Seguramente yo no sea el único que no se pudo dormir anoche. Luego de una larga espera y de escuchar atentamente las medidas de Uñac, me dio la sensación de que las cosas, al menos durante un buen tiempo, no iban a volver a ser como hasta hace poco las conocíamos. Al cabo de un rato me di cuenta de que, quizás, estábamos en presencia de la primera noche de algo nuevo, al menos, para los sanjuaninos.
Recorridos de la primera noche restringida en San Juan
Salí entonces a recorrer la ciudad con el objetivo de retratarla en sus horas más oscuras cuando el reloj marcaba la 1. Vivo en la zona de Trinidad, por lo que en las primeras cuadras me fui dando cuenta realmente de cómo estaba la situación. En principio, ni un alma humana por las calles. Lo cual también es lógico por ser miércoles en la noche/jueves en la madrugada.
A medida que iba acercándome al centro veía algunos autos circular, conductores que no notaban mi presencia. Tras andar varias cuadras contabilicé al menos diez perros dando vueltas en la vía pública. Algunos de ellos jugaban mientras otros dormían plácidamente en una rotonda.
Por calle Libertador se empezaron a ver más autos y también algún que otro ciclista que andaba dando vueltas a esa hora, probablemente volviendo a su casa y reflexionando las mismas cosas que yo. En la histórica zona de los bares que está entre Urquiza y Paula estaba todo absolutamente cerrado.
En el parque estaban sólo las farolas encendidas, el Centro Cívico casi estaba en penumbras y en los alrededores del Teatro del Bicentenario los aspersores regaban el pasto. Justo me acordé que más temprano había estado cubriendo el operativo policial por los turistas extranjeros en el hotel de la calle España y vi que había una mujer policía custodiando.
Era la primera persona que veía como para poder interactuar, así que me acerqué a preguntarle si efectivamente allí estaban el estadounidense y el inglés. Aparentemente los podrían deportar en horas de la mañana, o al menos eso era lo que me dijo que se rumoreaba. Adentro los acompañaba únicamente personal del hotel, que seguramente no debería tener muchas ganas de estar ahí, así como tampoco la mujer que custodiaba.
Mientras continuaba con mi recorrido seguía pensando, continuaba observando que el cambio ya estaba en marcha. Que los chinos, que el coronavirus, que la cuarentena.
Seguí unas cuadras más y me topé con la verdulería de la España que siempre está abierta. Le pregunté al chico, que estaba solo y escuchando música en sus auriculares, si era normal que no hubiera nadie en la calle y me respondió que generalmente circulaba más gente. “Es que con esto del virus”, me dijo. “Lo bueno es que frutas y verduras compra todo el mundo”, le dije, pensando en voz alta. Y continué.