Más allá del trasfondo de gravedad que dibuja la tragedia de la pandemia a nivel global, el gobernador sanjuanino Sergio Uñac habrá tenido esta semana algún motivo para sentirse reconfortado por sus comprovincianos.
Semana 5: con barbijo y entre algunos picarones
La que pasó fue una semana decisiva porque salió a la cancha un factor esencial y poco dúctil: la conducta de la gente. Se puede controlar, se puede poner carteles, hacer campañas, sensibilizar de todas las maneras posibles, pero si no hay un compromiso ciudadano real, todo se va al tacho.
A partir del lunes pasado no hubo más remedio que darle aire al sentido común: en una provincia como San Juan sin casos positivos (los únicos dos ya fueron dados de alta) y con ratio población/casos entre los menores promedios del país, no resultaba una locura pensar en levantar algunas barreras para dar algo de supervivencia a los que ganan la calle.
Para cualquiera con responsabilidad en salvar la vida de sus semejantes en medio de un tembladeral como éste, la mejor aplicación es la parálisis total. Si es que existe alguna garantía de evitar contagios, es ésa. El asunto es no se lleva bien con el instinto de supervivencia de la raza humana. Entonces, el trabajo más delicado es ir demarcando esos límites donde no los hay muy claros. Y donde todo es opinable, con justa razón.
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Se optó por ir aflojando la cincha apoyados en la condición de San Juan como provincia sin el virus desatado, dicho esto siempre con la mano en la madera o donde el lector prefiera. Hubo que contar con ese condimento indispensable: la buena conducta de la gente, el respeto y la conciencia de quienes con sus acciones luego condicionan las decisiones siguientes.
Hubo barbijos y ahora nuevos trámites y actividades posibles. La circulación en un día cualquiera de la semana se pareció bastante en las calles a un día sin cuarentena. Pero siempre con protección, cuidando las distancias, evitando las montoneras. En general, por supuesto.
Dependen mucho de esos termómetros las futuras decisiones de ir habilitando más espacio. También de la eficiencia de quienes toman las decisiones, en este caso el buen pulso del gobierno local. Y finalmente, de las condiciones geográficas y hasta la moneda al aire.
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Un tonto o un irresponsable suelen ser un peligro latente, un arma cargada. La chance de convertir una situación llevadera en una calamidad, en un solo segundo. Se cuentan de a decenas los asados de amigos, con algún infectado aún en cuarentena, que terminan con decenas de positivos Covid 19. Fiestas malogradas, un cocinero en un geriátrico, algún irresponsable suelto en Buquebús, y el tendal de infectados y muertos detrás.
Hay dos provincias, con cantidad de habitantes parecidos a San Juan, fuertemente comprometidos por los casos: Neuquén y Chaco. En las dos hubo episodios aislados que tuvieron consecuencias. En Neuquén, unos 40 de sus más de 100 infectados están en la pequeña localidad de Loncopué, de apenas 6.000 habitantes. Hubo una gran fiesta en cuarentena, también un asado, y se contagiaron hasta los arrieros de las sierras que casi nunca bajan al pueblo. En Chaco, quedó el tendal luego de que una mujer (encima, médica) volvió de Europa con el virus a cuestas y contra todo consejo y las medidas de protección ya anunciadas, fue a fiestas y reuniones sociales: resultado, más de 270 infectados y 10 muertos.
En el vecindario, también San Juan está tocada por la varita. La Rioja, con menos de la mitad de habitantes, tiene 40 casos y 1 muerto, tal vez también por el ingreso de algún viajero sin control. Mendoza lleva más de 80 y 9 muertos. San Luis, la otra frontera interprovincial, con 11 casos. Mejor, seguir con las fronteras bajas, aunque no sea un signo de vecindad pero sí lo es de protección.
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En Mendoza, los diarios se preguntan porque en San Juan hay tan poco siendo vecinos. Puede haber respuestas por el lado de la reacción de las respectivas autoridades, más rápidas las sanjuaninas. También en el factor geográfico: Mendoza tiene 3 veces más habitantes que San Juan, y 35 veces más infectados de coronavirus. No cierra.
Como tampoco fue proporcional, por ejemplo, el corte de los aeropuertos respectivos en su última operación: 2 vuelos diarios en San Juan, 80 en Mendoza, muchos de ellos internacionales. Casi idéntica proporción. Si el flujo de viajeros es un vector para la propagación del virus, puede haber ahí una respuesta. Inaceptable la diferencia operativa entre los aeropuertos, injustificada en proporción. Pero justamente eso parece haber jugado a favor en este momento difícil.
Puertas adentro es otro mundo. Sin relajarse, los sanjuaninos pueden operar algo más despojados de la paranoia que la media mundial. Y los que parecieron aprovecharse fueron algunos picarones: unos cuantos comercios céntricos, en realidad los más importantes, forzando a sus empleados a ir a trabajar en plena cuarentena. Y el condimento del antisemitismo en el medio, como si ya no se tratara de un asunto complicado.
En la misma redada, la oficina de control provincial detectó a instancias del gremio del comercio que en Brant, Soberman y Vallejo no parecían regir las leyes que operan para el resto de los cristianos con los mismos padecimientos a cuestas: la angustias por no poder levantar las persianas y ver cómo se estruja la caja.
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Dice el señor Angel que hay que ir a trabajar, llevar comida y barbijo propio. Ese es un mensaje que los trabajadores de Soberman adjudicaron a algún Angel de la empresa que se hace llamar señor. Y un trabajador del montón, con el nudo en la garganta del evidente peligro para su fuente laboral, no tuvo otra que preparar sus cosas para no fallarle al señor.
Brant, Soberman y Vallejo no son cualquier comerciante sanjuanino, ningunos del montón. Son los tres más importantes del microcentro, con locales y marcas ilustres por décadas en la memoria sanjuanina. Principalmente dedicados al consumo popular, sobresalen también en el rubro inmobiliario: fuentes del sector le adjudican a los tres la mayor cantidad de propiedades en locales con frente a las calles céntricas.
Si esto es así, son entonces lo que son sus célebres marcas y también son los locadores de buena parte de los locales que alquila cualquier hijo de vecino. Y en esa condición de conocedores de su envergadura en el mundo comercial es que parecieron operar, aunque para eso tuvieran que violar las leyes de restricción ante el coronavirus. Que, vale aclarar, no tienen coronita. Son para todos igual y las padecen todos. Las grandes cadenas comerciales, desesperadas por las estructuras que soportan, y los más chicos por la angustiante situación que les ocasiona la falta de ventas.
Todos. Pero fueron los más potentes los que decidieron vulnerar el cerco y burlarse de esa manera no sólo de las normas sino del esfuerzo de los colegas. Para sorprenderlos, hubo que poner el oído atento sobre la cortina metálica. Para enderezar la situación, hubo que detener a un par de (i)responsables de los locales, prepotentes además de incumplidores con el esfuerzo general.
A los pocos días cayó otro comercio bajo sospechas parecidas. En este caso una papelera, Salomón, clausurada por disponer las puertas abiertas, cuando la flamante reglamentación administrando la cuarentena sólo permite operar con la modalidad a domicilio. La justicia comprobaría luego que este comercio disponía de inscripción ante la Afip para manejar descartables, exentos del cese de actividades porque manejan material indispensable en estos tiempos. Finita la línea del off side, como se diría en esa especie en extinción que es una cancha de fútbol. Pero encuadrado en la ley, justo es señalarlo.
Pero ahí no terminó el episodio. Su propietario, Yaco Salomón, se animó a ir más allá y encender la mecha de una polémica delicada. Dijo que el gremio comercial, a cuyas instancias se produjeron los operativos, es antisemita. Tanto él como los dueños de Brant y Soberman son familias sanjuaninas de procedencia judía, pero no parece que la cuestión aparezca entrelazada a creencias religiosas, ni de origen, ni de raza.
Brant y Soberman fueron sorprendidos con empleados dentro de sus locales, cuando no estaba permitido. Ambos aceptaron la infracción y fueron ya condenados en trámites exprés en el fuero de Flagrancia. Flagrante evidencia de una ley al uso nostro: hago lo que quiero.
Con sentencias en procesos que llamaron la atención por otros condimentos: tanto a Brant como al encargado de la empresa Soberano los defendieron abogados del Estado, de oficio, pagados por todos los ciudadanos. Se subraya que se trata de dos de los comerciantes más poderosos de San Juan, con sobrados equipos de abogados propios. ¿Gesto de humildad? Si lo fue, poco efectivo y hasta contraproducente.
Esa clase de desprecio caló hondo en el ambiente provincial. No tanto por el hecho propiamente dicho sino por su significado: cero interés por el otro, nula empatía, extirpada la glándula de la conciencia social, anulado el hemisferio de la convivencia entre semejantes.