Nancy Peñaloza pasó casi 44 años dentro de la administración pública sanjuanina. Empezó antes del regreso de la democracia, trabajó en Casa de Gobierno durante la gestión de Leopoldo Bravo y luego fue parte del Poder Judicial durante más de tres décadas. Su historia está atravesada por oficinas improvisadas, expedientes difíciles, niños vulnerables, internos penitenciarios y una convicción que repite como sostén: la fe.
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Nancy, 44 años al servicio de la Justicia: "Si no hubiera tenido a Dios, no hubiese soportado estar ahí"
Ingresó al Estado en 1982, pasó por Casa de Gobierno y dedicó más de tres décadas al Poder Judicial. En su recorrido enfrentó casos de extrema vulnerabilidad, acompañó a internos penitenciarios y encontró en la fe la fuerza para seguir.
“Yo me iba todas las mañanas a Casa de Gobierno a las 6:30. Después nos buscaban porque no teníamos dinero para el colectivo”, recuerda sobre 1982, cuando buscaba ingresar al Estado junto a su hermana. Durante meses hicieron filas y llenaron planillas hasta que finalmente, en noviembre, salieron los nombramientos.
Su primer destino fue la Dirección de Agricultura y Ganadería, en el edificio de 9 de Julio. “Mi primera jefa fue mi hermana”, cuenta entre risas. Más adelante, con la reestructuración del área tras las elecciones de 1983, pasó a desempeñarse en la órbita de la Secretaría General de la Gobernación.
En 1986, tras la salida de Leopoldo Bravo para competir en elecciones legislativas, asumió como gobernador Jorge Raúl Ruiz Aguilar. Fue entonces cuando Nancy quedó como secretaria del doctor Carlos Arrabal, secretario general de la Gobernación.
Pero el gran cambio llegó en 1988, cuando desembarcó en el Poder Judicial. El entonces presidente de la Corte, José Luis García Castrillón, le preguntó dónde quería trabajar. “Le dije: ‘Donde no haya gente ni teléfonos’”, recuerda. Sin embargo, terminó en la Defensoría de Menores, justo el día en que comenzaba a funcionar.
Ahí conoció de cerca algunas de las historias más duras de la provincia. “Empezaron a verse chicos en las esquinas con la bolsita con Poxyran. Yo me sentía muy mal. Había chicos que no podían comer, casos terribles. No podía dormir”, relata.
Una compañera le advirtió que si no soportaba ese trabajo iba a tener que pedir traslado. Pero eligió quedarse. “Le pedí a Dios fortaleza”, dice. Y siguió.
Durante 20 años trabajó en el fuero de menores, atravesando también el crecimiento de las denuncias por abuso y situaciones de violencia intrafamiliar. Después pasó a la Defensoría Penal y más adelante a la Defensoría de Ejecución Penal, donde terminó su carrera acompañando causas del viejo sistema judicial.
En esos años también construyó un vínculo cercano con personas privadas de la libertad. “Muchas veces terminé llorando con ellos. Uno conversa con los internos y muchos te dicen cosas muy fuertes”, cuenta.
Para Nancy, la clave para atravesar décadas de historias difíciles estuvo siempre en la fe. “El único que te sostiene en lugares así es Dios. Si no hubiera tenido a Dios, no hubiese soportado estar ahí”, asegura.