La noticia fue un baldazo de agua fría. En marzo de 2016 se conoció la muerte de Juan Ríos, el alma del kiosco “El Indio”, ubicado en frente de la Facultad de Ciencias Sociales (FaCSo) de la Universidad Nacional de San Juan (UNSJ). A nueve años del deceso del comerciante, el panorama del negocio dio otro golpe de nocaut a los nostálgicos estudiantes.
La debacle de "El Indio": ¿cierra el mítico kiosco frente a la Facultad de Ciencias Sociales?
El panorama es desalentador. El negocio no abre sus puertas hace un mes aproximadamente, aseguraron quienes transitan frecuentemente por la zona. El recuerdo del comercio que se volvió un refugio para los estudiantes universitarios.
A partir de la pandemia, el kiosco cayó en desgracia por diversos motivos. Nunca pudo volver a las épocas de oro. Las mesas en la vereda con decenas de jóvenes comenzaron a desaparecer poco a poco. Además, otros drugstores aledaños les ganaron el protagonismo.
En los últimos años, hubo días en que el negocio no abría sus puertas, o eran reducidos los horarios de atención al público. Vecinos de la zona, estudiantes y personal que cumple funciones dentro del Complejo Universitario Islas Malvinas (CUIM) -en Rivadavia- fueron testigos de la debacle. “No tenía nada y a veces ni abría”, dijeron.
El lugar, ubicado en Avenida Ignacio de la Roza y calle Juncal, parece haber tocado fondo. Hace aproximadamente un mes no hay atención. ¿Cerró el kiosco de “El Indio”? La pregunta parece tener respuesta.
Las historias que guarda el mítico negocio estudiantil
Juan Ríos, conocido como el "Indio”, se ganó el cariño de miles de estudiantes con su bufet "Frente a la Facultad”, un local con 50 años de historia. Junto a su padre Pedro, quien fundó el negocio, formó un espacio emblemático para la vida universitaria del CUIM, donde los alumnos se sentían siempre bien recibidos.
El "Indio” era el primero en abrir y el último en cerrar. Desde temprano ofrecía semitas calientes, café o té, y habilitaba espacios para que los estudiantes desayunaran o estudiaran cómodamente. Su dedicación hacía que el bufet funcionara casi sin pausa hasta la noche, con clientes que iban a relajarse con una cerveza después de cursar.
El bufet también se convirtió en un lugar de encuentro académico: algunos adscritos daban clases de consulta en las mesas del local, y Juan siempre prestaba espacio sin exigir consumo, porque confiaba en sus clientes y sabía que volverían.
A pesar de la cercanía con los alumnos, había reglas claras: quien rompía un vaso debía pagarlo, y Juan siempre cobraba con sonrisa y respeto, manteniendo el orden sin perder la buena onda que lo caracterizaba. Además, participaba con humor en las disputas políticas de las agrupaciones universitarias, eligiendo siempre la camiseta que más le gustaba.
El kiosco también tenía su toque personal: preguntaba a los alumnos rezagados cuándo se recibirían, se acordaba de quiénes rendían y celebraba cumpleaños y graduaciones con una bebida gratis, haciendo del bufet un espacio único y entrañable para toda la comunidad estudiantil.