El reclamo de don José, el sereno sin techo que espera justicia
José Emilio Olivera nunca imaginó que a los 67 años se quedaría en la calle, sin un techo y al cuidado de su sobrina, quien es empleada doméstica y tiene cuatro hijos adolescentes que alimentar. Se le llenaron los ojos de lágrimas e impotencia cuando resume su vida a esa situación. Y tiene toda su esperanza apostada a una sola ficha: la justicia.
"Lo único que quiero es que me paguen por los 10 años que trabajé como sereno. No pido que me regalen nada. Quiero lo mío”, dice. Y aclara: "No sé leer ni escribir, pero no soy tonto. Y puedo patear más fuerte que cualquier persona con plata o estudio”, dice, como avisando que no se dejará atropellar.
Don José hizo dos denuncias penales en la Seccional Segunda, ubicada en Concepción. Fue contra un tal "Sergio”, a quien él identifica como el dueño de la empresa Güemes SRL, la cual se dedica al mantenimiento del alumbrado público y quien habría usado un revólver para amenazarlo.
Ambas amenazas se produjeron en el predio donde funciona el taller y el depósito de esa empresa, ubicado en Lateral Norte de Circunvalación, entre Tucumán y Mendoza, en Capital.
Donde José afirma que él está en ese predio desde hace más de 10 años. Cuenta que allí antes trabajó para un comedor. Dice que luego su amigo, Oscar Gamboa -quien sería socio en la empresa Güemes-, le pidió que se quedara en el predio como cuidador cuando hizo la sociedad con ese hombre identificado como Sergio.
A partir de ese momento, don José también cumplía las funciones de sereno por las noches.
"Una noche llegó Sergio solo. Golpeó las manos y me preguntó que si estaba durmiendo. Me dijo que le tenía que firmar dos papeles en blanco. Yo le dije que no le iba a firmar nada. Me dijo que me iba a dejar en la calle y se fue. La segunda vez llegó con otros dos hombres, gorditos, bien fornidos. Uno tenía una barbita candado. Golpearon el portón y el Sergio venía con un revólver en la mano. Me exigió de nuevo que le firmara los papeles. Como me negué, se fue a la camioneta y mandó a uno de los hombres. Me dijo que me iba a reventar la cabeza si no firmaba. Como le dije que no le iba a firmar nada, se fue y vino el otro y me dijo que me iba a moler a golpes si no firmaba. Luego se fueron”, relató José Olivera.
Por esos dos hechos, Olivera hizo dos denuncias en la Seccional Segunda, donde la causa se está tramitando.
"Vivía como los chancos. Tenía agua porque estaba enganchado a una conexión. Y luz porque los de la empresa me habían enganchado al alumbrado público. Nunca me quejé. Y ahora encima me sacaron como un perro”, dice, dolido, don José.
Luego de esas dos "visitas”, don José dice que decidió irse para evitar un conflicto mayor. Como ya no tiene a sus padres y no tuvo familia, su única opción fue su sobrina Érica Olivera. Ella ya lo había cuidado cuando lo operaron de emergencia. Así es que don José se fue a vivir con ella y sus cuatro hijos adolescentes. Érica es empleada doméstica y todos juntos viven en una pequeña casa del barrio Néstor Kirchner, en la localidad de Campo Afuera, departamento Albardón.
En medio de esas idas y vueltas, y por el inicio de una causa civil que hizo don José reclamando su indemnización, la Subsecretaría de Trabajo realizó una inspección al predio donde vivía.
Según fuentes judiciales se hicieron dos actas. Una fue para probar que José Olivera trabajó en negro todos estos años y la otra se dio por probada el lugar que le habían dado no reunía las condiciones mínimas de insalubridad.
Ahora José Olivera espera a que la justicia le allane el camino para que le paguen por sus años de servicio.