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sábado 21 de marzo de 2026

Una campeona

La dura vida de la Locomotora: violencia de género, traiciones familiares y el boxeo, su refugio para salir adelante

La ex campeona mundial de boxeo falleció tras semanas de lucha contra las secuelas de un ACV. Detrás de su figura combativa, dejó una historia de vida atravesada por la violencia, el abandono y una fuerza inquebrantable que la convirtió en símbolo de superación dentro y fuera del ring.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Tras varias semanas de internación luchando contra las secuelas de un ACV, falleció Alejandra “Locomotora” Oliveras, ex campeona mundial de boxeo. Más allá de sus logros deportivos, Oliveras será recordada por su historia de vida: una mujer que, con coraje y determinación, enfrentó situaciones límite mucho antes de subirse a un cuadrilátero profesional.

Para muchos, fue una campeona incansable y madre soltera abocada por completo a la crianza de sus hijos. Pero detrás de esa imagen combativa, había heridas profundas que arrastraba desde la adolescencia y que marcaron su personalidad: violencia de género, traiciones familiares y la constante necesidad de salir adelante con sus propias fuerzas.

Una traición que no la detuvo.

En una entrevista concedida a Urbana Play en 2022, Oliveras compartió una de las experiencias más dolorosas de su vida personal, ocurrida justo antes de alcanzar su consagración deportiva. “Encontré a mi esposo en la cama con mi hermana, diez días antes de viajar a México para disputar el título mundial”, relató sin rodeos. Pese al impacto emocional, no dejó que el dolor la venciera. “Me fui a México con el corazón hecho pedazos. Creo que me descargué con Jackie Nava”, dijo con ironía sobre la rival a la que venció en aquella pelea histórica de 2006.

Esa situación límite no la quebró: la fortaleció. “Entrenaba para no llorar”, confesó. Y aunque el duelo fue largo, logró salir adelante sin mirar atrás. “Era el amor de mi vida, pero nunca volví con él. Una traición así te duele hasta los huesos”.

Superviviente desde la adolescencia:

Su vida nunca fue fácil. Oliveras comenzó a sufrir violencia a los 14 años, cuando quedó embarazada de su primer hijo. “Me golpeaba durante el embarazo y también después. Hasta que logré separarme”, recordó en una entrevista con Aires de Santa Fe. En ese entonces, la violencia contra la mujer era minimizada por el entorno: “Nadie hacía nada. Las denuncias no se tomaban en serio y muchas mujeres quedaban solas”. Ella se negó a naturalizar el maltrato. “Eso no era amor. Lo entendí desde muy chica”.

Sin recursos y con un hijo a cargo, decidió que la única forma de sobrevivir era aprender a defenderse. “No había boxeo en mi pueblo, así que empecé a entrenar sola. Hacía abdominales, sentadillas y sombra mientras él no estaba en casa”, contó. Hasta que un día, el miedo se transformó en determinación: “Cuando vino a pegarme como siempre, lo esperé. Cerré el puño y le pegué con toda mi fuerza. Se cayó. Agarré a mi bebé, una bolsa de nylon, y me fui para no volver jamás”.

El boxeo como refugio:

Mientras atravesaba esa dura etapa personal, Oliveras se sostenía como podía: dormía en un colchón en el suelo y daba clases en cinco gimnasios para alimentar a sus hijos. La recompensa llegó en 2006, cuando se coronó campeona mundial y ganó 2.800 dólares, dinero con el que pudo amueblar su casa y mejorar la calidad de vida de su familia.

A través del boxeo, encontró mucho más que una carrera: halló una manera de sanar sus heridas y reinventarse. Hoy, tras su partida, queda el legado de una mujer que no sólo dio batalla sobre el ring, sino también en cada rincón de una vida cargada de obstáculos. Su historia, tan cruda como inspiradora, seguirá latiendo con la fuerza de cada golpe que la Locomotora transformó en esperanza.

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