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jueves 30 de abril de 2026

Personaje sanjuanino

Donde el polvo se vuelve arte: Daniel y un oficio que resiste al tiempo

En un taller escondido de Chimbas, a pocas cuadras de la cancha de Peñarol, pasa ocho horas por día entre máquinas, polvo y moldes. Lleva más de 55 años dedicado a un oficio artesanal que aprendió de chico y que hoy, con sus manos gastadas, sigue defendiendo frente al avance del cerámico.

Por Carla Acosta

El ruido no se detiene. Es seco, constante, casi hipnótico. En el fondo de una casa de Chimbas, a pocas cuadras de la cancha de Peñarol, Daniel Pereyra trabaja al ritmo de las máquinas. El aire está cargado de polvo y, entre moldes, colores y material seco, una escena se repite desde hace décadas: el oficio hecho con las manos.

Ahí pasa ocho horas de corrido por día. A veces más. Porque si fuera por él, no pararía. “Me gusta mi trabajo. Yo, si pudiera, trabajaría hasta el domingo, pero bueno… hay que descansar”, dice, con una media sonrisa que no interrumpe el movimiento.

Empezó con los mosaicos cuando era apenas un niño. Tenía 14, según cuenta. No quería estudiar y en su casa la regla era clara: si no se agarraba los libros, había que salir a trabajar. Así llegó a una fábrica en Rawson, donde aprendió desde abajo, cuando todavía no existían las máquinas que hoy acompañan el proceso. “No había prensas ni hormigonera. Se hacía todo a pala”, recuerda.

El oficio se le quedó pegado rápido. Un hombre -}que ya falleció- fue quien le enseñó lo esencial. Después vino lo demás, la práctica, los años y la repetición; también su padre, que se dedicaba a lo mismo. En ese entonces, el mosaico era protagonista y las fábricas no daban abasto. No existía el cerámico, y cada pieza llevaba tiempo, fuerza y precisión.

“Esto es artesano. No hay máquina automática que lo produzca”, explica. Lo dice con la seguridad de quien conoce cada etapa del proceso. “Lo único que se necesita es la prensa cubridora, la revolvedora y la hormigonera. Después, es todo mano”, agrega.

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El procedimiento tiene algo de ritual. El material se prepara a medida, seco, en la proporción justa. Se elige el color, se coloca en el molde y llega el momento clave, la prensa. “Le da un prensazo de tres 7.000 mil , 3.800 mil kilos”, cuenta. Así nace un mosaico de vereda. O uno dibujado, con formas que todavía sorprenden.

Porque no todo es repetir modelos. Detrás de cada moscaico también hay horas de creación. Diseños propios que todavía no salieron a la venta, bocetos que se transforman en piezas únicas. “Este no se hace en otro lado de todo San Juan ni en toda Argentina”, dice, orgulloso, mientras señala uno de sus últimos trabajos. En ese gesto aparece otra capa del oficio, la del que no solo fabrica, sino que inventa.

El avance del cerámico cambió el panorama, pero no lo corrió del todo. Él lo explica desde la experiencia: “El cerámico no sirve para afuera. No tiene absorción. El agua queda ahí. En cambio, el mosaico deja que la humedad salga”. Es conocimiento de obra, de años viendo cómo responden los materiales, cómo envejecen las superficies.

En el taller podrían trabajar hasta cuatro personas al mismo tiempo, cada una en una parte distinta del proceso. Pero muchas veces está solo, concentrado en ese ritmo que no falla. “Entre más horas, más hace. Pero ocho horas siempre, corrido”. Y nunca pensó en dejarlo. Ni siquiera ahora. “Es lo que me mantiene en actividad”, afirma. Y no suena a costumbre, sino a convicción.

Embed - Daniel Pereyra, el ultimo mosaiquista de San Juan

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