Corría febrero de este año cuando Nayel Barros presentó fiebre. Nada más que eso, fiebre. Sus padres, Ivana y Cristian lo llevaron a una guardia y los médicos no encontraron ningún problema de salud. Pero la fiebre no decaía. Así fue que la familia peregrinó por cinco guardias diferentes sin ninguna respuesta satisfactoria. Intuían que se debía una infección urinaria, aunque la vejiga estaba en buen estado, sin complicaciones. Esa nada misma que no fue diagnosticada a tiempo, resultó ser cáncer y de un tipo muy extraño: Leucemia Linfoblástica Aguda Tipo T.
Nayel, el pequeño sanjuanino que da una feroz batalla contra un raro cáncer
Los acontecimientos se precipitaron. El 23 de mayo Nayel, que tiene cuatro años, se levantó pálido, con la boca amoratada, y un quejido al respirar. La mamá lo acarició y tomó la temperatura con la mano. La fiebre, que desde hacía dos meses no se presentaba, volvió. Ivana abandonó las tareas y le avisó a Cristian que se lo llevaría al Centro Integral de la Mujer y el Niño para una revisión. La pandemia de coronavirus ya circulaba entre los sanjuaninos y tardaron un par de horas de atender al niño por el reciente protocolo sanitario. El doctor Gómez auscultó, midió, pesó y, sin pretenderlo, alarmó a Ivana: Nayel tenía hinchado el hígado y el bazo.
El médico le preguntó si tenía dinero para una internación en el instituto privado, ella contestó que no, que había traído lo suficiente para la consulta y un poco más. Gómez llamó a una amiga que trabajaba en el Hospital Rawson: una luz que ayudó en el peor momento. Pasaron las horas y el 24 de mayo, el pequeño ingresó a Terapia Intensiva. El diagnóstico provisorio era cáncer. Las células cancerígenas se habían multiplicado desde febrero y ahora colonizaban los glóbulos rojos uno a uno. Ivana estaba desconcertada. La alegría, los juegos, los dulces se terminaron abruptamente. Fueron reemplazados por agujas, fármacos, sondas y un total de 73 quimioterapias al 3 de junio.
El cuadro crítico se profundiza porque la relación madre-hijo no fue normal ni siquiera durante el embarazo. Ivana tuvo parto de riesgo, sufrió hemorragias y hasta diabetes antes de dar a luz. Cuando el obstetra le dijo que había cuantiosas posibilidades de que uno de los dos no sobreviviese, ella no lo dudó. Firmó el consentimiento para que, en caso de complicaciones, el cuerpo médico se dedicara a salvar a Nayel, a costa de su propia vida. Por eso, cuando se oficializó que la criatura tenía esta rara leucemia, única en San Juan, todo su ser dio un vuelco. Incluso al contar todo esto, Ivana no habla en plural. “Me internaron”, dijo, en un lapsus. Ella y Nayel son indivisibles.
Así, en medio del panorama aciago, la mamá ingresó un helado engranaje burocrático para pedir por una Ley de Oncopedriatría. Para que a ninguno le pase lo mismo que a su hijo y no haya demora en el diagnóstico. Se sumó a un grupo de padres que pelean porque el proyecto se trate en el Congreso. Son muchos los que piden la sanción del proyecto que busca tramitar ayuda financiera en todo momento, especialmente cuando las familias se encuentran lejos de sus domicilios; y contar con equipos integrales que ayuden a evaluar el estado mental y emocional de niño, ayudarles a manejar su enfermedad y apoyando a los padres, entre otras cosas.
De momento, todo indica que Nayel va rumbo a la recuperación. Las punciones medulares y lumbares dan esperanza: no hay células malignas. “Cabe la posibilidad de que su cure solo”, contó Ivana, el pequeño guerrero puede haber dado una de sus últimas batallas. Sin embargo, hay que esperar.