Después de pasar gran parte de su vida entre aulas rurales, caminos de montaña y escuelas albergues alejadas de la ciudad, la docente sanjuanina Mónica Speso se jubiló y le puso fin a una carrera que definió como “vivida con el alma”. Su despedida no solo movilizó a colegas y comunidades educativas de distintos puntos de San Juan, sino que volvió a poner en valor una historia atravesada por la entrega, la pasión y el desafío de enseñar en los lugares más aislados de la provincia.
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Se jubiló la seño sanjuanina de las montañas: "La docencia no fue solo un trabajo para mí"
Tras décadas dedicadas a enseñar en escuelas cordilleranas, Mónica Speso cerró una carrera marcada por la vocación, el sacrificio y el amor de sus alumnos.
El 1 de mayo marcó un antes y un después para Mónica Speso. Ese día llegó la jubilación que esperó durante años, pero también el cierre de una etapa que, según sus propias palabras, fue “una de las más hermosas” de su vida.
En un emotivo mensaje compartido ahora en redes sociales, la docente repasó el camino recorrido en distintas escuelas sanjuaninas y recordó con cariño cada lugar, cada compañero y cada alumno que dejó huella en su historia. “Mi carrera fue hermosa”, escribió, agradecida por el afecto recibido durante décadas de trabajo.
Sus primeros pasos fueron en la Escuela Blas Parera, en Villa Observatorio, Chimbas. Luego llegaron otras instituciones como la Escuela Pedro de Márquez, Rivadavia Norte, Antonia Villascusa, la Escuela General Enrique Mosconi y la Escuela Timoteo Maradona, donde también integró el equipo de conducción. Pero si hubo un capítulo que marcó profundamente su vida, fue el de las escuelas albergues.
Hace dos años, su historia trascendió por mostrar la otra cara de la educación: la de los docentes que pasan días enteros lejos de sus hogares para enseñar en zonas rurales aisladas. Entonces, Mónica tenía 56 años y llevaba siete como directora de escuelas albergues, una experiencia que transformó por completo su rutina y su manera de entender la docencia.
Desde su casa en Rivadavia viajaba durante casi seis horas para llegar a escuelas enclavadas en medio de las sierras sanjuaninas. Primero fue en Gualcamayo, Jáchal, donde asumió como directora titular del Albergue Provincia de Entre Ríos. Más tarde continuó en la Escuela Albergue Marcos J. Gómez Narváez, en Valle Fértil, una institución ubicada en una zona de difícil acceso, rodeada de montañas y caminos de tierra.
“Llegar es una travesía”, contaba entonces. Los traslados incluían camionetas 4x4 y recorridos por huellas mantenidas por los propios pobladores de la zona. Hasta hacía pocos años, muchos docentes subían y bajaban a lomo de mula. Los alumnos todavía lo hacen.
Sin embargo, para Mónica el verdadero desafío nunca fue la distancia. Su misión era convertir la escuela en una familia.
En las escuelas albergues convivía durante días con los chicos, compartiendo no solo las clases, sino también la rutina diaria. Dormía entre las habitaciones de los estudiantes, escuchaba sus charlas antes de dormir y acompañaba cada necesidad junto a los celadores que permanecían atentos durante toda la noche.
“Los padres nos dejan a sus hijos y eso implica una enorme responsabilidad”, reflexionaba. Por eso, además de dirigir, enseñaba. Daba clases en secundaria, ayudaba en primaria cuando hacía falta y sostenía proyectos educativos que iban desde una radio escolar hasta un diario realizado por los alumnos. Nada de eso figuraba en un horario formal. Era, simplemente, parte de su manera de vivir la docencia.
Quienes compartieron esos años con ella recuerdan también su esfuerzo constante por mejorar las condiciones de las escuelas rurales. Gestionó conexiones de gas e Internet, impulsó proyectos educativos y trabajó para ampliar espacios escolares en comunidades donde muchas veces las aulas funcionaban dentro de un comedor.
Pero más allá de las obras, lo que realmente dejó fue un vínculo humano profundo. “Las lágrimas que vi en cada rostro cuando me despedía quedaron guardadas para siempre en mi alma y en mi corazón”, expresó sobre su salida de Gualcamayo. Algo similar vivió al cerrar su última etapa en Valle Fértil, donde recibió una despedida rodeada de alumnos, colegas y familias que reconocieron el trabajo realizado.
En su mensaje final también hubo lugar para nombres propios que quedaron grabados en su memoria: colegas, directivos, celadores y miembros de las comunidades rurales que la acompañaron durante años. Entre ellos, recordó especialmente a doña Rosalía, “tan luchadora por la escuela”, y al equipo que sostuvo día a día la vida en el albergue.
Con emoción, agradeció además el reconocimiento recibido al final de su carrera, cuando autoridades del Ministerio de Educación participaron de su despedida y le entregaron presentes en homenaje a su trayectoria.
Hoy, lejos de las aulas y de los caminos de montaña, Mónica mira hacia atrás con la certeza de haber cumplido el sueño que tuvo desde chica. Ese que nació gracias a los maestros que la inspiraron y que terminó convirtiéndose en una vida entera dedicada a enseñar.
“La docencia no fue solo un trabajo para mí: fue una vocación vivida con el alma”, escribió. Y quienes la conocieron en las escuelas rurales de San Juan saben que no fue solo una frase de despedida. Fue la manera en la que eligió vivir cada día de su carrera.