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viernes 24 de abril de 2026

TOP RACE NOA

Corriendo a 210 km/h en Termas, un autódromo de otro mundo

En primera persona, la adrenalina de copilotear un auto del Top Race en el mejor autódromo que hoy en día tiene el país, en el que este sábado y domingo correrán los sanjuaninos Fabricio Persia y Erik Koler. Por Gustavo Martínez Puga.
Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Gustavo Martínez Puga

2´04 minutos. Eso demoró el instructor que tiene la Escuela de Pilotos del Autódromo Internacional de Termas de Río Hongo en darme un “paseo” de una vuelta completa a la espectacular pista de 4,806 kilómetros de extensión que tiene el imponente autódromo internacional que tienen los santiagueños en la ciudad de Termas de Río Hondo, donde aún exhiben con orgullo en la cartelería pública las grandes fotografías del paso del GP de motociclismo que recibieron en abril último.

Si bien esos 2.04 minutos fueron fugaces y me dio una idea de lo que se sentía correr en un auto de Top Race, la desilusión es tremenda al saber que en realidad fue un verdadero paseo para los profesionales del automovilismo como Martín Basso, quien tiene el récord en esa pista con casi la mitad del tiempo en que yo la recorrí: la hizo en 1´32.318, a bordo de un Chevrolet Chevy del Turismo Carretera, en el que hizo un promedio de 169.670 kilómetros por hora.

Es difícil imaginar la sensación de haber estado arriba de ese auto que condujo Basso, si basta con que esas máquinas hagan arrancar el motor para que la adrenalina corra por las venas, con solo escuchar el ensordecedor rugido.

Ir a bordo del auto a 210 kilómetros por hora, velocidad que alcanzó en una recta, es muy distinto a la sensación de velocidad que se tiene en los autos preparados para el uso diario: lo que más impacta es el esfuerzo físico que hay que hacer para tratar de mantener estable el cuerpo en la butaca.

Y eso que el cuerpo va atado a la silla mediante dos sistemas de seguridad: uno sostiene de la cadera y el otro pega la espalda al respaldar. Pero así y todo, la velocidad sacude al cuerpo de un lado a otro como si fuera suelto.

En cada cambio, en cada rebaje, la cabeza se sacude como si fuera una pelota suelta. Pega de un lado a otro de la butaca, incluso el caso –perfectamente ajustado a la cabeza y atado a la mandíbula, tiende a soltarse. En el caso de los pilotos, también llevan un sistema de seguridad en el cuello para evitar ese movimiento.

Igual, todo eso pasa desapercibido ante la emoción que invade desde los dedos del pie hasta el mismísimo corazón, que parece latir más rápido que las revoluciones del motor del auto. Una sensación que acelera y desacelera al ritmo de la aguja del tacómetro.

El calor adentro del auto es impactante. Y mete más miedo cuando se ve salir de cerca los fogonazos que suele tirar el caño de escape libre que asoma por debajo del guardabarro delantero derecho, a centímetros de la rueda, prácticamente en los pies del piloto y copiloto.
Todo eso se transforma en una perfecta sintonía cuando el piloto acelera o cuando mete uno tras otros los rebajes al llegar a un curva y hace que el auto se zamarreé al cortar camino por encima del pianito del asfalto que indica que estás a punto de salirte de la cinta asfáltica para empezar a derrapar por el pasto.

El exclusivo placer de haber podido ser copiloto de un auto de Top Race por el interior de la pista del imponente autódromo de las Termas se debió a una gentileza que tuvo la Dirección de Turismo del Gobierno de Santiago del Estero para con un grupo de periodistas que llegamos a la ciudad termal invitados por la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME) al Foro Internacional de Ciudad, Turismo y Comercio.

La visita obligada al autódromo de Termas de Río Hondo es altamente recomendable. Difícilmente un turista pueda vivir la experiencia de que le den una vuelta a 210 kilómetros por hora como copiloto de un auto de Top Race, pero bien vale la pena ir a conocer el lugar, ya que está finamente preparado para recibir a los visitantes, más aún a los del mundo tuerca.
Pero se puede acceder a un simulador que despierta una idea básica de lo que se puede llegar a sentir en la pista.

El autódromo tiene una Escuela de Pilotos, en la que los interesados pagan 20.000 pesos y reciben un curso teórico y práctico. Si se aprueba el teórico, se pasa al práctico, el cual consiste en 45 vueltas al autódromo internacional a bordo de un auto de Top Race. Las primeras vueltas son en compañía de un instructor. Luego la hacen los aprendices acelerando solos en la pista.

Y tiene previsto inauguran pronto una Escuela de Pilotos de motos.

El autódromo tiene un museo con verdaderas joyas del automovilismo nacional e internacional, el cual se puede recorrer íntegramente. Incluso, allí hay un bar en el entrepiso para disfrutar de un momento de placer con vista directa a los autos y motos de colección.

En ese mismo edificio del autódromo funcionan los palcos. Están preparados para 14 personas y tienen un costo de 20.000 pesos para las carreras nacionales. No es caro para los que gusten del automovilismo, teniendo en cuenta que ese precio es para los tres días de cada fecha de una carrera y la atención es inmejorable: en cómodas butacas se tiene una vista directa de todo el autódromo, incluyendo sus 14 curvas.

Pero, además, hay mesa y sillas, una barra, televisores para no perder detalles de la carrera, aire acondicionado y hasta una espectacular heladera pintada con la afamada marca de whisky Johnnie Walker etiqueta negra.

Pero el autódromo tiene otros edificios. En uno de ellos está la fábrica de chasis y los talleres de autos de Top Race y en otro las imponentes salas de prensa.

El autódromo está ubicado a la vera del Río Hondo. Y allí, entre el río y el autódromo, el gobierno de Santiago está terminando un autódromo cinco estrellas que será administrado por la provincia. Tendrá cinco niveles, todas suites, desde las cuales se observa el río y todo el circuito del autódromo internacional, para que los amantes de los fierros no tengan que salir del hotel para ver una carrera.


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