Se sabe, una medida procesal sobre dónde alojar a un preso, si en el Penal o en su propia casa, no es ni en apariencia una condena y ni siquiera una sugerencia sobre culpabilidad de nadie. Pero en un mundo -un país, una provincia- acostumbrado a dividir las aguas entre presos y libres, la detención domiciliaria de Santiago Graffigna después de todo lo que se habló resulta muy parecido a lo que señalan las palabras escépticas sobre que nunca pasa nada.
Se viene arrugando la nariz a medida que avanza la investigación. Señalan los que detrás de cada movimiento ven algún titiritero, que en Tribunales está todo arreglado para no pase nada con un caso que pegó en el estómago de la familia judicial. Que está pactado, avanzan. Son los mismos que aseguran que el mundial está arreglado para Brasil, y después del batacazo desaparecen. Por ahora, dan ganas de darles la razón.
En especial, después de un fallo tan extraño como el de esta semana, que es el que le concedió el beneficio a Graffigna para permanecer “detenido” en su casa hasta que le hagan juicio oral, permitiéndole ahorrarse unos cuantos meses entre las dolorosas paredes del Penal de Chimbas. Que duelen, es cierto, espantan. Tanto a él, también es cierto, como al resto de los mortales que no han tenido la suerte de demostrar que si para Graffigna es un problema tener apenas dos médicos por turno disponibles, también es un problema humanitario para el peor de los homicidas.
¿Hay ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda en el criterio del fallo de esta sala?, ¿hay a quienes la permanencia en una cárcel les supone una estadía inhumana, mientras otros mortales ni siquiera consiguen hacerse oír? No está escrito de esa manera en el fallo, pero es cómodamente factible interpretarlo así en un escrito plagado de pasajes extraños.
En el fondo, muy en el fondo, parece tratarse de eso y no de otra cosa: Que la estadía en la cárcel golpea de una manera a quienes tienen un modo de vida más cercano a las comodidades, y de otro modo a los que están en su casa más cerca del paisaje de Chimbas, del lado de adentro. ¿Qué otra cosa puede señalar, sino eso, un estudio “social” incorporado como documento probatorio en el fallo?
Desde el inicio mismo es que esta causa fue interpretada por los acusados como una embestida de clase. Lo hizo el propio Santiago Graffigna la primera vez que compareció ante los periodistas con la acusación sobre sus espaldas y se mostró asombrado que le hicieran esa denuncia con la trayectoria de su familia en el desarrollo de la provincia. Lo hizo la propia jueza ahora retirada María Inés Rosellot cuando contó las penurias que le tocó atravesar entre los colegas que la apartaron luego de que le ocurrió procesar a una colega, toda una herejía. Y vuelve a hacerlo la sala penal con sus polémicos argumentos, de los que se desprende que para Graffigna no hay médicos suficientes que lo atiendan, mientras que para cualquier otro interno con alguna patología más leve o más severa –que seguramente los habrá por cantidades, aún en peor condición que Graffigna- no habrá más remedio que relajarse y callar. O llamar a Buenas Noches, Buenos Días, por Telesol, para quejarse amargamente con una frase que hará historia: “Ni juntando toda la plata por la que se nos acusa a nosotros, alcanzamos a Graffigna”.
Lógico es que los peritos médicos convocados por el propio acusado dirán lo que dijeron. Que es aconsejable, para su mejor recuperación, que estuviera fuera de la cárcel. Chocolate por la noticia, para eso no hace falta ninguna pericia, cualquiera lo puede deducir. El asunto es que, si es cierto el principio nada jurídico pero sí de uso costumbrista de que ley pareja no es rigurosa, ningún otro interno parece haber conseguido médicos que acrediten estar ante un caso cardíaco delicado, como si no los hubiera.
Pruebas al canto: la modificación legal argumentada por la sala para concederle el beneficio a Graffigna es una reforma de la ley que regula la prisión domiciliaria es del año 2008, es decir con casi 6 años de antigüedad. Amplía los casos y abarca también a quienes por estar detenidos en cárceles no podrán recuperar la salud. O en 6 años no hubo ninguno a quien la prisión le impidió recuperarse, o los abogados de Graffigna son tan preparados que descubrieron lo que ningún otro colega encontró, el caso es que Graffigna es el primero en 6 años que en San Juan consigue el beneficio en esas condiciones, el segundo en total (como señala la nota de Tiempo de San Juan de página 2). Milagroso.
Es larga la lista de objeciones que ha levantado el fallo, y todos señalan la misma dirección: que por tratarse de un preso VIP, la consideración de los camaristas resultó más permisiva que si se tratara de un preso común asociado a algún episodio de delincuencia callejera. Es que la delincuencia de guante blanco parece disponer de un nivel de tolerancia aún no alcanzado por las quejas hogareñas por el repunte delictivo. Tratándose la prisión domiciliaria de un beneficio carcelario, aún no resonó ninguna queja ciudadana por su concesión como sí aparece cuando se la concede a algún preso ordinario, y guay que vuelva a delinquir. Tampoco a nadie extrañó que bajaron los penitenciarios un freezer, como si fuese una mudanza (foto).
Para decirlo de un modo contundente, a partir del lunes pasado nada impedirá que Graffigna se dé a la fuga si es que lo decide. Bajo su custodia, y del cumplimiento de las insólitas condiciones que fija el fallo, quedó el Patronato de Presos y Liberados que no dispone de personal para montar guardia en la puerta de cada uno a su cargo, sino se pega una vueltita de vez en cuando. No habrá policía, ni provincial ni de ningún tipo. Los jueces escribieron en su sentencia que no puede recibir visitas familiares o asistencia jurídica más que dos días a la semana. ¿Y quién le preguntará al abogado o la visita a qué viene, y en todo caso a quién llega a la casa a visitar?
El siguiente capítulo increíble, tal vez el que ha significado que se pusiera tanta atención en este fallo, es el pasaje donde menciona “el derecho supremo de los niños” a no ser “re victimizados” por su padre preso. Nadie pasará por alto de que se trata de una mención que podrían haber ahorrado para evitarle al servicio de justicia mayores dolores de cabeza Ocurrirían si todos los detenidos con hijos golpearan la puerta de una sala penal y, con el mismo argumento, sostuvieran que están siendo sometidos a esa “re victimización” de la que hablaron los magistrados para mandar a Graffigna a su casa. ¿Cuántos hay entre los 1.200 internos del Penal que sufren por no ver a sus hijos, y al revés, cuántos hijos de padres detenidos hay en las calles? Tal vez en el metro cuadrado al que alcanza la visión de estos jueces no se noten muchos, habría que caminar un tanto más para descubrirlos.
Yendo al extremo, Videla también tenía hijos –y nietos- mientras estuvo detenido. Y vivía en un departamento ubicado sobre Avenida del Libertador, aún cuando esta modificación de la domiciliaria fue efectiva desde fines de 2008. Más allá de nunca haber invocado la norma, tal vez por pudor, le negaron la domiciliaria aún por su condición de mayor de 70 años.
Si estas cosas son así como se ven, habrá que meditar entonces a qué se debe un fallo con argumentos tan insólitos. ¿Habrá sido un mensaje enviado hacia quienes se animan a avanzar contra la corporación judicial y deben ser raleados del sistema, como admitió la jueza que instruyó este escándalo desde el principio? Si es así, tanto peor.
Los que pensaron que no pasaría nada, ganaron una batalla
Entretelones y consecuencias de un fallo que levantó polvareda: Graffigna, en su casa. ¿Hubo un mensaje encriptado para alguien? Todas las repercusiones.
Por Sebastián Saharrea
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