Por Sebastián Saharrea
La muerte de Johana, y la nuestra
Poco hicimos todos para ayudar a la mujer a volver a una vida normal. El final estaba cantado. Por Sebastián Saharrea.
Impresiona escuchar el descorazonado optimismo de su última entrevista. Su voz temblorosa pidiendo por favor que se la dejara de despellejar aquella noche de viernes en que fue con su papá a Paren las Rotativas. Que no volvería a la calle a trabajar, que daría la vida por su pequeña Xiomara, que la vida le daba una nueva oportunidad.
Esa vida se le apagó a los 22 años, apenas 10 días después de esa aparición televisiva en la que dijo que ya no se prostituiría más. La madrugada que murió, iba en una moto con un cliente. Todos, ella y yo, sabíamos que aquel optimismo de la entrevista no podía ser. Y no fue.
No habría caso, ¿cómo podría volver a entremezclarse en la vida de los comunes si llevaba en la frente el dedo acusador? En la calle, en el barrio, en todos lados. Con Johana ya muerta, sacuden sus palabras de aquella noche en la que imploró poder vivir en paz. "Es muy doloroso que me traten como me tratan, usted no se da una idea de cómo me tratan”, asumió.
Y siguió, casi sin que se le pregunte, para entregar una respuesta más compleja para una situación compleja: "Me da rabia porque ellos no saben cómo fue mi vida y cómo será ahora. Pero no se puede llegar a un límite de que me traten como me tratan, soy un ser humano. Ya me criticaron lo que me tenían que criticar, ya basta, tiene un límite”. Impactante.
Podrá sostenerse para mantener el tono de la lapidación que su pequeño hijo muerto a golpes, Yutiel, también tenía derecho a estar en paz o a una vida digna. También, lo evidente: que el pequeño era un ser humano, tratado bien lejos de esa condición. Ella responderá que entró en la marginalidad más absoluta sin saberlo y por obtener el sustento de su hijo. Que estaba enceguecida: "estaba en otro mundo, me hablaban y me daba igual”.
A lo que invitan aquellas palabras que todavía retumban en la memoria de quienes las escuchamos muy de cerca es a desapasionarse. A sacarse de encima el ojo por ojo que uno ve en la tele, a arrancarse la rabia por el trato que suelen recibir nuestro niños, y a reflexionar. Es de cristianos y de ciudadanos civilizados el perdón y la resocialización después de cometer un delito: ¿no deberíamos todos pensar si hicimos lo suficiente para permitirle a Johana salir de allí?
Un solo paso había desde allí al regreso a las calles. Fue muy pronto, es cierto, para caer en la indignidad de la prostitución para ganarse el pan, si ese fuera el motivo. Cierto es también que no encontró ningún agujerito para colar la esperanza de cambiar de vida, se le veía en los ojos aquella noche.
El desafío de todos, ahora, será el de no señalarla sino comprenderla. Afuera, muy cerca de nuestras comodidades, hay muchas Johanas que no salen en la tele.
Para ver la entrevista en Paren las Rotativas de Yohana
http://www.tiempodesanjuan.com/policiales/2014/11/19/ultima-entrevista-johana-castro-70429.html
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