miércoles 1 de abril 2026

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“Linchamientos” y la miscelánea de un día de mi vida – Por Marcelo J. Vera Merino. Abogado

Por Redacción Tiempo de San Juan

Siete horas del día jueves tres de abril. Me despierto para llevar a mis hijos al colegio. Esta vez no sentí el despertador (rectius, la alarma del celular). En mis oídos susurraba el clarín en su toque de diana. ¡Sí! Dormí de maravillas. La noche previa cerré mis ojos a la una y cinco minutos, ya del mismo día jueves. Tuve la gracia de ver un gran programa guiado por un excelente conductor, en el que se les rindió un justo homenaje a los ex combatientes y caídos en Malvinas. El clarín, ejecutado por el ex soldado Tabarez, nos convidó las melodías que nuestros soldados sentían en las Islas Australes. Esa música se alojó en mi interior para hacer fluir, desde mis ojos, algunas lágrimas de emoción e insuflar en mi alma una sensación de paz por el reconocimiento, no sólo a quienes allí combatieron, sino también a nuestras Fuerzas Armadas.

La brisa fresca de la mañana mi hizo recordar a mis días de vacaciones, junto a mi familia, en el vecino país. ¡Qué hermosos momentos de tranquilidad, seguridad, orden, unión, respeto y hospitalidad!

Recibo de mi esposa el café con leche, y se intensifican esos recuerdos al percibir el aroma del café colombiano adquirido en supermercados de nuestros hermanos trasandinos. Tomo mi compañera de trabajo para leer los diarios, y me encuentro con un nuevo debate nacional y popular: ¿quiénes somos las víctimas?

Del letargo del sueño y la paz interior que me brindó el clarín, paso a un alborotado intento de encontrar una respuesta a aquel interrogante, ya que también percibí en la fugaz lectura matinal de los diarios que habitualmente visito que el clarín, que susurraba en mis oídos y el que proyecta imágenes y palabras a mi retina para procesarlas en mi cerebro, es el que está provocando la reacción de algunos ciudadanos contra otros semejantes.

Siete y veinte, vuelvo a sentir la brisa fresca que me invita a volver a mi lecho, pero advierto que mis hijos deben llegar a tiempo al colegio.

Mientras conducía hasta esta institución de gestión privada, recordaba que a los pocos días de regresar de vacaciones, el mayor de mis hijos, aún menor de edad, fue víctima de un asalto, en la esquina de casa y bajo la luz del sol. Le hurtaron su preciada bicicleta y unas zapatillas, que él había adquirido con sus ahorros; por supuesto, luego de haber recibido un brutal empujón. Su reacción fue la de un adulto racional: aún cuando yacía en el pavimento digitó el 911. En esos momentos, vanos fueron los gritos de madres que presenciaron el episodio y de los amigos que lo acompañaban, como el heroico gesto de un vecino quien persiguió a los delincuentes, sin resultado, ya que desaparecieron misteriosamente.

Las semanas siguientes, estos hechos se repitieron, particularmente con amigos de mi hijo, todos “niños”. A algunos les hurtaron sus bicicletas, a otros sus celulares, unos fueron engañados y otros golpeados.

Después de que sucedieron varios de estos ilícitos, y sabiendo que un padre tomó la decisión de recuperar por sus propios medios la bicicleta de su hijo, y ante los comentarios del mío y sus amigos que se arrepentían de no haber actuado y de la disconformidad por la injusticia de los premios a los jóvenes que no trabajan ni estudian, volví a sentarme a dialogar con mis tres descendientes.

Les insistí en el “amor”, entendido como “querer el bien de otro en cuanto otro”, como único canal para reencauzar a nuestra sociedad. Les recordé la trama de la película “Invictus”, que hemos compartido en más de una ocasión, para destacar cómo se puede sembrar unión, aún en sociedades profundamente divididas y enfrentadas.  Me replicaron con palabras de Francisco, y comencé a comprender que estaban aprendiendo el mensaje.

Ahora bien, al propio tiempo, debí serles sinceros y advertirles de mi temor a que se produjeran enfrentamientos entre víctimas y victimarios, porque, tal como me dijeron en sede policial cuando radiqué la denuncia, ustedes están viviendo en una burbuja, pero poco a poco está siendo penetrada para instalarse allí la inseguridad.

Los asaltos, inclusive a mano armada, continuaron y continúan sucediendo. La bronca de los vecinos, ante la ausencia de quien debería darnos garantía pero que prefiere estar presente en actividades que nos corresponden a los privados, se canaliza en la ejecución de los actos necesarios para defender su vida, su integridad física, su patrimonio, y lo más importante, la tranquilidad y felicidad en la infancia para tener una buena adultez.

Mi hijo, gracias a la diligencia y probidad de muchos policías, recuperó su bicicleta.

Vuelvo a mi día jueves. Llegué a mi lugar de trabajo. Después de hacer algunas actividades, me dirigí al Centro Cívico, precisamente al Cuarto Piso, donde funciona la Dirección de Defensa del Consumidor.

Habitualmente concurro, por mi profesión, a esa repartición, en representación y defensa de empresas, profundamente consustanciado con ellas ya que las considero las “células básicas de la economía de mercado”.

Para mi sorpresa, antes de golpear la puerta, que siempre he golpeado, para ser atendido o informar de mi presencia ante una audiencia, fui detenido por un joven de no más de quince años, quien me prohibió el ingreso, argumentando que se trataba de una decisión del Director.
Sumido en la más absoluta perplejidad, ya que mi alborotada cabeza no comprendía cómo quien ejerce el poder de policía en uno de los ámbitos en que las empresas interactúan en la sociedad, estaba permitiendo el trabajo de un “niño” y sin ningún tipo de vinculación formal; entonces, le pregunté al menor sobre su situación y relación con esta dependencia del Estado Provincial. Su respuesta fue la propia de un adolescente rebelde, por lo que pedí hablar con su padre, ya que me indicó que él trabajaba ahí.

Los detalles de la conversación posterior carecen de sentido. Lo trascendente es que mi memoria me trajo, del más remoto pasado, las representaciones que me hice desde mi infancia de las anécdotas que me comentaban mi bisabuelo, y mis dos abuelos, de distintas pertenencias políticas, sobre cómo se ejercía este arte en los comités o juntas,  inclusive en los lugares destinados al acto comicial, a mitades del siglo pasado.

He tenido la oportunidad de ser atendido por funcionarios de los tres poderes, y siempre he sido muy bien recibido y tratado con el respeto que nos merecemos los ciudadanos de esta Nación. E, inclusive, sé de la hospitalidad, sencillez y humildad para la recepción y atención, a cualquier persona, por parte de nuestro primer mandatario provincial. Por ello, la falta de respeto y el anacronismo de la actitud de este funcionario, lo dejan absolutamente aislado y desubicado en el contexto de la actual gestión de Gobierno.

Coherente con la regla que describí en el párrafo anterior, luego de dejar aquella dependencia, me acerqué hasta la autoridad administrativa provincial del trabajo, para continuar con la prestación de mis servicios, y, por supuesto fui atendido con el respeto que habitualmente se nos dispensa a los profesionales.

Terminaba mi primera media jornada. Subí nuevamente a mi automóvil para dirigirme a casa. La radio que escucho desde hace 20 años, y cuya frecuencia no dejo que me cambien del dial, también trataba el tema de la reacción de la gente frente a la inseguridad. De la voz del conductor del programa informativo de esta emisora, siento que la persona, cuya integridad física preservó un reconocido actor, había sido puesta en libertad a escasos minutos de la medianoche.

Llegué a casa, luego de almorzar tomé nuevamente mi compañera de trabajo y me sumergí en el mundo virtual para informarme.

El tema más abordado continuaba siendo el de la administración de justicia en forma privada. Leí desde los comentarios más equilibrados hasta los de aquellos que tratan de encontrar la razón de este fenómeno social en cuestiones ideológicas o mediáticas.

Nuevamente fui consultado por uno de mis hijos. Esta vez la duda era sobre el significado de “linchamiento”. La respuesta pareció ser sencilla, pero la dificultad se me presentó cuando me repreguntó si se trataba de una información exagerada por los medios y peor cuando me planteaba si “los militares” tenían que ver con esto.

¡Qué difícil es ser padre hoy!

Ya tuve que darles respuestas sobre cuestiones sucedidas durante mi infancia, puesto que desde la institución educativa a la que antes asistían les fue suministrada información incorrecta, o, al menos, mal procesada. Por supuesto que, en aquella ocasión, por cierto demasiado engorrosa, también recurrí al verbo “amar” y al ejemplo de “Invictus”, entre otras herramientas.

Llegó la tarde, continué trabajando y, después de unas horas, decidí plasmar en estas líneas la crónica de mi día jueves.

Sentado en mi escritorio, y esperando la hora de la cena para reunirme con mis amigos, comencé a pensar en la melodía del clarín que me invitó a dormir anoche.

Si bien no quiero que el clarín vuelva a sentirse a toda hora, si pretendo que su melodía sea respetada, que la misma nos emocione, por todo lo que dieron nuestros soldados.

Tampoco quiero que el clarín sea la única voz, pero no podemos permitir que ésta sea callada.
No podemos responsabilizar al “clarín estridente” de estos episodios, como tampoco al “clarín independiente”.

Es un fenómeno social complejo, que no estoy ni capacitado ni autorizado para tratarlo.
Ahora bien, es cierto que ya no hay una “sensación” de inseguridad, sino que vivimos en un “estado de inseguridad”.

Lo importante es que el tema ha sido puesto sobre todas las mesas de debate, aunque la causa de algunas voces se encuentre en la defensa de los derechos de los victimarios.
El Estado debe actuar. Es ahí donde le cabe ocuparse.

La Nación podría comenzar con imitar algunas medidas como las adoptadas en nuestra Provincia con relación a los delincuentes que son sorprendidos en la flagrante comisión del hecho delictivo.

¡Nosotros también tenemos derechos!

Indudablemente estamos presenciando la cosecha de lo sembrado.

Es el diálogo en un marco de respeto y tolerancia, ambos consecuencia del amor, el que nos conducirá a la solución y no la dialéctica constante y reiteradamente instalada en cada uno de los asuntos en que no se admite la responsabilidad propia.

Destaqué, en algún pasaje del presente, la actitud racional de mi hijo frente al triste episodio que vivió.

Ahora, cuando intento cerrar, me debato entre la razón y la emoción. La razón, como tantas otras veces, me ordena guardar el archivo en una de mis carpetas. La emoción me invita a arriesgarme. Me pregunto, ¿será por temor?

Si estos párrafos son publicados, es simplemente porque mi corazón, alimentado por el amor de mi familia, me guió a hacer público mi pensamiento a fin de compartirlo con esta sociedad que tanto quiero.

 

 

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