Dice que no es raro que un cirujano plástico sea artista. Raro al menos es que Ricardo Bustos esté signado por el apellido, que lo define todo: autor de las más sofisticadas esculturas, entre ellas cantidad de bustos de próceres que se aprecian en paseos públicos, y médico esteticista, responsable de la silueta nueva de muchas sanjuaninas que se animaron a las siliconas. Sin embargo, reducir a Bustos a su currículum vitae es un pecado. Se presenta como un ser complejo, un cosmopolita al que le tira el terruño; un obsesionado del detalle que sabe apreciar un punto de luz reflejado en la nariz de su estatua de Sarmiento, o que reproduce a la perfección un glúteo o bíceps en una bailarina de piedra; que evita hablar de política siendo el retratista preferido del poder, artífice de figuras como la de Néstor Kirchner, Raúl Alfonsín o Eloy Camus; un loco de las formas que vive de la medicina y que revive a través del arte.
El anatomista
Dueño de un don único con las manos, Ricardo Bustos combina en su vida su pasión por la escultura con la cirugía plástica, obteniendo resultados exquisitos. Visiones de un hombre que logra atrapar la belleza. Por Miriam Walter.
Para el arte no tuvo aula, parece llevarlo en la sangre: tiene hermanas gemelas y una de ellas pinta cuadros. Lo de la medicina, dice, fue pedido de su padre. Se formó en Córdoba y luego de recibirse se fue raudamente a Brasil. Se lamenta de no haber estudiado escultura: “Yo con eso soy como el que hace música de oído”, asegura. “Lo del arte es un don que yo siempre lo practiqué, desde niño hasta hoy, a la medicina sé que un día la voy a dejar. La hago porque vivo de ella, ¿qué tengo que ver yo con la expectativa de una mujer de cómo le quede la teta frente al espejo?”, espeta.
Dice que odia a los médicos y se diferencia: “los cirujanos no somos médicos, nosotros dependemos de los médicos que tienen que avalar las cirugías. Los médicos crean enfermedades y viven de ellas. Yo vivo de la estética, de la belleza. En San Pablo tenía una escuela de cirugía plástica y tuve residentes de varias partes del mundo, y el lema nuestro era ‘Lo único que pasa desapercibido es lo natural’, porque lo natural es bonito y lo no natural no es bonito”. Y afirma: “la revolución ahora es la grasa, que no la dominábamos antes y lo hacemos ahora, las células madre que van a terminar reemplazando las prótesis de siliconas”.
Su tesis de doctoramiento fue la reducción de mamas: “Logré cosas geniales y no tuve muchos seguidores porque los tipos no entendían cómo yo podía esculpir la glándula de esa manera”, evalúa.
Afuera del país estuvo más de la mitad de su vida. Dice que se fue de Argentina en 1971 porque se cansó “de ver cómo nos cargaban en camiones los milicos, yo la vi venir”. Pasó 40 años en Brasil: “Yo me hice brasilero, tuve un hijo allá, dos mujeres y un día la cosa como que empezó a andar mal”, cuenta. Y volvió a sus pagos, a su San Juan que nunca había abandonado en su interior: “Yo nunca me fui de acá, porque era el afán de venirme todos los años a pasar un mes acá. Podría haberme comprado terrenos en algunos lugares, pero al final me vine quebrado, porque todo lo que tenía se lo dejé a mi hijo”.
Apenas llegó le empezaron a pedir esculturas, después de ganar un concurso haciendo la India Mariana en Pocito. Después hizo el Padre Fanzolato que está frente a la Legislatura, Ceferino Namuncurá en San Martín, y el Kirchner que custodia la entrada del Centro Cívico. “Soy el único retratista de San Juan”, subraya. Es admirador de Domingo Faustino Sarmiento y sueña con hacerlo gigante, empotrado en la Quebrada de Zonda, parecido al famoso Monte Rushmore en Estados Unidos, pero dice que no hay plata para el proyecto, que “es muy caro”.
“El sanjuanino no tiene idea de lo que es la palabra arte, la gente rica sanjuanina no consume arte. Yo tengo una escultura vendida a un particular. Porque el sanjuanino lo ve de otra manera, prefiere un Mercedes, un BMW, a una obra de arte, porque al auto se lo ven en la calle”, opina y agrega: “Yo vivo de la medicina pero no sé de qué viven los artistas plásticos de San Juan”. Bustos tiene su residencia repleta de bellísimas mujeres recostadas, parejas anudadas apasionadamente, bailarinas de poses vívidas, talladas por su mano única. También conserva, entre otros, un busto hecho en plastilina del paleontólogo William Sill, ante el cual su viuda lloró emocionada pero no compró, según contó el artista.
“Acá viene un señor dueño de una casa comercial importante a pedir prestada una escultura para poner en la puerta de su negocio. No se le ocurre pensar en comprarla. Otros las piden para sacarse una foto y después nunca más vuelven”, endilga.
Bustos sigue re-modelando a Alfonsín, después de que unos vándalos destruyeran el anterior que hizo y que estaba en la “Plaza de la Joroba”, al momento que lanza: “Cuando esté el túnel por Agua Negra, San Juan va a dar un vuelco. Mientras tanto, vamos a seguir siendo los mismos de siempre”.
Textual
“Yo estando en Brasil nunca me fui de San Juan, siempre estaba mi afán de volver una vez al año y para un mes acá”.
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