El título podría ser, emulando a la película: “Doña Dominga y sus dos maridos”. Solo que aquella novela de amor y violencia, transcurrida en 1971 en Santa Lucía, fue real y la mujer terminó acribillada de 32 balazos por uno de sus dos amantes.
Una mujer, dos hombres enfrentados y 32 balazos en un femicidio en Santa Lucía
El 3 de marzo de 1971, una joven mujer fue asesinada de 32 balazos. El homicida fue su amante, quien la atacó después de mantener una pelea con la pareja de la chica.
Pasaron muchos y se hace difícil reconstruir esa maraña de pasiones y desencuentros entre Dominga y sus dos hombres, Pablo Nicéforo Cortez y Luis Benito Leiza. La chica de 24 años venía de otra mala experiencia. Según las versiones periodísticas, había estado casada con un hombre de apellido Rodríguez, pero se separó.
Se desconoce si el motivo de esa separación fue Pablo Cortez. Lo que se sabe es que, en 1970, Dominga ya estaba viviendo en pareja con este otro hombre de 50 años en su casa en avenida Libertador, cerca del barrio Cadetes Argentinos, en Santa Lucía.
Tiempo después apareció en escena Luis Leiza, un amigo de Cortez que buscaba alojamiento y le alquiló una habitación en la casa de la calle Libertador. Ese changarín de 44 años también estaba separado. Allí conoció a Dominga y pronto entró en confianza con ella, al punto que a los pocos meses iniciaron un romance a espaldas de Pablo Cortez.
Esa relación no podía mantenerse oculta por mucho tiempo. Tarde o temprano iban a descubrirla. Y así sucedió. En los primeros meses de 1971, Cortez llegó a su casa y encontró in fraganti a su joven pareja con Leiza en una situación comprometida. Hubo una fuerte discusión entre los dos hombres y el pleito culminó con el dueño de casa expulsando de su casa al inquilino.
Leiza se llevó parte de sus cosas y alquiló otra habitación en la propiedad de una señora de nombre Rosa Alcaraz, en la calle Cabildo, en Villa Marini. Pero nada lo separó de Dominga. Pese al escándalo que protagonizaron y al enfrentamiento abierto que mantenía con Cortez, el changarín continuó con sus encuentros amorosos con la chica.
Como Cortez viajaba y algunos días permanecía en Mendoza por cuestiones de trabajo, la chica frecuentaba a Leiza y en ocasiones se quedaba en su habitación. Jugaban a las escondidas, a sabiendas de que otra vez podían tener problemas. Era probable también que el concubino de la joven sospechaba que esa relación clandestina continuaba más viva que nunca
Luis Leiza no le temía. La tarde del 2 de marzo de 1971, el changarín fue al domicilio de Cortez con la excusa de pedir que le devolviera una cama que había dejado allí y se vieron cara a cara. Dominga no se encontraba en la vivienda en esos momentos.
A Cortez no le cayó nada bien ver de nuevo al examigo que lo había traicionado. Lo tomó como una provocación y se puso furioso. Además de insultarlo y amenazarlo, agarró una pala y lo atacó a golpes hasta que lo corrió.
Aquella tarde, Leiza se retiró dolido por los golpes y también por la rabia misma de haber sido echado por Cortez. No quería admitir que Dominga elegía seguir viviendo con ese hombre y él estaba en segundo plano.
El odio lo asfixiaba mientras caminaba con la mirada perdida y pensando en qué hacer. En ese peregrinar, en vez de regresar a la habitación de Villa Marini, tomó en dirección al centro de la ciudad Capital. Se dirigió a una armería y compró un revólver calibre 22 y una caja de balas.
Ya era de noche cuando llegó a Villa Marini. Para sorpresa suya, Dominga lo aguardaba en la habitación. El encuentro fue tenso. El changarín le contó sobre el violento incidente con su pareja y le exhibió los golpes en su cuerpo. Aún no se le pasaba. Después cenaron, bebieron cerveza y se fueron a dormir juntos.
La chica pasó la noche con Leiza para tratar de consolarlo y calmarlo. Pero no todo fue caricias dentro de esa habitación. Se cree que discutieron toda la noche o que a poco de levantarse empezaron a reprocharse cosas y a gritarse.
Doña Rosa Alcaraz escuchó que subieron el volumen de la radio a transistores y a los contados minutos se escucharon las fuertes detonaciones, con los gritos de Dominga de fondo. Los disparos se repetían una y otra vez, parecían no detenerse nunca.
La mujer mayor se dio cuenta de que algo aterrador sucedía, así que abrió la puerta de la habitación de Leiza, entró de prepo y ahí se topó con el horror. Dominga permanecía tendida en el piso y al lado de cama, toda ensangrentada. En el suelo también había decenas de vainas servidas.
Los gritos alertaron a los vecinos y no tardó en llegar una patrulla policial que detuvo de inmediato a Luis Benito Leiza y le secuestró el arma calibre 22. Dominga fue trasladada en ambulancia al Hospital Guillermo Rawson.
En principio, contabilizaron 15 heridas de arma de fuego. Horas más tarde, el médico legista de la Policía informó que la joven presentaba, en realidad, 32 impactos de bala en su cuerpo, la mayoría en el tórax y el abdomen.
Esas heridas en zonas vitales agravaron el estado de salud de la muchacha, que luego entró en estado de coma. Estuvo dos días internada en terapia intensiva y falleció a consecuencia de cuadro hemorrágico.
Leiza fue llevado detenido a la Comisaría 5ta de Santa Lucía y a las semanas el juez Américo Armando Aguiar lo procesó por el delito homicidio agravado por la alevosía. Pablo Cortez, por su parte, fue acusado de lesiones por los palazos que le propinó al homicida en el encuentro en la casa de la Libertador.
El mismo titular del Juzgado del Crimen Tercera Nominación consideró que Leiza actuó con premeditación en el asesinato. Su conclusión fue que compró el revólver y las balas con la única intención de atentar contra la vida de Dominga. Además, consideró que hubo alevosía, pues no le bastó con uno o dos disparos. El asesino cargó el arma seis veces y, literalmente, acribilló a tiros a la joven.
En diciembre de 1971, el juez Aguiar notificó de la sentencia a Luis Benito Leiza y lo condenó a la pena de prisión perpetua por aquel hecho que hoy sería considerado un femicidio.