ver más

domingo 26 de abril de 2026

Libro digital

Cuentos con el sello Carta

El conocido dramaturgo, actor y director teatral Juan Carlos Carta presenta su primera obra de relatos cortos en versión digital, titulada “El desolador y otros cuentos”.
Por Redacción Tiempo de San Juan

"Juan Carlos Carta no deja nunca de sorprenderme, primero fue su teatro y ahora su narrativa. Una máquina lúcida que se revela genealogía metafórica, sueño emancipatorio con identidad filosófica. Desde una escritura que se vuelve denuncia, la recopilación de estos cuentos, manifiesta un compromiso social e intelectual que no pacta con la negatividad ni la oscuridad de los tiempos, sino que es nervadura espiritual de esta temporalidad que nos toca”, dice Isabel Crubellier en el prólogo de "El desolador y otros cuentos”, el primer libro de cuentos de Juan Carlos Carta que ya está disponible para su compra en su versión digital y que pronto lo estará en versión papel. 
 
Se trata de un compilado de historias cortas donde el reconocido dramaturgo y actor comparte con los lectores personajes y lugares, muchos que tienen que ver con San Juan y su idiosincrasia, apelando a su particular vuelo literario para emocionar desde la ficción. 
 
"De eso se trata la escritura de Carta en esta colección de cuentos. Una cuestión de la memoria que se percibe a través de las fotos, del cine, de las imágenes de recuerdos que atesoran sus personajes; no se figuran espectros del horror, más allá de confabularse mundos apocalípticos, sólo rozan el final de todo, pues en giro insólito el cambio es inminente, que crezcan alas, que las manos se vuelvan mapas de una destinación extraordinaria”, describe Crubellier. La obra puede conseguirse escribiéndole al autor vía Facebook, por correo electrónico a circart@hotmail.com o al blog http://circarta.blogspot.com.ar/. El 24de abril a las 20.30 hs en la Legislatura se hará la presentación oficial de la obra.
 

Carta compartió con Tiempo de San Juan uno de sus cuentos: 
 
Los pozos
 
     Todo el tiempo que duró mi niñez, mi abuela me decía que debajo del piso, o en el jardín, o en las mismas habitaciones de la casa, se encontraban grandes tesoros. Tesoros que sus padres, apenas llegados de Italia, ocultaron previsoramente a fin de que ella y su hermano (muerto tempranamente) tuviesen de herencia por si a ellos les sucedía algo. Y efectivamente, con el terremoto del 44, la mitad de la casa se había venido abajo con sus padres adentro. Ella y su hermano, en ese momento en casa de una tía, se salvaron  milagrosamente, y después, cuando la casa paterna se reconstruyó y la vida de mi abuela transcurrió casi en su totalidad  sin moverse de la gran  casa,  la idea, el posible mapa mental de aquellos tesoros, quedó en el olvido.
     Sin embargo, me decía  mi abuela, ella nunca perdió las esperanzas de hallar algo en las profundidades del terreno y algún día, decía, cuando yo fuese mayor, me dejaría cavar para buscar esas pequeñas tinajas o cajas labradas, llenas de joyas o vaya a saber qué, que descansaban ocultas en algún lugar del  terreno. Incluso, me contaba mi abuela en aquellas tardes de invierno junto a su Singer, que cierta vez unos albañiles, tratando de orientar unas cañerías, se habían encontrado de golpe, al perforar una de las paredes, con un chorro de sangre espesa que tardaron varios minutos en detener con trapos y estopas. Eso, concluía, era señal de que la casa seguía ocultando cosas de una infinita rareza. Catalina, que así  se llamaba mi abuela, sin leer nada, sin conocer el llamado realismo mágico latinoamericano que por aquel momento se diseminaba por Europa, venía a dar entonces, en sus relatos, con alguna sustancia de aquel movimiento, que, pasados por el tamiz de mi corta edad, hacían de la realidad un colador por donde se filtraba lo maravilloso. Demás está decir que yo creía fehacientemente en sus historias, y soñaba por aquellos días, con alguna vez encontrar esos tesoros ocultos, y que al hallarlos, terminarían rápidamente con nuestra triste pobreza.
     Usualmente era en las vacaciones de invierno cuando yo visitaba a mis abuelos. Sobre todo a mi abuela, ya que Constantino, mi abuelo, salía muy temprano en la mañana en su bicicleta con carrito a vender sus semitas y tortitas raspadas. Entonces, pasaba todo el tiempo junto a mi abuela, leyendo revistas de la época mientras ella cosía, jugando silenciosamente con cajitas de postres o armando los troquelados que las mismas cajas traían; Aljibes, molinos, autos antiguos se desparramaban por la habitación mientras mi abuela trabajaba y la luz opaca del atardecer de invierno entraba por la ventana. Mi abuelo llegaba al anochecer, con una extrema fatiga, decía unas palabras en su idioma y  ella le cebaba unos mates. Después el viejito, silencioso, se  acostaba en su pequeña cama, junto a la gran cama de mi abuela.
    Con sólo mirar a Constantino, uno lograba entristecerse.
     Catalina era una mujer extremadamente gorda, a quien le costaba caminar y que, cuando no estaba junto a su máquina de coser, se hallaba casi siempre en la cocina. Preparaba deliciosas comidas italianas de las cuales sólo ella conocía las recetas. Era capaz de comer durante horas, lenta, parsimoniosamente. Por eso la gran cama sólo para ella.  Yo dormía en el taller de costura en un colchón que tirábamos en el piso. Junto a la cama improvisada, tenía un viejo velador y mis libros de Julio Verne y Emilio Salgarí. Toda esa época se halla en mi memoria marcada por los relatos de mi abuela y las lecturas, que por las noches, tenía de mis libros.  La casa vieja se abría en todos sus intersticios para dejar pasar extraños seres y hechos que la habitaban mientras nosotros dormíamos.
      Cierta vez, en una de aquellas vacaciones mías, poco antes de que mi abuela comenzara con su enfermedad,  llegó a la casa mi tío Fabricio  desde Buenos Aires. Él era el hijo mayor  de los viejos, y como decía mi padre, también el zángano mayor. De gran estatura, Fabricio  era un tipo callado que siempre andaba con el ceño fruncido, como despreciando lo que hacían los demás, y que la mayor parte del tiempo, se la pasaba encerrado en una pieza abandonada de la parte delantera de la casa. Se levantaba al mediodía, tomaba unos mates y después, se encerraba de nuevo en la pieza. Salía al anochecer y no volvía hasta la madrugada, cuando se levantaba mi abuelo a amasar.  Que él estuviese en casa molestaba a mis abuelos. Los ponía casi siempre incómodos y lo trataban de evitar. A mí, Fabricio, simplemente me ignoraba. Yo no existía para él.
     No existía tampoco nada que conectara a mis abuelos (con el hijo perdido hacía años) a  este ser extraño que se paseaba por la casa mirando cada uno de sus rincones. Yo a veces lo encontraba mirando quieto, en silencio, distintos lugares en el jardín del fondo de la casa. Este era extenso, llenos de plantas juntadas y ordenadas por mi abuela a lo largo de su vida, con limoneros, naranjeros y parras distribuidos por mi abuelo. 
     Pronto supimos a qué había vuelto mi tío.
     Fabricio comenzó a cavar,  inusualmente muy temprano,  en una fría mañana. El jardín quedó destruido por socavones que tenían entre dos y tres metros de profundidad. No quedó nada de las madreselvas, los geranios y rosales de mi abuela. Lleno de montículos de tierra y de pozos, lo único que se salvó fue el sendero de ladrillos que llevaba  a la cuadra de mi abuelo. Aún las parras sufrieron el ataque de mi tío. Mis abuelos, indiferentes a la actividad de Fabricio, o casi indiferentes, callaron  y sólo se limitaron a hablar entre ellos en italiano, por las noches, cuando el enloquecido Fabricio no estaba. Yo sabía lo que él buscaba y deseaba fervientemente que no encontrara nada. Él, como yo, había creído en las palabras de mi abuela, probablemente en su infancia, y ya nunca olvidó lo que guardaba la casa.
     Mi padre llegó, buscándome por el fin de las vacaciones, justo en el momento en que Fabricio se disponía a tirar una de las paredes de adobe  de la casa. Alcanzó a perforar con una masa una de las paredes y allí terminó su trabajo. Fue breve.  Una pelea feroz. Llena de insultos, de amargura, de rencores escondidos. Un odio, como no he vuelto a ver, los llevo a Fabricio y a mi padre a deshacer lo poco que les quedaba como hermanos.
     Mi tío se fue la misma tarde de la pelea con mi padre. No habló con mis abuelos. Sólo fue en busca de su bolso, aquel con el que había llegado, lo llenó rápidamente con su pobre ropa y se marchó. Nunca más, ni mis abuelos, ni mi padre, ni yo, lo volvimos a ver. 
    Yo, antes de partir con mi papá, me quedé un rato mirando por el hueco que Fabricio había hecho en la pared. Por allí se podía ver el destrozo en el jardín. Los pozos de la mala suerte. Y también aquellos lugares donde mi tío no cavó. Ellos me llamaban. Me esperaban.  Guardándome un secreto que esperaría años y años, antes de que yo pudiera develarlo.
                                         -----------------------------------------
    El primero en morir fue mi abuelo. Un cáncer de próstata hizo padecer al pobre viejo durante tres años por lo menos. Años en los que también fue creciendo la insania de Catalina. Con un proceso mucho más lento, mi abuela también había comenzado a morir. Sólo que fue casi imposible de sobrellevar para la familia; la demencia senil diagnosticada fue creciendo con el tiempo hasta alcanzar picos de locura que ninguno de nosotros estaba preparado para soportar. A Catalina la cuidaba una señora a la que se le pagaba por hora. Una tarde la mujer no asistió y fue suficiente para que mi abuela avergonzara a toda la familia. La viejita, con más de cien kilos de peso, aún podía caminar. Fue hasta la cuadra clausurada del abuelo, se desnudó y abrió bolsas grandes de harina apelmazada. Se bañó en harina. Después salió a la calle y corrió hasta que unos vecinos lograron atraparla. La taparon con una frazada y la llevaron de vuelta a casa. Desde entonces, era obligación de cada miembro de la familia, estar con ella un día o dos, cuidándola. Yo elegí los fines de semana, ya que aprovechaba para estudiar prácticos y parciales en el silencio de la gran casona. 
    Catalina se sentaba en un sillón de mimbre que siempre había tenido. Pasaba horas y horas frente al televisor. A veces, hablaba sola, murmuraba algunas palabras en italiano hacia alguna dirección precisa en el espacio y luego volvía al televisor. Yo le daba de comer, la acompañaba al baño, a la cama; pero casi no intercambiábamos palabras. La querida abuela con la que tanto había compartido en mi infancia, ahora era una viejita medio loca que me dejaba casi indiferente. Si no hubiese sido por mi estudio, la tranquilidad del lugar, nunca habría retornado nuevamente a la casa de mis abuelos. Algo me hacía rechazar la compañía de la viejita (aunque odiaba sentir eso). Sin embargo, por mis padres y por mis estudios, como ya dije, pasaba dos días al mes cuidando a mi abuela. 
    El sitio que más me gustaba era el jardín. Pesado por la humedad que despedían las plantas de todo tipo que lo circundaban, era para mí el mejor lugar de la casa. Yo recordaba (siempre lo recordaba) el momento en que Fabricio había destrozado el jardín cavando en un busca del tesoro oculto de la pobre loca. Yo en ese momento había sentido que mi tío, sin darse cuenta, había llamado a los demonios de la mala suerte, de la pobreza y el sufrimiento y, créanlo o no, desde ese día todo se había venido abajo en nuestra familia. Pero ahora, cuando cuidaba a Catalina, ese recuerdo no me impedía que yo me sentase en una reposera y me dedicase a estudiar y a dormir en las largas tardes del sábado y domingo.
    Precisamente, en una de esas tarde, cuando ya anochecía, desperté en el jardín y vi a mi abuela. Parada junto a mí, me llamaba suavemente. Yo no estaba acostumbrado a que Catalina se desplazara sola, así es que me asustó. Me sorprendió verla parada con esa mirada afiebrada del último tiempo, llamándome. Se aferró de mí brazo y me arrastró con ella hasta un lugar del jardín. Se detuvo entre el limonero y la higuera y me dijo. "Es acá. Cave en este lugar, mí ‘hijo…” Estaba totalmente lúcida. Yo sin entender, le pedí que me acompañara dentro, a la casa. Ella se desprendió de mi mano  y me increpó: "No me voy a ningún lado. Traiga la pala, es acá donde tiene que cavar. Vamos, que se nos hace de noche.”  Sin saber qué hacer, hice lo que ella me pedía. Fui hasta la cuadra del abuelo y traje un pico y una pala.
- ¿Qué pasa, abuela? ¿Para qué quiere que cave?
- Para que me saque una cosa que está enterrada hace mucho tiempo.
- ¿Es lo que buscaba aquella vez el tío Fabricio? ¿Es esa caja que me contaba usted cuando era chico?
- No sé de qué me habla. Vamos, cave que se hace de noche.
    Y ciertamente, ya oscurecía. Yo sentía que tenía que llevarle el apunte, la viejita no se movería hasta que yo no encontrase algo. Podría haberla forzado un poco, retarla y llevado a la casa a que se acostara. Pero no sé por qué me puse a cavar. Quizá yo también, recónditamente, albergaba alguna esperanza con la antigua historia de mi abuela. Mientras hacía el pozo, pensaba en pedirle un momento e ir a llamar a mi padre por teléfono. Lo pensaba, pero no lo hice. 
    Llegó la noche y yo seguía cavando. El pozo tendría ya un metro de profundidad, cuando le pedí a mi abuela que desistiéramos, que lo dejásemos para mañana. Como única respuesta, Catalina fue y trajo velas,  las encendió una a una y las depositó en tapitas de frascos de conserva. Me sentí estúpido ante el ritual de la pobre loca. Seguí cavando. Como a las once de la noche, el pozo tenía una profundidad de dos metros. Yo no me veía y me era imposible arrojar  la tierra hacia afuera. Estaba por renunciar cuando  la pala dio con algo en lo profundo del pozo. Mi abuela, atenta, iluminó como pudo desde arriba.
- Ya lo encontró. Sáquelo despacito, no quiero que se rompa.
    Lentamente fui limpiando hasta que mis manos pudieron tener una idea de su volumen. Era una caja de madera, muy antigua, aunque no del todo corroída. La saqué con total cuidado y se la entregué a mi abuela. La viejita rápidamente la tomó entre sus manos y desapareció de mi vista. Aunque la llamé, no volvió. En ese momento me di cuenta que no había tomado los recaudos para cuando tuviese que salir del pozo. Ayudándome con la pala y maldiciéndome, logré salir después de un gran esfuerzo. Fui en busca de mi abuela. Estaba en la cocina. Con un cuchillo en la mano trataba de abrir la caja. Le pedí que me dejara a mí. El tamaño de la caja era como las de zapatos. Si había algún tesoro, este debía ser el de alguna joya muy valiosa, pues tampoco era pesado. Abrí la caja haciendo una leve palanca, no estaba si sellada ni con pegamento alguno. Adentro, un trapo oscuro, totalmente roído, envolvía lo que contenía la caja. Cuando lo desplegamos sobre la mesa, apareció ante nuestra vista un misal engordado. Yo pensé que era por la acción de la humedad de la tierra, pero cuando lo abrimos comprobamos que entre sus páginas había dinero. Grandes billetes de otra época se ocultaban página por medio. Era bastante dinero aunque ya sin valor. Seguramente los padres de mi abuela lo habían guardado pensando gastarlo tempranamente. No tuvieron en cuenta que ellos morirían jóvenes, que su idea se transformaría en una leyenda familiar. Mi abuela fue juntándolos al tiempo que decía "Ya sabía yo…de repente me acordé…ahora somos ricos. Nada va a poder pasarnos ya…” Yo la deje hacer, la deje hablar. Después la acompañé hasta su cama y la ayudé a acostarse. La viejita estaba feliz como un niño al que le han prometido un viaje a un mundo nuevo. Donde la tristeza no tiene lugar. Se durmió con una sonrisa, tomándome de la mano.
                              …………………………………………
    Por la mañana tapé el pozo. Mientras paladas de tierra húmeda caían hacia la oscuridad, yo sentía que la vida es absurda, que ese tesoro que muchos pensábamos que estaba destinado a nosotros, estaba en realidad, desde un principio, destinado a Catalina. El fin de ese hallazgo era ser encontrado una noche, en la ancianidad de mi abuela, y hacerla feliz. Redimirla de toda la amargura de su vida. Billetes sin valor que en manos de una pobre loca cobraban vida nuevamente. Seguí arrojando tierra, mientras un extraño desasosiego me invadía lentamente. 




 

Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Te Puede Interesar

video