En enero de 1820, San Juan vivió su primera destitución por una insurrección armada local. Detrás de la sublevación militar que derrocó al teniente gobernador José Ignacio de la Roza se entrelazaron disputas familiares, conflictos patrimoniales y vínculos matrimoniales. En ese escenario, sus hermanas Félix y Juana ocuparon un lugar clave: desde posiciones distintas —y hasta opuestas— intervinieron en una trama donde el poder político se jugó también en clave de género.
El rol de las hermanas De la Roza en el primer golpe de Estado en San Juan: familia, género y poder
El primer golpe de Estado de la historia sanjuanina no enfrentó bandos externos ni potencias rivales. Se gestó en el interior de una misma red familiar, atravesada por vínculos de sangre, alianzas matrimoniales y tensiones económicas. Las hermanas de de José Ignacio de la Roza, Félix y Juana, ocuparon un lugar clave. Leé la columna completa del Dr. en Historia Hernán Videla para Tiempo de San Juan.
El 9 de enero de 1820, antes de que el proceso independentista cambiara hacía las autonomías en las distintas intendencias del viejo Virreinato, San Juan asistió a un hecho inédito: su teniente gobernador fue depuesto por las armas. El primer golpe de Estado de la historia sanjuanina no enfrentó bandos externos ni potencias rivales. Se gestó en el interior de una misma red familiar, atravesada por vínculos de sangre, alianzas matrimoniales y tensiones económicas.
Desde entonces, la jurisdicción sanjuanina —hasta entonces integrada a la Gobernación de Cuyo— inició el proceso que la conduciría a declararse provincia autónoma. Pero esa transformación institucional no puede comprenderse únicamente desde los cambios administrativos o militares. También se jugó en el interior de una familia.
Hermanas de José Ignacio de la Roza —uno de los principales colaboradores de José de San Martín en la organización del Ejército de los Andes— Félix y Juana pertenecían a una de las familias más acaudaladas y prestigiosas de la ciudad. Como muchas mujeres de la elite cuyana, participaron activamente de la causa revolucionaria.
De acuerdo con la colecta voluntaria iniciada a principios de junio de 1815 para sostener la campaña emancipadora, casi una treintena de mujeres sanjuaninas realizaron donaciones. Según el documento presentado por Guerrero (1960), las cuatro hermanas De la Roza superaron ampliamente la media de las contribuciones femeninas. Sus aportes fueron mayoritariamente en metálico: joyas, alhajas y metales preciosos, es decir, recursos líquidos fundamentales para el equipamiento militar.
Ese primer gesto patriótico las inscribe en la tradición de las llamadas “Patricias sanjuaninas”. Sin embargo, reducir su actuación a la donación simbólica sería minimizar su espesor político. Las mujeres de la elite no solo contribuyeron con bienes; participaron en redes de sociabilidad, gestionaron relaciones y sostuvieron decisiones que tuvieron consecuencias públicas.
Félix de la Roza representa una figura de acción y lealtad al orden sanmartiniano. Además de contribuir económicamente, intervino en 1817 en la confección de la llamada “bandera ciudadana” que acompañó a una de las divisiones del Cruce de los Andes. Su compromiso con el proyecto político de su hermano fue constante.
Lily Sosa de Newton (1986) sostiene que, posteriormente:
Tras la sublevación del Batallón N.º 1 de Cazadores de los Andes y la detención de José Ignacio, Félix desplegó una intensa actividad política informal: gestionó apoyos, intervino en planes de evasión y presionó para evitar la ejecución. Su accionar demuestra que el poder femenino no se ejercía desde cargos institucionales, pero tampoco estaba ausente de la política. Operaba en redes, en vínculos, en negociaciones silenciosas.
La situación fue distinta en el caso de Juana de la Roza. Su matrimonio con el capitán Mariano Mendizábal —oficial del mismo que encabezaría la sublevación— introdujo una fisura profunda en el entramado familiar.
César Guerrero (1981) describe así el clima que rodeó esa unión, se tensionaba principalmente con Jose Ignacio, Mariano:
El lenguaje utilizado por el historiador no es neutro. La caracterización de Juana como “enamorada o caprichosa” revela los marcos interpretativos con los que durante décadas se explicó la agencia femenina: decisiones afectivas antes que políticas, impulsos antes que estrategias. Sin embargo, más allá de los juicios morales, su matrimonio tuvo consecuencias institucionales concretas.
Mendizábal había participado en las campañas revolucionarias y combatido en Chacabuco. Sosa de Newton (1986) señala:
Videla (1972) agrega que fue “militar turbulento y sin excesivos escrúpulos” (p. 535). Las fuentes lo describen como apuesto y valiente, un morocho de ojos intensos y pelo negro, pero también como vicioso, insolente y ebrio. Esas caracterizaciones construyen un personaje moral que facilita su posterior condena como traidor.
A través del matrimonio, los conflictos domésticos se tradujeron en disputas patrimoniales y políticas. Mendizábal, actuando en nombre de su esposa, cuestionó judicialmente la administración que José Ignacio hacía de los bienes familiares, comprometidos en apoyo a la causa revolucionaria. Videla (1972) lo explica de la siguiente manera:
Cuando el 9 de enero de 1820 Mendizábal encabezó la sublevación que depuso, encarceló y condenó a muerte a su cuñado, el conflicto ya no era solo militar. Era también familiar y económico. Juana no lideró la insurrección, pero su posición jurídica como esposa y heredera convirtió su matrimonio en un puente entre la disputa doméstica y la ruptura institucional. Allí se revela un aspecto central de la historia de género: las mujeres no estuvieron al margen del poder; muchas veces fueron nodos estratégicos en su circulación.
El desenlace fue dramático. José Ignacio salvó su vida gracias a gestiones encabezadas por Félix y debió partir al exilio. Mendizábal, en cambio, fue juzgado y ejecutado en Lima. Videla (1972) relata:
Mirado desde lejos, el golpe de 1820 puede leerse como un episodio más del desorden político posrevolucionario. Pero observado internamente —desde la familia De la Roza— revela una dimensión menos visible: el poder en San Juan no se disputó únicamente en los cuarteles ni en los cargos públicos, sino también en la administración de herencias, en los matrimonios y en las lealtades familiares.
Como advierte Arlette Farge (1991), el archivo conserva no solo las decisiones formales del poder, sino también las huellas fragmentarias de conflictos cotidianos que terminan teniendo consecuencias políticas. Y, como ha señalado Dora Barrancos (2007), las mujeres participaron activamente en los procesos de construcción estatal en América Latina, aunque muchas veces lo hicieron desde espacios no institucionalizados.
Félix y Juana de la Roza no fueron figuras secundarias ni meras acompañantes de la política masculina. Una actuó para sostener un proyecto político en retirada; la otra quedó situada —y a la vez implicada— en la fractura que lo derrumbó. Ambas muestran que, desde los orígenes de la provincia, la política sanjuanina se organizó en un espacio donde lo público y lo privado nunca estuvieron completamente separados.
Comprender ese cruce entre familia, patrimonio y poder no es un gesto conmemorativo. Es una forma de leer la historia provincial con mayor densidad y de reconocer que, desde su nacimiento institucional, el género estructuró no solo las jerarquías domésticas, sino también la circulación misma del poder.
Fuentes
Barrancos, D. (2007). Mujeres en la sociedad argentina: Una historia de cinco siglos. Sudamericana.
Cutolo, V. O. (1968). Nuevo diccionario biográfico argentino (1750–1930). Editorial Elche.
Farge, A. (1991). La atracción del archivo. Edicions Alfons el Magnànim. (Trabajo original publicado en 1989).
Guerrero, C. H. (1960). El aporte de la mujer sanjuanina a la gesta libertadora del general San Martín. Archivo Histórico y Administrativo.
Guerrero, C. H. (1981). José Ignacio de la Roza: Un apóstol de la libertad. Comisión Pro Homenaje al Dr. José Ignacio de la Roza.
Sosa de Newton, L. (1986). Diccionario biográfico de mujeres argentinas. Editorial Plus Ultra.
Videla, H. (1972). Historia de San Juan (Tomo III). Academia del Plata