La calesita de los escándalos
A 15 años de uno de los más pesados en la historia de San Juan, sus protagonistas se repartieron en otros escándalos más actuales. Del caso Reinoso a las expropiaciones, los concejales de Rivadavia y hasta el caso Clarín. Con alguna moraleja sobre la velocidad del jury a los jueces. Todo vuelve.
Por Sebastián Saharrea.
Por Sebastián Saharrea
Sí, un camión. Que un tipo le compró a otro, que parece que estaba prendado y el comprador se quedó con la deuda y sin el vehículo. Lo que vino después fueron denuncias cruzadas: el dueño del camión le quiso rematar la casa para cobrarse los pagarés, y el comprador denunció al abogado del dueño por estafa. Hasta acá, nada de otro mundo, paisaje habitual por todos lados. Hasta que, de un minuto a otro, la cosa explotó.
No era más que un intento de cobro normal y una denuncia de estafa menor. Pero que el juez penal les ofreció a las partes un acuerdo extrajudicial y el abogado del dueño del camión lo filmó con una cámara oculta. Saltó la térmica y explotó el caso en los medios nacionales, aún cuando las redes sociales no estaban ni dibujadas. El juez, Carlos Reinoso, pasó a ser famoso gracias a los favores de Telefé, que aceptó difundir la cinta. El abogado, un Horacio Alday de pelo platinado, pasó a reportar al bronce de los justicieros del sistema judicial criollo. Del estudio contratado por Alday en Buenos Aires había bajado un abogado con futuro e igual alto perfil, Hugo Wortman Jofré, asociado a otra promesa de las cortes: Luis Moreno Ocampo, futuro fiscal en ese momento de la Corte Penal Internacional. Para completar el cuadro, aparece la presencia de otro abogado reconocido, pero de San Juan: Rubén Pontoriero, defensor de Reinoso.
Todos ellos y algunos otros actores de reparto más serían protagonistas de nuevos escándalos a la vuelta de la esquina, increíblemente asociados por el paso del tiempo y el perfil de sus protagonistas. Pero a década y media de distancia, se imponen algunas reflexiones más: ¿aceptaría hoy un canal de aire proyectar una grabación claramente operada y de cuestionable interés para el colectivo nacional? Y otra, aún más interesante: A Reinoso lo terminaron echando por esta irregularidad, que puesta al lado de los escándalos protagonizados por los jueces por estos días, parece aquella una acción de Caperucita Roja.
¿Por qué para Reinoso fue roja directa y en el caso de las expropiaciones existen tantas dificultades en avanzar con los magistrados involucrados en el escándalo de las expropiaciones, notoriamente más grave que aquel y de consecuencias más voluminosas? Por ensayar alguna respuesta, habrá que comenzar analizando de qué lado se encuentran en cada caso la corporación judicial y los favores de la opinión pública: desde el primer día que estalló el caso Reinoso, no hubo dedo que se atreviera a levantarse para defender al juez, tal vez ante lo inapelable de las imágenes, ni intento posible de argumentar a su favor.
Marche entonces una cámara oculta en las expropiaciones, si es que será ese el condimento que hace falta que convencer a los incrédulos. Sobre la que existió alguna fábula: El día que Macchi dijo su celebridad de que “la cadena de pago se rompió en algún lado”, fue tomado por una cámara casera con su consentimiento para ser subida a Internet. No fue eso una cámara oculta, ni una conversación privada captada de manera clandestina, ni un off de record violado. Fue una entrevista. Pero se escucharon algunos cuestionamientos por su hubiese sido una cámara oculta: qué barbaridad –bramaron- una cámara en el edificio de las leyes. Con el caso Reinoso –efectivamente una cámara en el palacio de las leyes- no se escucharon ninguno de esos quejidos.
Veamos entonces el protagonismo en escándalos actuales de los mismos actores de hace 15 años:
-Hay que empezar por los abogados de uno y otro lado: Horacio Alday y Rubén Pontoriero. Aquella vez quedaron en lados distintos del mostrador porque el primero fue el que quiso cobrar los pagarés del camión, fue denunciado por estafa y filmó al juez ofreciéndole un acuerdo extrajudicial como requisito para no dictarle el procesamiento, y el segundo fue el abogado del juez que perdió el diferendo y terminó con su cliente expulsado de la magistratura.
No es extraño escuchar en el entorno de Alday que la causa de las expropiaciones es una especie de revancha de Pontoriero en contra suya –pese a que sostiene que no tiene que ver con este escándalo- a quien derrotó en aquel episodio de hace 15 años. Es que Alday es uno de los pedidos para ser indagados en la investigación penal que lleva adelante la juez Rosellot porque se le encontró en su poder un expediente que se había “extraviado” en el juzgado de Marún de Soblevio y que luego la jueza reactivó: el abogado interesado era Santiago Graffigna.
Alday fue socio de Graffigna y por eso también apareció vinculado a este escándalo. Es más: en un acuerdo entre Graffigna y la Fiscalía de Estado para cobrar un remanente por el caso “Ruiz, Guillermo”, el abogado cedió a la provincia un 25% y otro 25% a favor del abogado Raúl Alonso, que venía en nombre de un contador Parra y el que aprobaba la gestión era nada menos que Alday.
Por su lado, Pontoriero es el abogado querellante contratado por la Fiscalía de Estado para llevar adelante la denuncia. Otra vez, le tocó estar del otro lado del mostrador con Horacio Alday.
-Aparece otro protagonista de los nuevos escándalos. Por aquellos días de 1997, el abogado Hugo Wortman Jofré era un joven promisorio del estudio de Luis Moreno Ocampo, avezado ya en las nuevas tecnologías. Eran los más caros del mercado, los de más nombre, los más mediáticos. Capaces de garantizar difusión masiva, al fin y al cabo el insumo clave para la barrida de Reinoso.
Del trato con él en aquella época se recuerda a una persona muy atenta, aunque algo distante. Aterrizó en San Juan de manera sorpresiva y su paso dejó una huella endeleble. Ellos proveyeron la estrategia de filmarlo y difundirlo, parecía que sólo ellos lo podían garantizar. Y así fue: cámara de última tecnología presumiblemente en la corbata, y operación mediática que Telefé se encargó de distribuir.
Ahora volvió a los primeros planos de los medios. Ya no es tan joven, pero sí uno de los abogados más prestigiosos el país, por eso fue contratado por el Grupo Clarín. La semana pasada produjo el traspié más grosero que se le recuerde al multimedio, por el cual Wortman Jofré puso la cara: denunció a un grupo de periodistas por incitación a la violencia, luego dijo que sólo los requeriría como testigos y finalmente terminó consumando su retroceso desistiendo hasta de esa presentación. Un papelón que pudo haber costado a Clarín buena parte de su crédito social.
-Otro actor menos reconocido también sufrió un deja vu. Es Enrique Gallardo, un abogado que en 1997 era secretario de Reinoso y ahora es secretario, magnífica casualidad, de María Inés Rosellot, la jueza a cargo de la investigación de las expropiaciones. Gallardo declaró en el jury contra su ex jefe y golpeó duramente a Alday. Hoy, en una causa en la que Alday está sospechado, debió excusarse de participar.
-Y Reinoso no se quedó atrás. Despedido como magistrado, probó suerte en el terreno político y llegó a concejal de Rivadavia. Pero otra vez, un hecho ilícito se pondría en su camino: fue uno de los ediles condenados por haber hecho figurar ayuda social a gente que nunca la recibió. La semana pasada, Reinoso fue uno de los tres que aceptó la pena de dos años en suspenso e inhabilitación para cargos públicos, en un juicio abreviado después de 10 años de chicanas judiciales. Fue un escándalo de los grandes, en especial porque hizo pie en la necesidad de la gente como las ayudas sociales.
No tardó ahora el Foro en analizar si le corresponde alguna sanción, como el retiro de la matrícula si es que Reinoso no apela. Y nuevamente la obligación de poner un escándalo al lado de otro: porque en éste de las expropiaciones, con tanto abogado con relaciones dudosas con sus clientes, todavía no ocurrió nada.
Se explica que para sancionar a un profesional hace falta una sentencia firme en su contra. A veces, la ley no va por la misma autopista que el sentido común.
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