En época de Semana Santa, en el que una gran cantidad de creyentes visita el paraje. En época de crisis económica y falta de oportunidades, en el que fieles históricos y quienes “buscan creer” por primera vez, van a su santuario para pedirle favores. En época de fiebre mundialista, cuando miles de fanáticos de la Selección argentina de fútbol le solicitaron el campeonato de Qatar 2022. Fueron, son y serán millones las historias vinculadas a los milagros de la Difunta Correa, pero fue un arriero sanjuanino el encargado de hacer la primera gran promesa y devolver el favor con la creación de un santuario.
Quién fue el primer gran promesante que tuvo la Difunta Correa
La historia tiene como protagonista a Don Flavio Zeballos, un arriero que en 1898 le realizó un pedido o, mejor dicho, una “misión imposible” a Deolinda, quien no dudó en agradecerle. “Era un muy buen negociante oriundo de Valle Fértil. Su trabajo era traer vacas y luego venderlas en Chile y Córdoba”, comenzó con su relato Verónica Báez, tataranieta de Zeballos, a Tiempo de San Juan.
Cuenta la historia, que es “la anécdota familiar”, que Zeballos llevaba 500 vacas con un equipo de siete baqueanos. En dicha oportunidad, una estanciera de Córdoba le pidió que vendiera las cabezas de ganado en Chile.
Durante la expedición, una tormenta muy fuerte azotó a la zona que actualmente se conoce como Cuesta de las Vacas. En medio de los truenos y relámpagos, las vacas se dispersaron por todo ese campo, “que era la nada misma”, y tanto el arriero como sus compañeros perdieron a los animales.
Cuando todo era desesperación, Don Flavio, conocedor de los milagros de la Difunta Correa, buscó el montículo donde estaba la cruz de la Difunta. Aquí, cabe destacar que varios lugareños habían realizado sus respectivos pedidos y la posterior “respuesta” de la sanjuanina. Al llegar al lugar, Zeballos hizo la promesa para solicitar el regreso de las vacas.
“Mi abuela recitaba la historia y siempre contaba que mi tatarabuelo decía: ‘Difuntita, si me hace el favor de devolver este ganado, que es muchísimo dinero, aunque sea unas pocas vacas, yo te haré un santuario y ahí se encontrarán tus restos’”, dijo Báez.
Al día siguiente, cuando el cielo estaba despejado, Zeballos y compañía recibieron el milagro: localizaron a las 500 vacas, todas juntas, sanas y salvas. “Se dispersaron en la noche y se juntaron cuando pasó la tormenta. Ese fue el milagro que recibió mi tatarabuelo”, contó.
Una vez consumado el milagro, el arriero fue a Chile, vendió las vacas, volvió y al tiempo, cumplió con la promesa de crear la primera capilla. “Para él fue muy difícil juntar el dinero y generar una buena logística para realizarla, pero lo logró”, aseguró la tataranieta.
El milagro y agradecimiento, presentes en el paraje
“Arreando un ganado hacia Chile, una tormenta dispersa la hacienda. Invoca ayuda a la Difunta, prometiéndole un santuario en su honor si logra recuperarla. A la madrugada se reúne con la totalidad de la tropa, y pasado un tiempo, cumple con lo acordado”, expone un cartel dentro del museo en honor a Flavio Zeballos.
Tras una serie de restauraciones, hoy en día los turistas pueden conocer esta historia en el paraje. Además, se hace referencia al poncho que acompañó esa noche al arriero, elemento que fue donado al Gobierno de San Juan por su nieto, Víctor Hugo Zeballos, para ser exhibido en el lugar.
“Mi tatarabuelo jamás creyó que el parador de la Difunta Correa fuera un lugar tan visitado y conocido a nivel mundial”, contó Verónica, su tataranieta y orgullosa descendiente.