Por Miriam Walter
Los hoteles que sobrevivieron al tren
-Viaje a los ‘50
En El Mendocino, Don Héctor les da la bienvenida a los clientes inmerso en una confitería que transporta a los años ’50, con sillitas vienesas bien lustradas, heladeras con puerta de madera y una radio capilla que están como nuevas. Cuenta que un día, teniendo 18 años, le dijeron que en el San Juan posterremoto había mucho trabajo. Apenas puso un pie en la Provincia vio un cartel que le dio alegría: “El Mendocino”. Era una pensión que había iniciado Rómulo Mosconi, oriundo de Las Heras. “Al otro día que llegué ya estaba trabajando, empecé a servir las mesas con este señor y lavaba los platos. En las horas libres me iba a trabajar de carpintero”, cuenta. En ese entonces sólo había un salón de adobe con unas camas que se contaban con los dedos de una mano.
A Mosconi fue otro mendocino el que le compró el negocio en 1950. “Vino Alberto Fernández a ver una tía que fallece en Médano de Oro. El hombre estaba casado con Irma Rossini que tenía un hermano en San Juan, que era un sastre que vestía hasta a los Cantoni. Cuando lo fue a visitar le hizo mala cara, entonces Fernández se acordó de Mosconi y vino al hospedaje. Entre charla y charla, le compró el lugar, porque Mosconi quería irse a Córdoba con los hijos que estaban estudiando allá”, relata el anciano.
Fernández se hizo cargo del hospedaje y de todo el personal: sólo Héctor. El nuevo dueño vendió sus propiedades en Mendoza y se instaló en el negocio sanjuanino. Con un crédito del Banco Hipotecario hizo 2 salones, una cocina y 4 habitaciones de material que permitieron trabajar las 24 horas. En COMESA compraron una heladera y una choppera eléctrica, que daban helados caseros y cerveza fresca en los días de calor a los que se bajaban del tren y a los clientes ocasionales, sin necesidad de que estuvieran hospedados, además de suculentos platos.
El 30 de noviembre de 1957 falleció Fernández y se hizo cargo del negocio la viuda. Entonces Héctor se convirtió en socio. El hotel creció al ritmo del tren y de la reconstrucción de la ciudad y en 1976 empezó a verse tal y como está ahora: con 19 habitaciones y 17 baños conectados por un gran patio con poltronas de metal entre el verde de los gomeros. En 1995, cuando falleció Doña Irma, le dejó en el testamento la propiedad a Olivera, pero también una parte a la hermana de ella –quien ya falleció- y a su “descendencia”, lo que, por lo abierto de la palabra, tiene a Don Héctor en medio de un tironeo judicial con varios que se dicen herederos.
Junto con su sobrino Orlando, viven en el lugar y atienden personalmente a los turistas que llegan buscando un precio accesible y un menú casero donde ya no hay helados ni chopps pero sí tallarines y arroz con pollo. “Un día llegué a conocer a (el histórico sindicalista) Augusto Timoteo Vandor, que vino acá a la CGT que está al lado. Y al cantante Juan Corazón Ramón lo tuve hospedado”, recuerda el octogenario hotelero.
-Pionero con esperanzas
Rubén Brescia dice que el hotel que lleva su apellido es uno de los pioneros de los que abrieron frente a donde estaba la estación de trenes. “En 1946 mis padres llegaron a San Juan desde Mendoza, somos todos descendientes de italianos, y compraron acá un pequeño saloncito que era de construcción precaria que estaba levantado antes del terremoto. Y con ese saloncito empezó con unas piecitas al fondo. En ese entonces había un éxodo muy grande de gente que se iba de la Provincia porque le tenía terror al terremoto y las tierras eran muy baratas”, cuenta. El pionero se llamaba Clemente Angel Brescia, mendocino nacido en 1913, quien llegó junto a su esposa Teresa Adela Zanetti, cuando en la Avenida España sólo estaban la peluquería Godoy y el hospedaje El Mendocino, con quien casi arrancaron juntos.
“Eran tiempos en la que el peso argentino valía y el ferrocarril empezó a tener su época de brillantez. Empezaban a llegar muchos trenes, así que mi padre tomo la decisión de abrir las 24 horas del día en el año 1949”, asegura Rubén. Y recuerda que “el (tren) Cuyano llegaba a las 4 ó 5 de la mañana y se bajaba la gente con frío, entonces mi padre con la cafetera servía desayunos, chocolates con churros y con bay biscuits, y aparte tenía las piecitas”. Mientras tanto, Teresa se hacía famosa por su talento culinario, sobre todo con el guiso de mondongo, el arrollado casero y la lengua a la vinagreta. El tren estaba en su esplendor, y los empleados del de cargas comían en esa fonda en diferentes turnos, en grupos de hasta 50.
Don Clemente trabajó con su señora 15 años sin parar un solo día. En 1961 construyeron un salón y para esa altura ya tenían 4 hijos que ayudaban: además de Rubén, Pepe, Nelly y María Luisa. En los ’70 mejoraron mucho las instalaciones y empezaron a construir el hotel tal cual se ve ahora, de tres plantas, en un terreno contiguo al salón, que compraron a una mujer llamada Isabelita y a los dueños del café Caffaro.
Con los años y sus padres y una hermana fallecidos, Rubén se hizo cargo del hotel de 26 habitaciones junto a su señora. “Ahora ya se tiene que trabajar con mucho más marketing comercial. Cuando el ferrocarril paró en los noventa eso nos afectó bastante y después trabajamos con el turismo normal, con gente de empresas, hasta el año pasado se trabajaba con mineras y viajantes, que sigue siendo la clientela de hoy. Hoy ayudan los eventos que se hacen en la Provincia”, analiza. Rubén cuenta que en el antiguo saloncito donde empezó su padre esperan poder instalar en el corto plazo una cafetería, anticipando un despertar de la zona con el Teatro en construcción que está cerca. “La política que tenía mi padre, que la he heredado yo, es que no nos asustemos por crisis económica. Hemos pasado por diferentes gobiernos y acá estamos con el negocio abierto”, concluye.
-El sueño de Francisco
A diferencia de sus vecinos hoteleros, Roberto González no peina canas. Heredó el manejo del hotel San Francisco en 1995. El lugar lo construyó su abuelo, descendiente de españoles, Francisco García, junto con su hermano José. Hicieron también varias edificaciones, una que hoy ocupa un concesionario de autos y otro salón, a la vuelta por Ignacio de la Roza. Corría el año 1955 y Francisco pensó en un hotel viendo el apogeo del ferrocarril. Desde el principio fue un lugar alquilado y siempre funcionó como hospedaje con éxito, hasta que en la década del ’90 se hizo cargo la familia y le antepusieron “Nuevo” al nombre de siempre del hotel. El nieto Roberto y su madre Gladys García empezaron a administrar el negocio.
“Cuando llegamos esto estaba todo hecho un desastre, por los diferentes inquilinos que pasaron por acá que fueron 7 u 8. Nosotros le hicimos refacciones grandes, por ejemplo antes eran habitaciones con baño compartido y ahora son con baño privado, para lo que hubo que tirar abajo paredes y ocupar antiguas piezas. Cuando llegamos no había más tren y empezamos a trabajar con gente que venía a trabajar y con la minería indirectamente porque los hoteles vecinos trabajaban con las empresas mineras y nos dejaban el resto de los clientes a nosotros”, cuenta Francisco.
Ya no son buenas épocas para el hotel, que conserva desde los años ’50 un farol antiguo en la confitería y tiene en el pasillo una llamativa casilla de teléfono roja tipo inglesa. Roberto dice: “Ahora estamos a punto de cerrar, trabajamos por los empleados que quedan pero no sabemos hasta cuándo, estamos aguantando pero yo quiero irme a vivir a Chile y no quedará nadie que lo maneje”.