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miércoles 29 de abril de 2026

homilía

Sin sorpresas: Delgado pidió paz y dijo que "no se puede ir por todo"

El Arzobispo de San Juan, Alfonso Delgado, pronunció su homilía del 25 de Mayo. Con un mensaje que no salió de lo usual, reclamó "paz", que no haya escraches para “quienes piensan distinto", y se mostró convencido de que "no se puede ir por todo". Lee el mensaje completo.
Por Redacción Tiempo de San Juan

Mensaje de Delgado:

"Celebramos un nuevo 25 de Mayo, la Fiesta grande de todos los argentinos y los primeros 203 años de  nuestro comienzo como Nación. Por eso levantamos el corazón en acción de gracias a Dios, fuente de toda razón y justicia, de toda misericordia y bondad.

 Venimos con el corazón agradecido por la Patria que nos legaron nuestros mayores. Con mucha confianza pedimos su luz y su aliento para seguir trabajando por el bien del país, para forjar entre todos un futuro de esperanza para todos los argentinos.

Cuando hablamos de Patria, evocamos una historia y un destino común, una historia de sacrificios, de crecimiento, de lucha por la libertad, de encuentros y de desencuentros, de fracasos y de aciertos. Pero sobre todo hablamos de una muchedumbre de hombres y mujeres con su propio rostro, diseminados a lo largo y a lo ancho del inmenso país. Cada rostro expresa una vida propia e irrepetible de alegrías y penurias, de decepciones y esperanzas. Ninguno de ellos es un simple número del padrón electoral. Es un hermano nuestro, una hermana nuestra. Ellos son la Patria, ellos son el país, ellos son la Nación. Nosotros somos uno más de ellos, ni menos, ni más, y a ellos nos debemos. Somos parte de esa historia y de ese destino.

La enseñanza de Jesús que hemos recordado es emblemática. El buen samaritano ha trascendido los ámbitos religiosos y culturales para convertirse en un símbolo universal. Seguramente porque pone ante la conciencia la pregunta de quién es mi prójimo, mi próximo, mi hermano, y qué tengo yo que ver con él.

Los cuatro rostros de la parábola reflejan, en cierto modo, historias de muchos otros rostros humanos y también historias de pueblos y países. En la vida y en la historia encontramos asaltantes del camino: de oportunidades, de la dignidad y la libertad de las personas y de los pueblos, disfrazados o agazapados en la mentira, sin reparar en medios para lucrar a costa de la vida y  del esfuerzo ajenos. Y tirado en el piso encontramos el rostro del hermano o del pueblo herido, robado y apaleado hasta no poder defenderse por sí mismo. También aparece quien “se lava las manos” tranquilizando su conciencia diciéndose que no es cuestión suya y que, además, está muy ocupado. De algún modo, termina siendo cuasi cómplice del salteador.

Pero, gracias a Dios, también está el hombre común, trabajador y solidario al que la ocasión lo hace fuerte y “se hace cargo” del hermano caído. Quizá le pase por la cabeza que a él también le podría ocurrir lo mismo y es bueno encontrar una mano amiga. O quizá actúa con la nobleza de saber que en ese momento él es el único prójimo para el herido y desangrado. Y lo cura como puede, lo levanta, se lo sube al hombro y en su cabalgadura lo lleva donde pueda reponerse. No repara en su condición religiosa, en rencillas de pueblos vecinos, ni en ideologías. Sencillamente, se hace cargo del hermano.

Esta enseñanza que viene de Dios también ilumina este 25 de Mayo. Al considerar la historia centenaria de nuestro país, ¡cuántos hermanos y hermanas habrán quedado en el camino en estos 203 años por situaciones similares!  A cuántos jóvenes les podremos haber robado la esperanza, y a cuántos viejos la seguridad de una digna vejez.

La elección del Papa Francisco, un hijo de nuestra tierra, nos emocionó a todos. Me conmovió el afecto de hermanos judíos, el saludo de hermanos evangélicos y el comentario de hermanos aparentemente no creyentes. Me viene a la memoria una expresión suya de hace unos años, refiriéndose al país: “Hay que ponerse la patria al hombro”, expresaba. Quizá tenía en su corazón la imagen del buen samaritano. Él es quien al iniciar su nueva misión universal volvió a recordar al mundo que el verdadero poder es el servicio. Otro tipo de ambiciones es chatarra que lastima y ensucia.

Al dar gracias a Dios por quienes forjaron nuestra Nación argentina, podemos preguntarnos: ¿Quiénes son, en verdad, nuestros próceres? Evidentemente, son quienes se pusieron la patria al hombro y levantaron una Nación a costa de cualquier riesgo, sacrificio o la vida. Conocemos y honramos a muchos de ellos. Pero no podemos olvidar esa muchedumbre de hombres y mujeres de antes y de ahora, nacidos en este suelo o venidos de otros lados, que han sido o son auténticos ciudadanos y próceres anónimos. Ellos también supieron y saben ponerse esta patria al hombro y trabajar por el bien del país, por el bien de sus hermanos. Quizá no hicieron más que lo que debían hacer, y lo hicieron bien, sin avivarse ni aprovecharse de nadie, con la alegría de servir y el gozo del deber cumplido. A ellos también les debemos la patria que somos y tenemos. Los encontraremos en el campo, en la ciudad, en las fábricas y en las escuelas, en el hogar de familia y cuidando enfermos en el hospital, en la oficina pública y en las calles de cualquier pueblo o ciudad. Esa es la gran riqueza argentina, la verdadera fortaleza de la Nación.

Cuántos de esos próceres anónimos quizá fueron alguna vez asaltados y heridos en el camino, y una vez restablecidos gracias a una mano amiga se sumaron a buscar el bien del país. Y como la misericordia de Dios es inmensa, y Dios es un Padre que siempre espera el regreso de sus hijos, quizá tampoco falte entre esos próceres desconocidos algún antiguo salteador arrepentido, que un día tuvo la valentía de recuperar su dignidad perdida, reparar los daños causados, devolver lo ajeno y ponerse a velar por el país y por sus hermanos. Y seguramente habrá también alguno que en su momento se lavó las manos y se encogió de hombros, pero luego, avergonzado de su cobardía, supo sumarse a los que ponían ladrillos para levantar el país y sus instituciones.

            Demos gracias a Dios por nuestros grandes próceres, y por esa inmensa muchedumbre de ciudadanos anónimos que han sacado y siguen sacando el país adelante, a pesar de sus vicisitudes. No importa que sean próceres espontáneos, o levantados del camino, o recuperados a tiempo de su cobardía o de sus malas acciones ya reparadas, pero con la humildad de dejar atrás sus traiciones y sumarse al bien del país, que es como curar, levantar y salvar al hermano.

En la reciente inundación que anegó la ciudad de La Plata, sorprendió la rapidez con que en San Juan surgió espontáneamente la ayuda de gente solidaria, que invitó a sumarse a muchos más. Y la ayuda partió de inmediato, sin que se perdiera ni un colchón en el recorrido. Quizá en el camino aguardaban algunos que querían de algún modo lucrar con esa ayuda, pero se las ingeniaron para eludirlos y así llegaron rápidamente hasta el hermano caído e inundado. Al buen samaritano le nace la solidaridad del corazón, es creativo, le brota el amor al prójimo, reflejo del amor de Dios en su corazón.

            En estas épocas de  Bicentenarios transitamos tiempos complejos. Lo percibimos todos. Puede haber miradas distintas, pero si las sumamos resultan complementarias. Son tiempos también para cuidar el país, para velar por él y para ponerse la patria al hombro. Eso sí, sin permitir que nadie se lleve la patria por delante. Es decir, que nadie se lleve por delante a los argentinos, a sus instituciones, a su república, a su historia, su cultura, su democracia, o los frutos del esfuerzo de todos…  Salteadores del camino habrá siempre. No les abramos la tranquera, ni para que entren, ni para que se escapen, ni para que se apropien de recursos que pertenecen a todo el pueblo.

El amor a la Patria no es cosa de un 25 de mayo o un 9 de julio. Es tarea de todos los días. Con que solicitud nos pedía hace poco el papa Francisco que los argentinos nos cuidemos como hermanos. Cuidemos el país, cuidemos sus instituciones que lo hacen libre y fuerte, cuidemos nuestra gente, esos rostros de hombres y mujeres que juntos configuran la patria argentina. Cuidemos nuestros niños y jóvenes, cuidemos que no haya droga que mata ni la esclavitud de la trata de personas. Cuidemos la familia, cuidemos a los hermanos, cuidémonos entre nosotros. Nadie puede apropiarse de la patria. Es de todos. Nadie puede “ir por todo”, porque el país es de todos los argentinos y todos sus recursos materiales y espirituales pertenecen a ese pueblo y al bien de ese pueblo se deben.

Dios quiera que en San Juan brille cada día más fuerte el sol de la alegría de trabajar por todos, de la satisfacción de querer servir a todos, de hacer el bien a todos, de hacer el bien entre todos. Que siga siendo un lugar donde resulta grato vivir, trabajar y pensar en libertad.

Es lo que deseamos también para todo el país, sin censuras, ni escraches ni represalias de cualquier tipo por pensar distinto, actitudes propias de quienes tienen terror a todo lo que huele a libertad.

Qué bueno es pedirle a Dios que inspire en nuestro corazón y en nuestras mentes la alegría del buen samaritano, la esperanza del que convierte su trabajo en servicio sin servirse de los demás; la satisfacción del ciudadano que cada día pone un ladrillo para construir su país.

Pidamos al Señor la bendición para los hombres y mujeres de nuestra Patria que con la sabiduría del diálogo construyen entendimientos y encuentran soluciones de paz, aunque piensen de modo diverso.

Que Dios bendiga a quienes tienen el coraje de construir una nación que en su ADN tiene la pasión por la verdad y el compromiso por el bien de todos, sin ningún tipo de exclusiones.

Que bendiga a quienes viven con la valentía de la libertad que nos ganaron los Padre de la Patria, una libertad para amar a todos sin descartar a nadie, privilegiando a los pobres, perdonando a los que nos ofenden, aborreciendo el odio y construyendo la paz..

Que Dios bendiga a quienes se empeñan en ser buenos ciudadanos en la tierra, para poder ser un día ciudadanos de la Patria para siempre. Y que ante el Señor podamos seguir celebrando el 25 de Mayo, la Fiesta grande de todos los hombres y mujeres argentinos. Amén."

 

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