opinión

Semana 1: La responsabilidad, la desesperación, el miedo

Tres sensaciones recurrentes en un mundo impactado por el coronavirus, vistas desde San Juan. Mirando por la ventana y tocando madera. Por Sebastián Saharrea
sábado, 28 de marzo de 2020 · 12:22

Todavía se está jugando el partido, hay quienes incluso piensan que está en trámite apenas el primer tiempo. Imposible entonces sacar conclusiones terminantes, sentencias inapelables, más allá de la natural certeza de que algo estructural cambió en la naturaleza humana el día que la pandemia hizo paralizar al ombligo del mundo.

Poca sensibilidad se despliega en Occidente si el impacto arrasa geografías más distantes, aunque el tamaño de la hecatombe empalidezca a todo costo. Ahora, si las esquirlas golpean la línea de flotación de la economía de mercado y mandan a la casa a las cotizaciones de Wall Street, será eso algo de lo que hablará recurrentemente la industria cultural dentro de al menos 10 años. Si es que Hollywood sigue en pie.

Tocando madera como corresponde, la primera semana de alto impacto mundial de la crisis mundial desde la ventanita de San Juan nos pone en una situación ambigua. El fantasma sanitario sigue siendo eso, un fantasma que asusta desde el panorama desolador que se ve en ese corazón al que reportamos (Europa, Estados Unidos, en el orden que sea). Si hubiera una tabulación de la desgracia, en Argentina nos tocaría la fortuna de rankear bajo para esta ocasión.

Y dentro del país, San Juan también aparece afortunada por no reportar entre los lugares más comprometidos. Se sigue esta crónica con una mano en la madera, nunca se sabe cuándo cambia la suerte.  Con resaltador en esta palabra, la fortuna de no haber sido por ahora priorizados por el virus que asola al mundo.

Pese a ese rol de reparto que nos toca en la desgracia mundial del virus, nos toca a los sanjuaninos afrontar esa mezcla de sensaciones que atraviesa al globo y que afina nuestro título ocasional: la responsabilidad, la desesperación y finalmente el miedo. El primero, con la lógica finalidad de frenar la expansión. Y el segundo, para enfrentar la otra calamidad que viene intrínseca con el número de los casos que canta el final del día, que son las penurias económicas de las que nadie escapa. De más está decir de que va el tercero.

Vamos por partes. La responsabilidad parece ser por ahora el único salvoconducto eficiente para bajarle el precio a la desgracia. Ninguna garantía, no la hay en el sentido estricto por ningún lado. Sí, en cambio, una manera de atenuación aconsejada por los únicos que saben de estas cosas, obviamente los médicos en una jungla de opinators desregulados y con licencia.

Pues bien, ese único y exclusivo salvocunducto de la responsabilidad no parece disponer de buena salud. Ni en el país, en el que las filas playeras del finde largo desacreditan a quien refiera sobre cualquier tiempo de guerra. Ni en la provincia, que tiene sus días de aparente parálisis y otros de actividad cuasinormal.

Los empresarios y mejor aposentados rankean más alto en el centimetraje impiadoso de las redes, no deberían ser los únicos. Sí son portadores de mayor atención por su condición de viajeros frecuentes, y sólo por eso convertirse en el vehículo predilecto para el bicho importado. Viejas cuentas sin saldar dejan huellas en los comentarios, sin embargo, bueno sería dejarlas para otra ocasión.

Al margen de quien toca, empresario o asalariado, clases más pudientes o más humildes, nadie pareció de arranque en San Juan estar dando la talla de la necesidad de aislamiento que reclama la emergencia. Y hubo que ajustar las marcas. Menos aún en el país, donde las imágenes de la general Paz arrojan postales de día laboral sin más.

En cambio, una buena responsabilidad ha emergido en la condición del funcionariado, tanto provincial como nacional: eso de esperar lo peor y prepararse para eso. Sin que haga falta despojarse de todo vestigio de optimismo sobre que sería posible evitar pico de escenarios de guerra. Pero eso es lo que vemos. En San Juan, maximizar la cantidad de camas, de hospitales, de centros de atención y de respiradores. Si no se usan mejor.

De llegar, ese pico se daría sobre finales de abril o principios de mayo. Algo más de un mes para extender el sistema de salud a su máxima flexibilidad posible, conociendo lo poco flexible que lo dejaron las administraciones market friendly. Si luego la emergencia no llega, tanto mejor. No habrá sido un esfuerzo vano.

Una reacción que enaltece a los gobiernos y hasta se supone obvia. No la es, basta contemplar la diversidad de reacciones en el globo, incluso algunos vecinos a los que hubo que cerrarle la puerta.

Relevante reacción, incluso desde lo presupuestario. San Juan frenó la ejecución de obras locales por un monto de $4.000 para concentrarse en la emergencia, decisión de sentido común asumida en medio de la oscuridad de la pandemia desatada, que no permite tomarse demasiado tiempo y requiere eso sí utilizar las vísceras.

De la mano llegó la decisión de reducción de salarios del funcionariado político, atado más a lo gestual que a otra cosa: no serán recursos cuantiosos, apuntan a convertirse en acciones solidarias con lo que más perciben el parate, los que en mayor medida habitan el rango de la desesperación (es decir, casi todos). Surgió justo cuando algún picarón le dio enter desde las redes a un decreto de incremento, que no es otra cosa que el aumento dispuesto para toda la administración pública para el año. El encierro está poniendo a trabajar horas extra a los operadores de odios desde las redes, con bajo promedio: una de verdad por cada 10 fake.

Con casco puesto para los coscorrones, va una reflexión a contramano: la valoración no debería ser general sino por capacidad de reacción. A algunos funcionarios dan ganas de anularles los ingresos y hasta de echarlos a patadas, a otros dan ganar de aumentárselos. El presidente Alberto Fernández no se rebajó los ingresos y aunque lo haga más adelante habría una fila larga para aportar de su bolsillo para darle un premio, un bono con plus laboral si fuera posible. Sergio Uñac y su equipo reportan en esa misma consideración, se los ve ocupados en acción.

Va para los ciudadanos que miran más estos gestos que el contenido de las acciones de los que gobiernan. Es bueno ser sensible, mejor es ser eficiente y responsable. No perder de vista que abundan en nuestra sociedad las solidaridades selectivas, según el momento, según la cara del cliente, según la urgencia, esas que funcionan como aspirinas para alguna conciencia: se ve más que nunca en los aplausos nocturnos a enfermeros y basureros, virtuales ovaciones que llevan a remontarse a poco tiempo atrás y preguntarse si los que ahora aplauden fueron solidarios cuando esa misma gente –enfermeros, basureros u otros trabajadores del Estado que hoy salvan las papas- reclamaron por sus ingresos. A la respuesta la tenemos adentro cada uno de nosotros.

Viene ahora la veta más dolorosa para los parajes del mundo que –se sigue tocando madera- por ahora no aparecen en emergencia sanitaria: el dolor de la economía en un mundo paralizado, un país paralizado y una provincia paralizada. Hay varias franjas, todas afectadas, no todas por igual.

Están los empleados públicos, una amplia gama que contiene hoy a los médicos –nada menos- a los trabajadores de la salud, a los maestros, a los policías que todos los días ponen el cuerpo en la calle luchando contra la estupidez humana de deambular sin rumbo en plena pandemia. Son los hoy disponen de un futuro algo más definido.

El sector de trabajadores privados es un tembladeral. Nadie conoce con precisión que pasará, hay ramos industriales que siguen en actividad, otros que no, la mayor parte del comercio paralizado sin fecha. Habrá un desfile de pedidos hacia el sector público para que les haga más fácil el trance, Uñac y Fernández han mostrado reflejos y actitud pero no se puede tapar el sol con un dedo.

Hubo anuncios para todos los sectores, por ahora el empresariado no ve que se concreten en lo inmediato. El más necesario y acuciante es el bancario, donde hubo medidas del Central con los descubiertos, el cambio de cheques y las líneas de créditos para pagar los sueldos. Pero hasta ahora las entidades no se mueven un milímetro en sus pedidos de calificación crediticia, es decir que nadie entra en esos planes. Como hasta ahora con los bancos.

El otro renglón es el de los trabajadores informales, en negro o los clásicos oficios. Es difícil toparse en San Juan con un electricista o un plomero que extienda factura de monotributista, cómo hará ese trabajador para juntarse con el apoyo nacional de $10.000. Deberes para la administración en búsqueda de atenuar el trance, inquietante se mantiene la incertidumbre sobre los que se quedarán afuera por alguno de esos problemas que cantan las burocracias.

Saltan sub especies: ¿y el comercio minorista de alguna zona lateral que no ve una factura ni en figurita?, ¿y el jardinero del barrio?, ¿y el panadero y las cientas, miles de personas que todos los días le toman el pulso a la ciudad para salir a colar sus pasamanos? Desesperados todos por recobrar la capacidad ambulatoria, hay aquí un diferencial en sociedades como las nuestras, tan informales, con el mundo moderno del teletrabajo. Cada día, cada hora que pasa, es una herida más grande.

De miedo, para que extenderse. Quedará para después.

Comentarios