Con más de 30 años de experiencia bajo el sol sanjuanino, Manuel Ochoa no es un florista cualquiera. A sus 63 años, este vendedor ambulante se ha convertido en un personaje emblemático del centro de San Juan, llevando no solo ramos, sino también la convicción de que "las flores naturales dan alegría". Su rutina es incansable, trabajando "de lunes a domingo", desde las 10:30 de la mañana hasta la tarde, adaptándose a las necesidades de sus clientes: desde románticos a señoras que les gusta la deco en sus casas, con gladiolos hasta conejitos, fresias y marimonias.
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Manuel Ochoa, el caminante que regala colores y aromas en las calles de San Juan hace 30 años
Es vendedor de flores hace más de tres décadas y con su mercancía siempre da alguna alegría. Camina por las calles sanjuaninas con frío o calor, con su enorme y pesado canasto a cuestas, y con las ganas de siempre.
Manuel no tiene un puesto fijo; su oficina es la calle. "Sí, sí, camino constantemente", afirma. Los domingos, sin embargo, hace una excepción y se instala en la Plaza de Marquesado. Su clientela es variada y muy leal: desde negocios, casas de familia, escribanías y estudios jurídicos hasta cualquier persona que "al ver flores compra" ocasionalmente.
Para Manuel, su oficio es un pilar inquebrantable: "es una un negocio que no pasa de de de tiempo ni hay crisis que le impacte". Incluso frente a la inflación y el aumento de precios (con ramos que van de 5.000 a 10.000 pesos según la temporada), observa que "la gente que le gustan las flores, no mira crisis, no mira nada".
La elección de su profesión tiene un origen familiar. Comenzó junto a un tío, una oportunidad que se dio y que ha marcado su vida. Aunque de niño soñaba con ser futbolista, la vida lo llevó por otros rumbos. "Yo quería ser futbolista, pero no se dio. Pasa que yo quedé sin padre a los 12 años. Tenía que trabajar, algunas cosas había que hacer". Antes de las flores, Manuel hizo "de todo" para subsistir: fue cadete de farmacia, albañil y cosechador de cebolla, entre otras ocupaciones.
Manuel no está solo en este camino. Su familia es su motor: tiene una esposa y un hijo que le dio dos nietos. Ella también contribuye al hogar con un kiosco, y entre ambos la van peleando: "nos ayudamos y quitamos los dos". Cuando no está vendiendo flores, Manuel se dedica a ayudar en el kiosco. Así sus tardes no son libres pero se acomodan con su señora para sacar unos pesitos en el negocio que tienen en la casa en Rawson.
Sus flores provienen de distintas regiones: la mayoría "viene de Mendoza y la rosa y el clavel son de Buenos Aires", dice. Como en San Juan no hay mercado de flores, Manuel cuenta con un circuito de proveedores que le traen el producto a domicilio o él mismo se encarga de ir a buscarlo.
A pesar del aumento de floristas en el centro, incluso algunos "nuevos con la crisis", Manuel sigue firme, y ve cómo las nuevas generaciones, como los hijos de su tío, continúan con la tradición. A sus 63 años, Manuel tiene clara su visión de futuro: ¿Va a seguir siendo florista toda la vida? "Y yo creería... Hasta que el cuerpo no de más", dice.
Con una sonrisa, se describe como "medio despistado", lo que le impide reconocer a cualquier famoso que se cruce en su camino, pero le ha vendido a mucha gente en el centro de San Juan, que conoce como la palma de su mano.
Con una historia sencilla, dedicada a una de las ocupaciones más lindas del mundo, Manuel sigue de recorrida con su canastito de mimbre lleno de color, belleza y aromas. Nada despreciable en la Argentina de estos días.