Por Sebastián Saharrea
Una de Intrusos en el Bicentenario
Amenaza de piñas como en el barrio, renuncias como en el baile del caño y hasta un habitante de esos shows televisivos. Pero atención que es peligroso: los hinchas después rompen todo.
Lo único que faltaba era Jorgito Rial. O la Canosa, cuestión de gustos. La zona de vestuarios del estadio del Bicentenario parecía el sábado pasado, apenas consumado el lapidario 3 a 0 de Desamparados sobre Independiente Rivadavia, un escenario digno de estos espectáculos que ahora monopolizan el rating.
Hasta estaba el Ogro, protagonista de esos livings de Rial por sus entradas y salidas con cuanta vedetonga se le puso adelante (Granata, Vanucci, las Pombo, y siguen las firmas): “Yo mido 1,90, así que imaginate que no me achico, pero me cagaron a patadas”. Uff, más quejas.
Mientras, los hinchas mendocinos arrasaban contra los baños del Bicentenario, como si tuvieran la culpa por alguno de los goles. Y nadie reflexiona sobre el fondo: cuánto se hace desde la dirigencia para estimular este estúpido cruce entre Mendoza y San Juan.
Estos muchachos, está claro, no necesitan que nadie los empuje. Pero la violencia que baja desde arriba suele ayudar: como la de un periodista escribiendo en twitter el hashtag #guerraconsanjuan, el gobernador electo mendocino acusando al sanjuanino de vende humo o su vice hablando de minas feas con minifaldas. Después ellos van, y rompen.
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