Informe especial

De aquí y de allá: viaje a la Pequeña Bolivia en el corazón de Pocito

Cómo piensa este pueblo que sueña con más oportunidades y que será protagonista de la erradicación de villa más importante de los últimos años en la provincia.
domingo, 08 de septiembre de 2019 · 09:19

Por Miriam Walter

“Siempre hemos estado el olvido” dice Anastasio López mientras recorremos en auto el callejón El Bosque, en medio de la quietud de la siesta que en ese lugar de Pocito parece doblemente quieta. Vamos rumbo al lugar que antes de estar terminado ya se conoce en esa comuna como el “barrio de los bolivianos”.

Es una tarde por demás calurosa para el invierno en San Juan y faltan pocas semanas para que a pocas cuadras de allí se erradique la David Chávez, una de las villas más grandes que quedan en la provincia con alrededor de 600 familias instaladas en una franja de varios kilómetros de precariedad. En ese asentamiento pocitano vive gran parte de los bolivianos que eligieron probar suerte en tierra sanjuanina, alrededor de 140 familias lo que se traduce en unas 700 personas. 

La contraparte de cada erradicación oficial es un barrio nuevo, donde van a vivir las familias que sólo conocían ranchos. En este caso, son varios barrios los del IPV donde irán los sanjuaninos y, para el caso de los bolivianos, el Gobierno les dio un loteo y ladrillos para que ellos mismos construyan sus casas.  Todo en Pocito.

En una zona rural, que parece adosada a la Quebrada de la Flecha, es enorme el terreno por ese callejón donde los bolivianos levantan el primer barrio especialmente dedicado a esa comunidad inmigrante en San Juan. Es quizás una de las reivindicaciones más palpables que ha tenido esta gente en las últimas décadas, gente como uno que trabaja la tierra o donde los manden, que tiene hijos sanjuaninos y que espera quedarse para siempre donde eligió estar: lejos de su patria, cerca de las oportunidades.

Labor de familia

El sueño del inmigrante aggiornado que encarna este barrio con aires de experimento social gana más significación en medio de la crisis monumental de la Argentina de hoy. Luce muchas casas a medio hacer y unas pocas recién empezadas.

Anastasio le dice a un compatriota grandote, que está de guardia en la garita, que lo deje entrar con la prensa, que viene a hablar con los que está en plena faena. Construyendo al rayo del sol, al poquito andar se descubre en medio de la tierra y de montones de ladrillos a mujeres metiendo pala en la arena mientras los hombres levantan paredes y los niños andan revoloteando por ahí con los ojitos asomando de las camperas.

Les dan forma a sus casas de material, antisísmicas, parecidas a las del IPV, sobre los lotes que les dio el Gobierno de San Juan era una operatoria inédita por la que ellos mismos construyen sus techos con ladrillos también obsequiados por el Estado. La mano de obra y el resto de los materiales corren por cuenta de cada uno.

Algunos piden más tiempo porque no han logrado avanzar con las casas. “No nos fue tan bien con la cosecha para comprar nada”, analiza una joven mamá con el niño en brazos. Igual hay constancia y esfuerzo, familias completas colaborando y solidaridad vecinal: el que fue ayudado cuando tenía material ayuda al de al lado que ahora tiene, pegando ladrillos.

Al menos, así  se ve y así lo cuentan. Es que los bolivianos se muestran muy cuidadosos de no ofender a las autoridades. Hay algunos que se quejan de la medida oficial, pero entre ellos conversan que deben agradecer poder tener trabajo, escuela, hospital gratis, y ahora además una casa en un país donde no nacieron. Más en estos tiempos en que lo básico cuesta más a todos los habitantes de la dolente Argentina.

Se acercan dos mujeres, de las que no están conformes con que los saquen de la villa, y aseguran que no tendrán dónde mudarse, que es imposible terminar las casas al momento de la erradicación.  Otros dicen que las conocen, que no les falta dinero porque sus maridos son de los cuadrilleros, y que en realidad algunos se resisten porque en el asentamiento cuentan con espacio para traer compatriotas que pisan el país por primera vez y les alquilan la cama, y en el barrio no podrán seguir haciéndolo.

Juntos y organizados

Anastasio López dialoga con las señoras y se nota que está incómodo. El hombre dirige la Asociación Civil Colectividad Boliviana El Progreso, con sede en Santa Lucía. En San Juan hay tres grupos que los nuclean, dos son colectividades y buscan la personería jurídica.

Según el último censo nacional de 2010 hay 948 nacidos en Bolivia en San Juan pero para la Asociación son unas 3.600 familias residiendo, porque hay muchos que no se censaron o no se empadronaron. Por eso uno de los temas más sensibles es la documentación, para lo cual las organizaciones trabajan como nexo con el consulado con sede en Mendoza para obtener los papeles, papeles que abren puertas para lo laboral especialmente.

López asegura que sólo el 2% de los bolivianos que trabajan en San Juan está registrado. “Yo vengo de la familia ladrillera y hay trabajo esclavo. Con el sindicato ladrillero hemos empezado a hacer cooperativas para que se pueda incluir al trabajo en blanco, lo mismo es con los cosechadores, la meta es asociarse para ingresar en el trabajo legal”, dice.

¿Integrados?

La integración que buscan es total. “Nos sentimos un argentino más, un sanjuanino más. Estamos integrados económicamente pero no de manera legal y eso queremos, nosotros también aportamos al crecimiento de este lindo país y de la provincia. Ya tenemos hijos argentinos, tenemos hijos sanjuaninos y tenemos que tratar que ellos también estén incorporados educativa y laboralmente”, reflexiona López. “Para eso, como padres nos toca organizarnos y tener respeto a las autoridades y a las instituciones, somos agradecidos al gobernador, a los intendentes, a las autoridades en general”.

Los que llegan a San Juan desde el altiplano comparten historias parecidas en lo cultural. “Nosotros venimos de una cultura ancestral. Yo soy quechua, del imperio incaico, hablo tres idiomas, el quechua, el aymará y el español, y también hago radio donde siempre hablo de la Pacha Mama, del respeto, de lo que hemos traído de nuestro país”.

Anastasio cuenta que la primera corriente inmigratoria fuerte hacia la provincia se dio en 1940 y que esas mismas familias empezaron una suerte de cadena. Es porque los eslabones más antiguos, más asentados, ayudan a sus parientes a llegar. En la década del ’80 se dio otro movimiento significativo de bolivianos en la provincia igual que entre 2000 y 2010, asegura. El desembarco ha sido constante, animado por ciclos políticos en el vecino país como las dictaduras y factores naturales como la sequía, agrega. La migración mermó desde 2006 e incluso muchos han regresado a su país este año por la situación económica argentina, asegura López.

“A pesar de que Bolivia ha tenido un crecimiento, por costumbre la familia está aquí, todos los años están viniendo, en tiempos de cosecha vienen matrimonios jóvenes y se quedan algunos de ellos. El trabajo es el único medio que nos puede sacar adelante”, dice. Suspira.

La mayor parte de los bolivianos en San Juan eligió Pocito, calculan en la Asociación que son unos 3.000, porque dicen que allí es intenso el trabajo en la cosecha. Y en estos meses que no hay, aprovechan para hacerse la casita los que forman parte de la erradicación y todos hacen changas. “Los bolivianos por ahí somos albañiles, pintores, alfareros, y cosechadores. Somos de 14 necesidades y 7 oficios”, resume López.

¿Cómo los ven desde el Estado? Para la subdirectora de Relaciones de Culto y ONGs del Gobierno de San Juan, Betty Muñoz, “la comunidad boliviana es muy participativa, muy comprometidos. Hay varias agrupaciones que los representan y hay una muy buena articulación con el Estado”. La funcionaria cuenta que trabajan con la colectividad en lo que se conoce como el Registro Único de Cultos y ONGs (RUCO). “Nosotros creemos que la discriminación en la provincia de San Juan respecto de otras nacionalidades no la tenemos, los sentimos parte de nuestra tierra porque trabajan, viven y conviven con la sociedad sanjuanina”, promete.   

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