“Le di 3 o 4 pastillas junto con el mate cocido, pero no para matarlo”. La frase salió de boca de Antonia Ruiz García durante la interminable declaración indagatoria ante el juez y los investigadores. Para entonces, la Policía ya estaba convencida de que aquella mujer de modales tranquilos y apariencia inofensiva había asesinado a su propio hermano para quedarse con dinero y resolver una vieja disputa familiar.
Capítulo XLI de "Historias del crimen" en Spotify: la "Yiya" Murano sanjuanina que envenenó a su hermano por dinero
Antonia Ruiz García asesinó a Julio Pablo Ruiz García en enero de 1992 usando una mezcla letal de medicamentos en un mate cocido. Era enfermera, aparentaba ser una mujer amable y terminó condenada a prisión perpetua por uno de los crímenes más perturbadores de San Juan.
Así como la famosa envenenadora porteña mató a sus amigas para quedarse con plata ajena, Antonia utilizó medicamentos para terminar con la vida de Julio Pablo Ruiz García, un carpintero de 67 años que vivía solo en una casa de Villa Echegaray, en Trinidad.
Ella era enfermera profesional.
Había nacido en San Juan y pasado buena parte de su juventud en Trinidad, aunque años después se radicó en Mendoza. Cada tanto regresaba a la provincia para visitar a sus familiares. Entre ellos estaba Julio, su hermano mayor.
Para los vecinos eran personas amables y educadas.
Pero detrás de esa imagen había conflictos.
“Parece que tenían problemas por la herencia y ella quería que el hombre vendiera la casa”, recordó años más tarde el ex comisario Walter Castro, quien participó de la investigación cuando recién comenzaba su carrera policial en la Seccional 3ra.
Hubo un episodio previo que después cobraría enorme importancia.
El 22 de septiembre de 1991, Julio Ruiz García apareció intoxicado y casi inconsciente dentro de su vivienda. Ese mismo día desaparecieron 6.500 dólares que guardaba en la casa.
Todo ocurrió después de una visita de Antonia.
La Policía investigó aquel robo, aunque jamás sospechó de ella. Era una enfermera jubilada, una mujer grande y aparentemente correcta. No encajaba con la imagen de una delincuente.
El caso quedó olvidado durante algunos meses.
Hasta enero de 1992.
Mate cocido mortal
Antonia volvió a San Juan el viernes 24 de enero y pasó la noche en la casa de su hermano. Fue la última vez que alguien vio con vida al carpintero.
Al día siguiente regresó a Mendoza.
Y Julio desapareció.
El muchacho que alquilaba una parte de la propiedad no se preocupó demasiado al principio. Pero el lunes 27 de enero comenzó a sentir un olor nauseabundo que salía desde el interior de la vivienda.
Ese fin de semana había sido extremadamente caluroso.
Golpeó varias veces la puerta y llamó a don Julio, aunque nadie respondió.
Entonces avisó a la Policía.
Los uniformados ingresaron por el fondo de la propiedad y encontraron una puerta trasera sin llave. El aire adentro era irrespirable.
El cuerpo del carpintero estaba tendido sobre la cama, en avanzado estado de descomposición.
La primera hipótesis fue una muerte natural.
Tal vez un infarto. O algún problema de salud repentino.
Pero los familiares insistían en que Ruiz García gozaba de buen estado físico y no sufría enfermedades.
Mientras revisaban la escena, los investigadores detectaron detalles extraños.
La llave principal de la casa estaba sobre una mesa de luz, algo que no coincidía con las costumbres de la víctima. Además encontraron una taza con restos de mate cocido y, dentro de una bolsa de residuos, blísters vacíos de Trapax y Renitec.
La combinación de ambos medicamentos podía resultar letal.
A eso se sumó otro dato importante.
Faltaba dinero de una caja donde el carpintero guardaba sus ahorros.
Los policías comenzaron a convencerse de que estaban frente a un asesinato.
La única sospechosa
Los vecinos comentaron que Antonia había estado en la vivienda pocos días antes de la muerte.
Y la autopsia terminó de despejar todas las dudas.
Los especialistas forenses determinaron que Julio Ruiz García murió entre la noche del 24 y la mañana del 25 de enero de 1992 por intoxicación con medicamentos.
La conclusión era inevitable.
Alguien lo había envenenado.
Todas las sospechas apuntaron hacia Antonia Ruiz García.
No sólo había estado en la casa durante las horas previas al crimen. También coincidía con el episodio de intoxicación y robo ocurrido meses antes.
Y apareció otro dato demoledor.
Los investigadores descubrieron que la mujer había mandado a hacer una copia de la llave de la vivienda en una cerrajería de la zona.
El entonces juez José Enrique Domínguez ordenó la captura de la enfermera.
No tuvieron que buscarla demasiado.
La detuvieron a mediados de febrero de 1992 cuando regresó a San Juan para averiguar cuestiones relacionadas con la herencia de su hermano.
“La señora tenía una frialdad tremenda. Parecía totalmente normal”, recordó años después Walter Castro.
La confesión
La declaración de Antonia duró dos días completos.
Durante el interrogatorio reconoció que había discutido con su hermano por la venta de la casa y admitió que le suministró varias pastillas mezcladas con el mate cocido.
Pero intentó justificarse.
Dijo que solamente quería tranquilizarlo.
“Ella tenía respuesta para todo y decía que quería muchísimo a su hermano”, comentó uno de los investigadores del caso.
Su explicación terminó hundiéndola todavía más.
El juez no sólo la acusó por el asesinato de Julio Ruiz García. También la responsabilizó por el robo de los 6.500 dólares ocurrido meses antes.
En 1993 fue llevada a juicio por homicidio calificado por alevosía y hurto simple.
El 15 de julio de ese año, la jueza Lucy Rodríguez, del Sexto Juzgado Penal, la condenó a prisión perpetua.
Así como Yiya Murano pasó años presa, Antonia también permaneció décadas tras las rejas en el penal de Chimbas.
Los penitenciarios que convivieron con ella aseguraban que era una interna tranquila, respetuosa y correcta.
Siempre una señora.
Pero detrás de esa apariencia estaba la mujer que había matado a su propio hermano por ambición.
Lo último que se supo de Antonia Ruiz García es que recuperó la libertad a comienzos de los años 2000.
Como ya no tenía vínculos con sus familiares sanjuaninos y llevaba demasiado tiempo presa, las autoridades penitenciarias organizaron un traslado hasta Mendoza para dejarla en la casa de uno de sus hijos.
Después de eso, nunca más volvió a saberse públicamente de ella.
Quizás murió en silencio.
O tal vez todavía siga viviendo en algún rincón mendocino, lejos de todos y cargando el peso del crimen que la convirtió en la “Yiya Murano” sanjuanina.
Esta producción es una incursión de Tiempo de San Juan en esta plataforma. Cada semana se emitirá un nuevo capítulo. El contenido está a cargo de Walter Vilca, Agostina Montaño y Lucas Colella.