Algunos de sus compañeros le dicen “Doña”, por respeto. Otros la llaman la “Abuela de los desocupados”, por sus canas. Pero ella se presenta simplemente como Virginia, la mujer que es ama de casa, la esposa, la madre y abuela, pero sobre todo la trabajadora jubilada y obstinada militante trotskista.
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Virginia, la abuela y jubilada militante que se pone al frente de las marchas
La vida de Virginia Sutherland es más común de lo que muchos creen. Porque esta jubilada santacruceña, de familia sanjuanina, casi siempre hizo lo mismo desde que se convirtió en militante del Partido Obrero. Era todavía una joven de 21 años cuando entró a trabajar de inspectora del transporte público en la Municipalidad de Río Gallegos y conoció a Carlos Lahera, su compañero de laburo y luego su dirigente político.
Aún recuerda el conflicto gremial que la marcó. “En agosto o septiembre de 1986 nuestro sindicato llamó a un paro por reclamos salariales. Yo dije: ‘voy a parar’, si era una lucha de todos. Y resulta que nos echaron (por ella y Lahera) junto a otros quince compañeros contratados. Ahí conocí por primera vez lo que era un sindicato. Porque todos se plegaron al paro, marchamos y realizamos una olla popular durante tres días en defensa de los trabajadores despedidos hasta que nos reincorporaron. Fue la primera olla popular en Río Gallegos desde la llegada de la democracia y la primera vez que entendí lo que era defender el derecho de los trabajadores”.
A partir de ese momento inició su actividad en el Sindicato de Obrero y Empleados Municipales de Santa Cruz y al año siguiente ya estaba militando orgánicamente en el Partido Obrero junto a Carlos Lahera. “Yo nunca había tenido roce con la política ni escuché hablar de Marx, Lenin o Trotsky. Mi primer frente de trabajo fue los derechos humanos. En ese entonces era una tarea necesaria, veníamos de una dictadura, con secuestros, desaparecidos y muchas cosas feas en el país. Hoy vemos que lo que no hizo el Gobierno en ese aspecto tiene un costo. Porque ver a jóvenes que apoyan a Milei, que reivindica a la dictadura, tiene que ver con que hay pibes que no conocen qué pasó durante la dictadura”.
Tiempo después se enamoró de Daniel, un sanjuanino que trabajó en la mina de carbón en Río Turbio y que participó en la gran huelga minera de 1994. Ese hombre nacido en Chimbas y sindicalista de ATE en Santa Cruz, sería su compañero de la vida y padre de su única hija, Sofía.
La actividad sindical y política fue una constante en la familia. Ella con la militancia partidaria y en algunas oportunidades como candidata en las contiendas electorales y su marido como secretario gremial de su sindicato. En el medio, Virginia continuó sus estudios y se recibió de asistente social. Su esposo también la pasó mal cuando su riñón le jugó una mala pasada y tuvo que someterse a un trasplante renal.
Hasta tanto, San Juan era el destino obligado de las visitas familiares y las vacaciones. Virginia no dejó de trabajar hasta sus cincuenta años. En 2014, a un año de jubilarse, sus vidas dieron un nuevo giro. “Mi hija iba a cumplir sus quince años. En ese momento le preguntamos, ¿qué querés que te regalemos? Ella nos contestó que quería venirse a vivir con los abuelos a San Juan. Y ese fue su regalo. En 2015 me jubilé y nos vinimos para acá”, cuenta Virginia, quien ama el clima de la provincia y la calidez del sanjuanino. Así fue que formaron su hogar en una casa que compraron en Chimbas, la que incluyó a su perra “Tina”, que se vino con ellos desde Río Gallegos.
Pero terca como es Virginia, en vez de descansar, a poco de llegar a la provincia se contactó con otros compañeros del Partido Obrero y se puso a militar. Lo primero fue armar el partido en la provincia y fortalecer el frente territorial de desocupados en el Polo Obrero. Ahora se encuentra tratando de organizar a los jubilados, en función de las necesidades que hay en los adultos mayores.
“Esto te mantiene vivo. Uno podría decir: ‘pucha, hoy no voy a ir’. Pero no hay muchas salidas, la realidad te aplasta. El que milita organizando a la clase obrera lleva una militancia defensiva. Cuando no es un problema es otro y siempre hay necesidades en los compañeros. No tienen trabajo y la realidad los golpea día a día con la situación actual”, explica.
Virginia reconoce que no es amante de la cocina, pero le pone empeño y ternura a todo. Su esposo, su hija Sofía y su nieta renuevan sus ganas a sus 58 años. Y aunque en ocasiones duerme hasta tarde cuando no tiene compromisos, nunca le huye a las reuniones, a las marchas y a la asistencia de sus compañeros que están en apuro. “El movimiento de desocupados, por sus condiciones, es vivo y dinámico y siempre hay algo para hacer. Porque no es una realidad que uno busca, es la que tenés. El compañero tiene que comer y, si no hay trabajo, es más difícil. En ese camino uno tiene que salir a buscar parches que permita a los desocupados sobrevivir”.
Puede que se comparta o no la identidad política de Virginia Sutherland, lo que no se pude negar es su admirable convicción y su fortaleza. Su hija sigue sus pasos. Pueden llamarla “Doña”, la “Abuela de los desocupados” o sólo Virginia, ella es una sanjuanina y una compañera más entre los suyos y así marcha a la par con sus banderas rojas. Y no parece cansarse. “A mí me conmueve cuando la clase obrera se organiza y reclama, y algún día va a triunfar. Lo peor que nos puede pasar es resignarnos. Que no se tome a mal, pero quedarse en la casa a veces te enferma. En cambio, yo me veo siempre en la calle y trabajando con la gente”.