Por Luz Ochoa
El churrero de la feria
Su nombre es Pedro Avellaneda y hace 57 años que concurre todas las mañanas a la feria de la Capital con un solo objetivo, el de complacer a aquellos apetitos en busca de un desayuno con todas las letras, café y una buena rueda de churros. La historia de vida de uno de los personajes más emblemáticos de la provincia, el sinónimo del churro en San Juan. Por Luz Ochoa.
Las marcas de la vida se asientan en sus brazos. Cicatrices de oficio, como las llaman, pueden verse a lo largo y a lo ancho de sus extensiones. El aceite caliente ha señalado su paso, pero él orgullosamente lo enseña. “Son cosas del trabajo. A esta altura me quemo y casi ni lo siento”, confiesa una voz sabia y calma. El es Pedro Avellaneda, el hombre del churro en San Juan.
Su mirada se pierde en el vacío y luego vuelve al mostrador, una pequeña sonrisa se esboza sobre su rostro y recuerda cómo fue que un día comenzó a preparar churros para vender. “Siempre me gustó cocinar y quise que ese fuera mi negocio. Intenté con un socio manejar un pequeño restorant, justo acá en frente de la feria. Pero no funcionó. Entonces, me crucé y probé suerte aquí con los churros”, se acuerda.
Mañanas y mañanas madrugadoras se fueron acumulando en su vida, pues el horario en que abre el comercio de los chacareros siempre fue bien temprano. Y así como su despertar se fue habituando a aparecer antes del cantar del gallo, las personas que tenían paso por su puestito encontraron la costumbre de visitarlo más seguido. “Antes venía sólo la gente que trabajaba en la feria, pero ahora vienen de todos lados. Personas que trabajan en el centro o en otros lugares suelen venir y piden para llevar”, cuenta Pedro.
Sin hacer alarde de su popularidad, el churrero relata cómo lo buscan para conocer sus secretos de preparación. “La verdad es que no hay ninguno, pero muchas personas, incluso chefs, vienen a preguntar por el modo en que los hago”, explica. Aunque secretos no esconde, sus ruedas parecen tener algo especial, ese no se qué que atrae a miles de sanjuaninos una y otra vez.
A su lado y siempre compañero, está Pedro Ariel, su hijo. “Desde los ocho años trabajo acá con él. Al igual que mi papá, siempre me gustó la cocina, por eso soy chef profesional”, expresa el único varón de la familia entre tres mujeres.
Quien está al frente de su propio negocio asegura que la independencia laboral, aunque signifique libertad, tiene sus riesgos. “A veces es muy difícil. Con este trabajo se vive con el día a día. Las épocas cambian y uno sigue acá. La economía no siempre es la misma. Con mi hijo empezamos en cero y al final del día repartimos en partes iguales y mañana habrá que empezar de nuevo”, confiesa el cocinero.
El padre de tres hijas comenta con gran orgullo que el esfuerzo siempre tuvo su recompensa. “Con este trabajo pude pagar la educación de mis niños. Alicia, la mayor, es hoy vicedecana de la Facultad de Ciencias Sociales”, comenta con el pecho inflado un padre más que satisfecho.
Sus manos grandes de trabajador, sus ojos cristalinos y su tímida sonrisa son rasgos que lo dibujan en cuerpo. Su sencillez se y humildad se palpan en su hablar y lo pintan en alma. Él sólo cocina, pero sabe que es cómplice de una tradición.
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