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jueves 23 de abril de 2026

Columna

El rol de las hermanas De la Roza en el primer golpe de Estado en San Juan: familia, género y poder

El primer golpe de Estado de la historia sanjuanina no enfrentó bandos externos ni potencias rivales. Se gestó en el interior de una misma red familiar, atravesada por vínculos de sangre, alianzas matrimoniales y tensiones económicas. Las hermanas de de José Ignacio de la Roza, Félix y Juana, ocuparon un lugar clave. Leé la columna completa del Dr. en Historia Hernán Videla para Tiempo de San Juan.

Por Hernán Videla

En enero de 1820, San Juan vivió su primera destitución por una insurrección armada local. Detrás de la sublevación militar que derrocó al teniente gobernador José Ignacio de la Roza se entrelazaron disputas familiares, conflictos patrimoniales y vínculos matrimoniales. En ese escenario, sus hermanas Félix y Juana ocuparon un lugar clave: desde posiciones distintas —y hasta opuestas— intervinieron en una trama donde el poder político se jugó también en clave de género.

El 9 de enero de 1820, antes de que el proceso independentista cambiara hacía las autonomías en las distintas intendencias del viejo Virreinato, San Juan asistió a un hecho inédito: su teniente gobernador fue depuesto por las armas. El primer golpe de Estado de la historia sanjuanina no enfrentó bandos externos ni potencias rivales. Se gestó en el interior de una misma red familiar, atravesada por vínculos de sangre, alianzas matrimoniales y tensiones económicas.

Desde entonces, la jurisdicción sanjuanina —hasta entonces integrada a la Gobernación de Cuyo— inició el proceso que la conduciría a declararse provincia autónoma. Pero esa transformación institucional no puede comprenderse únicamente desde los cambios administrativos o militares. También se jugó en el interior de una familia.

Hermanas de José Ignacio de la Roza —uno de los principales colaboradores de José de San Martín en la organización del Ejército de los Andes— Félix y Juana pertenecían a una de las familias más acaudaladas y prestigiosas de la ciudad. Como muchas mujeres de la elite cuyana, participaron activamente de la causa revolucionaria.

De acuerdo con la colecta voluntaria iniciada a principios de junio de 1815 para sostener la campaña emancipadora, casi una treintena de mujeres sanjuaninas realizaron donaciones. Según el documento presentado por Guerrero (1960), las cuatro hermanas De la Roza superaron ampliamente la media de las contribuciones femeninas. Sus aportes fueron mayoritariamente en metálico: joyas, alhajas y metales preciosos, es decir, recursos líquidos fundamentales para el equipamiento militar.

Ese primer gesto patriótico las inscribe en la tradición de las llamadas “Patricias sanjuaninas”. Sin embargo, reducir su actuación a la donación simbólica sería minimizar su espesor político. Las mujeres de la elite no solo contribuyeron con bienes; participaron en redes de sociabilidad, gestionaron relaciones y sostuvieron decisiones que tuvieron consecuencias públicas.

Félix de la Roza representa una figura de acción y lealtad al orden sanmartiniano. Además de contribuir económicamente, intervino en 1817 en la confección de la llamada “bandera ciudadana” que acompañó a una de las divisiones del Cruce de los Andes. Su compromiso con el proyecto político de su hermano fue constante.

Lily Sosa de Newton (1986) sostiene que, posteriormente:

“Cuando su hermano fue derrocado y encarcelado por los sublevados del regimiento 1o. de los Andes, bajo el mando de Mariano Mendizábal, casado con Juana de la Roza, Félix se ocupó de liberar a su hermano, condenado a muerte. Logró que la pena fuese conmutada por la de destierro, al que marchó acompañado por Alejo Junco, marido de Félix. Se encontraba en el Perú cuando de la Roza escribió a su hermana Félix para comunicarle, con fecha 13 de mayo de 1834, la muerte del esposo.” (p. 557) “Cuando su hermano fue derrocado y encarcelado por los sublevados del regimiento 1o. de los Andes, bajo el mando de Mariano Mendizábal, casado con Juana de la Roza, Félix se ocupó de liberar a su hermano, condenado a muerte. Logró que la pena fuese conmutada por la de destierro, al que marchó acompañado por Alejo Junco, marido de Félix. Se encontraba en el Perú cuando de la Roza escribió a su hermana Félix para comunicarle, con fecha 13 de mayo de 1834, la muerte del esposo.” (p. 557)

Tras la sublevación del Batallón N.º 1 de Cazadores de los Andes y la detención de José Ignacio, Félix desplegó una intensa actividad política informal: gestionó apoyos, intervino en planes de evasión y presionó para evitar la ejecución. Su accionar demuestra que el poder femenino no se ejercía desde cargos institucionales, pero tampoco estaba ausente de la política. Operaba en redes, en vínculos, en negociaciones silenciosas.

La situación fue distinta en el caso de Juana de la Roza. Su matrimonio con el capitán Mariano Mendizábal —oficial del mismo que encabezaría la sublevación— introdujo una fisura profunda en el entramado familiar.

César Guerrero (1981) describe así el clima que rodeó esa unión, se tensionaba principalmente con Jose Ignacio, Mariano:

“No se llevaba bien con la familia y por ende, con éste, por la oposición que encontró a su casamiento, por los antecedentes que se conocían de su actuación en el ejército y su manera de vivir. Sin embargo, Juana de la Roza, como toda mujer enamorada o caprichosa, no queriendo prestar oído a las reconvenciones de sus hermanos, contrajo nomás, matrimonio con el resistido sujeto, después de la muerte de sus padres.” (p. 319) “No se llevaba bien con la familia y por ende, con éste, por la oposición que encontró a su casamiento, por los antecedentes que se conocían de su actuación en el ejército y su manera de vivir. Sin embargo, Juana de la Roza, como toda mujer enamorada o caprichosa, no queriendo prestar oído a las reconvenciones de sus hermanos, contrajo nomás, matrimonio con el resistido sujeto, después de la muerte de sus padres.” (p. 319)

El lenguaje utilizado por el historiador no es neutro. La caracterización de Juana como “enamorada o caprichosa” revela los marcos interpretativos con los que durante décadas se explicó la agencia femenina: decisiones afectivas antes que políticas, impulsos antes que estrategias. Sin embargo, más allá de los juicios morales, su matrimonio tuvo consecuencias institucionales concretas.

Mendizábal había participado en las campañas revolucionarias y combatido en Chacabuco. Sosa de Newton (1986) señala:

“Peleó en Chacabuco, el 12 de febrero de 1817, e integró la división del sud, al mando de O'Higgins, pero desgraciadamente, por su conducta irregular, fue dado de baja, y repasando la Cordillera, se estableció en San Juan.” (p. 57) “Peleó en Chacabuco, el 12 de febrero de 1817, e integró la división del sud, al mando de O'Higgins, pero desgraciadamente, por su conducta irregular, fue dado de baja, y repasando la Cordillera, se estableció en San Juan.” (p. 57)

Videla (1972) agrega que fue “militar turbulento y sin excesivos escrúpulos” (p. 535). Las fuentes lo describen como apuesto y valiente, un morocho de ojos intensos y pelo negro, pero también como vicioso, insolente y ebrio. Esas caracterizaciones construyen un personaje moral que facilita su posterior condena como traidor.

A través del matrimonio, los conflictos domésticos se tradujeron en disputas patrimoniales y políticas. Mendizábal, actuando en nombre de su esposa, cuestionó judicialmente la administración que José Ignacio hacía de los bienes familiares, comprometidos en apoyo a la causa revolucionaria. Videla (1972) lo explica de la siguiente manera:

“De la Roza había encabezado de su peculio particular las listas de contribuciones de guerra, y administrador de la inmensa fortuna de su padre, fallecido, comprometió bienes familiares a vista y paciencia y sin reclamo de sus parientes; pero cuando surgieron las dificultades, no todos se mostraron igualmente conformes, y su cuñado, el capitán Mariano Mendizábal a nombre de su mujer, doña Juana de la Roza, objetó judicialmente la cuenta particionaria de la sucesión, promoviendo una enojosa cuestión de intereses. Cuando la tormenta arreció y más preciosa le era solidaridad de los suyos, De la Roza halló reticencia o tibieza en los amigos y la discordia introducida en familia.” (p. 533) “De la Roza había encabezado de su peculio particular las listas de contribuciones de guerra, y administrador de la inmensa fortuna de su padre, fallecido, comprometió bienes familiares a vista y paciencia y sin reclamo de sus parientes; pero cuando surgieron las dificultades, no todos se mostraron igualmente conformes, y su cuñado, el capitán Mariano Mendizábal a nombre de su mujer, doña Juana de la Roza, objetó judicialmente la cuenta particionaria de la sucesión, promoviendo una enojosa cuestión de intereses. Cuando la tormenta arreció y más preciosa le era solidaridad de los suyos, De la Roza halló reticencia o tibieza en los amigos y la discordia introducida en familia.” (p. 533)

Cuando el 9 de enero de 1820 Mendizábal encabezó la sublevación que depuso, encarceló y condenó a muerte a su cuñado, el conflicto ya no era solo militar. Era también familiar y económico. Juana no lideró la insurrección, pero su posición jurídica como esposa y heredera convirtió su matrimonio en un puente entre la disputa doméstica y la ruptura institucional. Allí se revela un aspecto central de la historia de género: las mujeres no estuvieron al margen del poder; muchas veces fueron nodos estratégicos en su circulación.

El desenlace fue dramático. José Ignacio salvó su vida gracias a gestiones encabezadas por Félix y debió partir al exilio. Mendizábal, en cambio, fue juzgado y ejecutado en Lima. Videla (1972) relata:

“Condenado a muerte, y San Martin, pese a los esfuerzos de su amigo, el doctor de la Roza, empeñado en salvar a su cuñado, puso el cúmplase a la sentencia, el 30 de enero de 1822, sobre el gran tablado construido en la plaza de la Independencia de Lima, y en presencia de la tropa y de una gran muchedumbre, procedió a la ceremonia de la degradación de Mendizábal, ajustado al rigor de las Ordenanzas Militares; acto continuo, se lo fusiló por la espalda, como traidor, en desagravio a su crimen de traición contra la Patria.” (p. 537) “Condenado a muerte, y San Martin, pese a los esfuerzos de su amigo, el doctor de la Roza, empeñado en salvar a su cuñado, puso el cúmplase a la sentencia, el 30 de enero de 1822, sobre el gran tablado construido en la plaza de la Independencia de Lima, y en presencia de la tropa y de una gran muchedumbre, procedió a la ceremonia de la degradación de Mendizábal, ajustado al rigor de las Ordenanzas Militares; acto continuo, se lo fusiló por la espalda, como traidor, en desagravio a su crimen de traición contra la Patria.” (p. 537)

Mirado desde lejos, el golpe de 1820 puede leerse como un episodio más del desorden político posrevolucionario. Pero observado internamente —desde la familia De la Roza— revela una dimensión menos visible: el poder en San Juan no se disputó únicamente en los cuarteles ni en los cargos públicos, sino también en la administración de herencias, en los matrimonios y en las lealtades familiares.

Como advierte Arlette Farge (1991), el archivo conserva no solo las decisiones formales del poder, sino también las huellas fragmentarias de conflictos cotidianos que terminan teniendo consecuencias políticas. Y, como ha señalado Dora Barrancos (2007), las mujeres participaron activamente en los procesos de construcción estatal en América Latina, aunque muchas veces lo hicieron desde espacios no institucionalizados.

Félix y Juana de la Roza no fueron figuras secundarias ni meras acompañantes de la política masculina. Una actuó para sostener un proyecto político en retirada; la otra quedó situada —y a la vez implicada— en la fractura que lo derrumbó. Ambas muestran que, desde los orígenes de la provincia, la política sanjuanina se organizó en un espacio donde lo público y lo privado nunca estuvieron completamente separados.

Comprender ese cruce entre familia, patrimonio y poder no es un gesto conmemorativo. Es una forma de leer la historia provincial con mayor densidad y de reconocer que, desde su nacimiento institucional, el género estructuró no solo las jerarquías domésticas, sino también la circulación misma del poder.

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Fuentes

Barrancos, D. (2007). Mujeres en la sociedad argentina: Una historia de cinco siglos. Sudamericana.

Cutolo, V. O. (1968). Nuevo diccionario biográfico argentino (1750–1930). Editorial Elche.

Farge, A. (1991). La atracción del archivo. Edicions Alfons el Magnànim. (Trabajo original publicado en 1989).

Guerrero, C. H. (1960). El aporte de la mujer sanjuanina a la gesta libertadora del general San Martín. Archivo Histórico y Administrativo.

Guerrero, C. H. (1981). José Ignacio de la Roza: Un apóstol de la libertad. Comisión Pro Homenaje al Dr. José Ignacio de la Roza.

Sosa de Newton, L. (1986). Diccionario biográfico de mujeres argentinas. Editorial Plus Ultra.

Videla, H. (1972). Historia de San Juan (Tomo III). Academia del Plata

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