Truenos y viento. Así fue el comienzo de lo que sería una de las tormentas más feroces que se ha desatado en lo que va del año en Mendoza. Y justo ocurrió durante el final de la Fiesta de la Vendimia de Tunuyán, donde miles de personas sufrieron la brava furia de la naturaleza en forma de lluvia y granizo que azotó al Anfiteatro municipal y sus alrededores.
El granizo opacó la Fiesta vendimial en el Valle de Uco
Los festejos vendimiales en Tunuyán finalizaron de la peor manera, con una feroz tormenta de agua y granizo que dejó un susto grande a miles de personas.
Una muestra de lo que dejó la tormenta.
"La reina de la Vendimia de Tunuyán es... María Macarena Muzaber Firpo”, fueron las (últimas) palabras del conductor Marcelo Ortíz. A partir de ese momento, lo único que se escucharon fueron gritos de quienes anunciaban la caída de lluvia con una violencia inesperada.
El intendente Martín Aveiro y parte de su equipo intentando refugiarse.
Todos los presentes que se estaban preparando para marcharse a sus casas tuvieron que empezar a correr para no empaparse o embarrarse. Mientras otros, como periodistas, fotógrafos, técnicos, empleados de la comuna y trabajadores del espectáculo, hacían lo posible para proteger sus aparatos electrónicos y buscar algún refugio más o menos estable, principalmente en las carpas de prensa y de los artistas.
Pero la situación empeoró. Con una violencia comparable a la de un tornado o un huracán, la lluvia comenzó a mezclarse con las bolas de hielo que conocemos como granizo, elemento infaltable en cualquier acto vendimial. Con lo que se tenía en mano, la gente trataba de cubrirse para no sufrir lesiones que suelen provocar este tipo de inclemencias. No todos tuvieron suerte.
Las reinas también buscaba protegerse del granizo.
Para colmo, y como era de esperarse, se cortó la luz en todo el predio, lo que profundizó los gritos y llantos de quienes estaban asustados, principalmente los niños. Como si se tratara de una película de catástrofe, el granizo se intensificó y no alcanzaba paraguas, silla o mochila para impedir que la ferocidad de la piedra nos golpee. Incluso muchos se agachaban y se escondían debajo de las mesas, donde la seguridad tampoco era una garantía por las decenas de cables y enchufes potencialmente peligrosos ubicados en el suelo y las vigas metálicas.
Aunque fueron unos minutos, no se bien cuantos, la granizada pareció eterna y muy peligrosa, de una violencia como pocas. La piedra golpeaba en las espaldas, manos y piernas, el agua entraba por doquier, el viento solo complicaba las cosas y había una gran incertidumbre de no saber lo que estaba pasando alrededor de uno, debido a la tenebrosa oscuridad que invadió el anfiteatro.
Tal como siempre sucede, después de la tormenta volvió la luz y vino la calma, aunque solo una de tipo climática, ya que los ánimos, en vez de amainar, solo empeoraron.
Así quedó la carpa de Prensa tras la tormenta.
"¡Diego!” "¡Luciana!” "¡Joaquín!” Algunos de los nombres que los padres desesperados gritaban para intentar encontrar a sus hijos desaparecidos durante la tormenta. O de quienes buscaban a un familiar o amigo que podría haberse ido hacia otro sector en la dispersión de gente. Nervios, llantos y mucho miedo podía verse y percibirse en los rostros de estas personas, ayudadas por quienes aún mantenían una cierta calma e intentaban organizar el evidente desorden y desconcierto.
Como si hubiese pasado un tornado, la imagen era casi de desolación: las sillas que prolijamente habían sido dispuestas en todo el anfiteatro estaban completamente desparramadas, carpas que se habían desprendido parcialmente por culpa del viento, agua estancada o que bajaba con un torrencial inusitado, un escenario vacío pero que parecía como si lo hubieran saqueado y prácticamente todo el mundo estaba empapado.
Uno de los momentos captados durante la tormenta.
Incluso uno de los transformadores eléctricos del anfiteatro se quemó, provocando algunas llamas y miedo entre quienes estaban cerca. Afortunadamente el fuego se extinguió por su cuenta y no se produjo una tragedia.
No se conoció bien cuántos heridos dejó la tormenta, pero las ambulancias y el personal médico no daban a basto. Algunos lesionados por la piedra y muchos desmayos y picos de presión tuvieron que ser atendidos. De hecho varios tuvieron que ser trasladados al cercano hospital Scaravelli para recibir una mejor atención médica.
Tampoco se conocía la cantidad de niños que se habían alejado de sus padres en el momento de la lluvia, sobre todo de edades pequeñas. Quienes estaban perdidos y eran encontrados por otros adultos eran llevados a una de las carpas que improvisó de albergue para esperar a algún conocido, pero la incertidumbre, los nervios y la improvisación se complotaron para complicar las cosas e impedir que todos los chicos fueran hallados fácilmente.
La guardia del hospital Scaravelli, inusualmente colmada.
Por ello muchas madres y padres que tenían a sus hijos perdidos estaban sumidos en la desesperación, como si sintieran que los chicos fueron tragados por la tierra. Desconsolados, la mayoría los buscaban por todo el predio gritando sus nombres, esperando que sus llamados sean respondidos. Otros debían ser calmados o atendidos por los médicos, ya que sufrían picos de presión e incluso más de una madre terminó desmayada.
Las reinas, políticos, periodistas, trabajadores municipales, fotógrafos, vecinos y turistas no podían salir de su asombro. Como una fiesta multitudinaria que prometía un gran final terminó siendo totalmente opacada por una tormenta feroz y que ocasionó una velada que seguramente costará olvidar.
La Reina Nacional de la Vendimia, Sofía Haudet, pasada por agua.
Fuente: MDZol
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