Rehilar el archivo con hilos feministas
La historia tardocolonial de San Juan ha sido narrada como una epopeya de conquistadores, viñedos y leyes borbónicas. Pero en los márgenes de sus documentos oficiales —en los pliegues de testamentos, en las notas al pie de litigios judiciales— late otra historia: la de mujeres que convirtieron el cuidado, el tejido de subsistencia y la gestión doméstica en actos políticos ¿Como era la vida de las sanjuaninas en las postrimerías de la colonia? ya habían pasado mas de dos siglos desde la fundación de la ciudad y los cambios eran notorios. Las relaciones de género y la cultura material nos han dejado sus fuentes que han sido notablemente analizadas por diversas historiadoras locales, entre ellas Ana Fanchín.
Durante el siglo XVIII el marco legal aun mantenía relegadas a las mujeres del accionar jurídico independiente, el ejercicio de funciones públicas y la administración de sus bienes. En todo caso la interposición de un varón era una condición necesaria para el goce de determinados derechos, sea este un jurista, un clérigo o un sujeto de la propia familia como un padre o el marido. Sin embargo, las condiciones empíricas de una sociedad se terminaban imponiendo por encima de los modelos normativos de la colonia.
La autora ha sabido identificar notables casos en los que la flexibilidad social de la practica en la vida cotidiana demuestran la capacidad femenina en el ejercicio de ciertos roles dentro y fuera del hogar colonial sanjuanino. De esta manera se posibilitaba la reproducción del orden político y económico, así como las jerarquías sociales de una cultura profundamente discriminatoria en términos de clase y de género.
Este artículo propone una cartografía de sus estrategias materiales. No se trata de rescatar "heroínas olvidadas", sino de demostrar que la agencia femenina colonial fue un fenómeno colectivo, tejido en la urdimbre de lo cotidiano. Como sostiene la antropóloga Rita Segato (2018), en América Latina, el género es una categoría indisoluble de la raza y la clase: tres ejes que aquí se entrelazan para desmontar el mito de la pasividad en torno al siglo XVII.
Cuerpos-territorio: Viñedos, testamentos y la disputa por los comunes
Los casos regidos a partir de fuentes locales, parroquiales, museológicas y judiciales le dan voz a las subjetividades femeninas que portaban ciertos privilegios en términos de propiedades muebles e inmuebles. Se trata de españolas, criollas o peninsulares, que por diferentes circunstancias habían logrado acceder al mercado local de bienes y servicios como productoras o consumidoras con cierta autonomía. De esta manera los documentos testamentarios, inventarios y procesos judiciales nos muestran un panorama de sus movimientos financieros y la composición de sus propiedades en clave familiar, ya sea por la dote, las deudas, la viudez o nuevas nupcias, entre otras motivaciones.
En términos absolutamente formales la tradición historiográfica adjudicaba, no sin cierto asidero social, un papel sumiso y dependiente a las mujeres, un rol signado por la sumisión y la debilidad. Si bien esto se basaba en el principio administrativo y patriarcal de sus bienes por parte del marido o el padre, existían numerosos casos a nivel regional que demostraban la capacidad de agencia material de su patrimonio dadas ciertas condiciones. Por ejemplo, las situaciones corrientes de la comunidad local que asistía a las mujeres en el embarazo, la maternidad múltiple, la viudez o las segundas nupcias permitían una ampliación de las potestades femeninas. La propiedad en el San Juan colonial no se limitaba a la tenencia de tierras: era un complejo entramado de derechos de uso, saberes agrícolas y reciprocidades comunitarias. Se ha identificado una mujer que cruzo la cordillera y que administró viñedos tras enviudar. No fue una simple "custodia" de bienes familiares. Según registros notariales, negoció la administración de su producción a pequeña escala, reservando la ganancia de las cosechas para asegurar su propio sustento. Se trataba de una gestión de recursos que prioriza la reproducción de la vida sobre la acumulación. Tal es el caso de Maria Agüero y su marido, quienes provenían de Chile tras perder a su hija. Consta su colaboración en la economía familiar con la posesión y el cuidado agrícola de viñedos, frutales y chacras en el hogar familiar. Una vez viuda, y a cargo de las deudas, se transformó en la responsable de alquilar las herramientas de trabajo de su difunto marido hasta casarse nuevamente, con quien no iría a aportar dote al matrimonio y moriría para volverla a dejar viuda. Al igual que ella Juana Benegas, quedó viuda y con su herencia administró la compra de un pequeño solar para ella y los sus hijos huérfanos.
Dominga Gutiérrez, española del siglo XVIII, asoció sus deudas familiares a las futuras vendimias del parral propio, operando bajo una lógica común. Al condicionar pagos a ciclos naturales, Dominga no solo protegía a sus herederos de la usura: instituía una temporalidad ecológica que acorde el cronos colonial. Como explica Maristella Svampa (2019), estas cláusulas testamentarias revelan una comprensión del tiempo como entidad cíclica, arraigada en rituales agrícolas precapitalistas. Dominga Gutiérrez, en efecto, fue el sostén material de su hogar al haber aportado la dote de un parral destinado a la vitivinicultura, a diferencia de su marido. En su testamento figuran las deudas a pagar con las futuras cosechas, lo que indica que el ciclo estacional de las viñas permitía el usufructo de gastos domésticos.
Telar decolonial, hilos de memoria, puntadas de insurgencia
Los telares coloniales fueron mucho más que herramientas domésticas. Fueron repositorios de memoria y tecnologías de traducción cultural. Desde un punto de vista económico la generación, circulación y distribución de la riqueza se mantenía a partir los factores de producción colonial: mano de obra artesanal, esclava o servil, tierra en forma de lotes urbanos con casa y espacio para agricultura o ganadería y capital, bienes heredados o deudas contraídas. Aunque la mano de obra asalariada e industrial tendría auge posteriormente, el trabajo doméstico sumaba activos a la economía familiar.
Así sucedió con Lorenza Fuenzalida, hija adoptiva del Alférez de la ciudad de quien recibió su nombre y una cuadra de tierra sobre la que se enajeno una parte para construir el hogar y la plantación familiar. De la riqueza producida heredó a su hija mobiliario y mulas. Una vez viuda, se volvió a casar con un indígena del norte sin dote pero con quien lograron sobrevivir gracias a un telar heredado de su hermana. Los tejidos de Lorenza combinaban motivos europeos y técnicas andinas de tejido en faz de urdimbre. Así probablemente, Lorenza garantizaba que sus mantas fueran aceptadas en el mercado colonial y garantizaba, al mismo tiempo, su propia subsistencia. Su segundo matrimonio —documentado en el registro local— amplió esta red. Posiblemente juntos, usaron ese telar en el solar de ella para producir textiles que intercambiaban regionalmente creando un circuito económico autónomo y al mismo tiempo doméstico.
El matrimonio cristiano fue un dispositivo de control, pero las mujeres sanjuaninas lo reinterpretaron como espacio de negociación económica familiar. Incluso en algunas situaciones dicho usufruto se tenía que compartir familiarmente con otro varón de la familia. Como a Micaela Balmaceda que le tocó distribuir los haberes obtenidos del alquiler de un salón en la ciudad con su hermano o Teresa Guardia, hija de un encomendero y una indígena. Había heredado de su padre un lote en San Juan, pero cuando su marido compró una finca en San Luis, uno de sus medio hermanos se convirtió en administrador aun cuando estaba viuda.
Ranchos, arcas y la materialidad textil de la memoria
El patrimonio material de estas mujeres coloniales, aunque modesto, operaba como un dispositivo político de negociación en la trama social. Ana Fanchín identifica tres categorías que trascienden la mera utilidad. Las viviendas multifuncionales, eran construidas en adobe y madera. Su amplitud —lejos de indicar precariedad— permitía desarrollar actividades productivas (tejido, conservas) y comunitarias (trueques, cuidado de menores), desdibujando la dicotomía público/privado.
El mobiliario como tecnología de resistencia, los arcones y alacenas no solo almacenaban alimentos o ropa; resguardaban herramientas artesanales que garantizaban autonomía económica, como telares o utensilios de alfarería. La vestimenta compuesta por indumentaria formal (trajes de misa, tocados) y su regulación suntuaria evidencian cómo el cuerpo femenino se convertía en un texto donde se inscribían jerarquías raciales. Una mulata encarcelada por usar un vestido de raso verde confeccionado por su esposo sastre pero robado por un esclavo— no es anécdota: expone la vigilancia colonial sobre los códigos vestimentarios como mecanismo de control racial y sexual. Se trata del caso de Tomasa Asaguate, también relevado por Fanchín. Fue encarcelada por usar un vestido de raso verde propio de damas españolas, no fue un simple delito de hurto. Las leyes hispanas convertían las telas en marcadores raciales: el raso y el terciopelo eran para blancos de calidad, mientras que negros y mestizos debían usar bayeta. Al vestir el traje robado —confeccionado por su esposo sastre mulato, Tomasa realizaba una performance de carácter investido: se apropiaba de los símbolos de sus opresores para denunciar su condición social.
Estos testimonios confirman que las sanjuaninas no fueron meras receptoras pasivas de bienes, sino gestoras activas de microeconomías domésticas. Su rol fluctuaba entre la acumulación de capital (mediante préstamos o herencias) y la supervivencia en contextos de extrema vulnerabilidad (viudez, orfandad). Fanchín demuestra que, incluso bajo tutela masculina, muchas ejercieron como administradoras únicas de patrimonios familiares, desafiando la narrativa de su sumisión legal. Su participación en circuitos de consumo (compraventa de tierras, gestión de deudas) las situaba como nodos centrales en la reproducción material de la sociedad colonial, aunque su labor siguiera siendo invisibilizada en los registros oficiales.
La aparente "limitación" de sus bienes no refleja pobreza, sino una racionalidad económica alternativa donde el valor se medía en redes de reciprocidad y no en acumulación individual. Cada objeto —un telar, un vestido, un arca— era un archivo material de resistencias cotidianas
Las mujeres coloniales de San Juan no fueron "excepciones" en un sistema opresivo: fueron arquitectas de una contra-normalidad que desestabilizó el proyecto colonial desde sus entrañas. Sus estrategias —los testamentos ecológicos de Dominga, los telares-traductores de Lorenza, las sastrerías clandestinas de Tomasa— son saberes nacidos en los márgenes del poder, que hoy nos interpelan a repensar la economía, el derecho y la memoria.
Bibliografía
- Segato, R. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad: Ensayos sobre género y colonialidad. Prometeo.
- Svampa, M. (2019). Las fronteras del neoextractivismo en América Latina. CEDLA.