque estaba muy planeado: justo en el horario que se jugaba el partido de Argentina y Chile, en el momento en que el chofer estaba solo y en un lugar en el que no había testigos, se llevaron el colectivo para no dejar nada la vista y lo dejaron en una calle intransitable y desolada como la Garibaldi, cerca de 5, donde estaba cortado el tránsito por reparaciones. Y lo que más sorprendía era la manera en que lo mataron, dado que le dieron dos tiros certeros en la cabeza.

Pero qué podían tener contra Oscar Daniel Elizondo, un joven querido, sin antecedentes e hijo de una familia conocida en el barrio Santa Rita en la villa cabecera de Pocito. Un muchacho recientemente casado con una médica, según los registros de la época. Un trabajador más bien alto y de buen porte, que participaba de una agrupación folclórica y no tenía enemistades.

Pasaron tres días incertidumbre sin pistas de nada. Pero no faltó un rumor surgido en la calle que llegó a oídos de los investigadores de la Brigada Sur y que se transformó en sospecha sobre un jornalero apodado “El mendocino”. Lo que se decía era que el joven andaba preocupado y que en una conversación entre conocidos se le escapó que estaba en graves problemas por algo que habían hecho.

El dato no pasó inadvertido para los policías. “El Mendocino” paraba en la casa de un tal Salinas, quien tenía fama maleante y era de un asentamiento ubicado en inmediaciones de las calles Aberastain y 16, en La Rinconada. Es decir, vivían cerca de donde vieron por última vez al colectivero. Sucede que entre las distintas averiguaciones, los pesquisas establecieron que esa noche Elizondo levantó a un pasajero en la Villa Aberastain y lo llevó hasta el final del recorrido, a la altura de la calle 17 y el cementerio departamental. Ese testigo declaró que bajó del micro y el chofer dio la vuelta y estacionó como era de costumbre en dirección al Norte para reiniciar el trayecto de regreso al centro de Pocito.

O sea, eso daba cuenta de que el chofer llegó al final de recorrido, de ahí en más nadie lo vio. No había otra que suponer que fue atacado en ese lugar, quizás por alguien de la zona. Y en esa línea investigativa no era descabellado pensar que “El Mendocino” y alguien más podían estar involucrados en el crimen del colectivero.

La confesión

“El Mendocino” era Jesús Scaccia, de 25 años, y fue detenido por la Policía el domingo 21 de mayo. No demostró ser un experimentado delincuente, apenas lo arrinconaron a preguntas largó todo. Se despachó admitiendo que él participó en el asalto contra el colectivero Elizondo, pero aseguró que quien lo mató fue Juan Dionicio Salinas. En ese relató afirmó que otro que estuvo con ellos fue el hijo de éste último, Eduardo Vicente Salinas.

Ese mismo día apresaron a los Salinas y allanaron su casa, donde encontraron un par de cartuchos calibre 22. Estas balas eran del mismo calibre de los plomos extraídos del cráneo de la víctima. Al revolver no lo encontraron. Scaccia dijo que Salinas padre contó que lo tiró a un canal.

Aunque Juan Dionicio Salinas, de 43 años, y su hijo Eduardo, de 23, se encerraron en jurar que nada tenían que ver con el asesinato de Elizondo y que esa noche estuvieron viendo el partido de Argentina y Chile, sus contradicciones y otros testimonios los complicaron. Principalmente el de Scaccia, que dio una detallada confesión.

“El Mendocino” reveló que el mentor de todo fue Juan Dionicio Salinas, que esa noche les comentó a su hijo y a él que andaba mal de dinero y que quería que lo acompañaran a robar. El joven agregó que él se negó, pero Salinas padre lo presionó diciéndole: “No te olvides que estás en la casa (por el alojamiento que le daba)… Vamos a asaltar al colectivero, que no te va a pasar nada”.

En su relato indicó que eran más de las 22 y que los tres caminaron en dirección al Cementerio en las calles Aberastain y 17, el punto donde el colectivo de la línea 16 finaliza el recorrido. Eduardo Salinas llevaba su bicicleta a la par. Que ahí, cuando vieron que el micro arrancaba para iniciar su regreso al centro del departamento, Salinas padre hizo señas a Elizondo y éste detuvo el colectivo. El chofer los conocía, todos eran vecinos de Pocito. Por eso se saludaron y le pidieron que los llevara a la villa porque tenía que cobrar un dinero. Incluso subieron la bicicleta al ómnibus.

Scaccia aseguró que el que daba las órdenes era Juan Salinas. Que a poco de que el colectivo reanudara la marcha éste se puso detrás de asiento del chofer, sacó un arma y se la apoyó en la espalda. Elizondo no se resistió en ningún momento, es más le ofreció el dinero de la recaudación y todo lo que llevaba, relató.

Salinas obligó al colectivero a que desviara la dirección rumbo al este. Tras recorrer un largo tramo, ordenó al chofer apartarse del volante y puso a “El Mendocino” a manejar al micro, que sabía cómo hacerlo. De acuerdo a la confesión, anduvieron por distintos lugares hasta que desembocaron en la calle Garibaldi, cerca de 5, en Médano de Oro, donde se cortaba la calle. Allí, el colectivo se atascó en un montículo de tierra de una obra.

Según el arrepentido, tomó la cartera del colectivero con la recaudación, tal como se lo ordenó Juan Salinas, y luego bajó del colectivo junto a Eduardo. El mayor de los Salinas se quedó arriba del micro con el chofer y a los segundos escuchó dos o tres detonaciones de arma de fuego, relató.

“El Mendocino” explicó que no vio qué pasó con el colectivero, pero contó que después de los disparos Juan Salinas descendió tranquilo del ómnibus, le pidió el dinero y exigió que regresen a La Rinconada. Fue así que Eduardo y él abandonaron el lugar en la bicicleta. Horas más tarde, ya de madrugada, se reencontraron en su casa y Salinas padre le dijo a su hijo: “Quedate tranquilo que no pasa nada… Y son como ciento cincuenta”, en referencia al dinero robado.

El juicio

Esa misma confesión fue la que se escuchó en el juicio, en junio y agosto de 1995. Juan Dionisio Salinas y su hijo Eduardo no se apartaron de los dichos que sostuvieron desde el principio. Negaron la autoría del asalto y el crimen y reiteraron que esa noche estuvieron viendo el partido de fútbol en la casa de su madre. La defensa citó a sus familiares para que respaldaran esa versión, pero los testimonios fueron contradictorios y diferían entre sí. Por otro lado,  los Salinas declararon que cuando se retiraban de esa casa se cruzaron con un vecino, de modo que esa persona podía dar fe que estaban allí esa noche del 18 de mayo de 1994. Sin embargo, ese vecino fue a declarar y lo desmintió.

La prueba más contundente fue la versión de “El Mendocino” Scaccia, que no sólo comprometió a los Salinas sino que se auto incriminó. A eso se le agregó las pericias balísticas que confirmaron que los cartuchos calibre 22 encontrados en la casa de los acusados correspondían al mismo lote que los proyectiles que dieron muerte a Elizondo. Lo confirmaron porque los plomos extraídos a la víctima presentaban cortes y rayones en las puntas, y esas mismas marcas tenían las balas secuestradas al principal sospechoso. Las habían modificado con un cuchillo para hacerlas más letales.

Los jueces Juan Carlos Peluc Noguera, Ramón Avellaneda y Félix Herrero Martín arribaron a la conclusión que los tres actuaron en el atraco, pero no todos tuvieron el mismo rol y responsabilidad. El tribunal de la Sala II de la Cámara en lo Penal y Correccional entendió que Juan Dionicio Salinas mató al colectivero Oscar Daniel Elizondo para asegurar el robo y procurar la impunidad, y por tanto lo condenó a la pena de prisión perpetua como autor responsable del delito de homicidio criminis causa y robo agravado –esto por el robo del micro-. Su hijo Eduardo Vicente Salinas fue sentenciado a 5 años de prisión por participación secundaria en el delito de robo agravado. A Jesús “El Mendocino” Scaccia le dieron 8 años de prisión como participe de robo agravado. Todos cumplieron su condena. En el caso de Juan Salinas recibió algunas conmutas de penas y a los años obtuvo la libertad condicional por su buen comportamiento.

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