fallecimiento de Spinetta

Alma de diamante - Por Omar Garade

miércoles, 08 de febrero de 2012 · 21:21

Me acaban de llamar. Recién me entero. Me fijo en la fecha: 8 de febrero del 2012. Ya los febreros no serán iguales, mes tonto si los hay. No me veo en un espejo pero me imagino como el dibujo del primer disco de Almendra. Ese alargado personaje con una sopapita en la cabeza y una enorme lágrima en el rostro.

Estoy en la compu puse el video del mega recital de EL y sus Bandas Eternas. Como siempre toda la hipermusicalidad de sus temas solo son lechos para el caudal de su voz y sus irreversibles letras.  Está frente al micrófono y solo lo acompaña uno de sus geniales amigos en los teclados. “Yo me recuesto y ella en el final / Viene dormirme movida de estrellas”, dice cubriendo todo con su poesía.

Yo lo conocí. Cuando me recibí de periodista fuimos en un viaje de estudios a Capital Federal. Mis compañeros querían conocer a gente de la tele, yo quería hacerle una nota al Flaco. Estaba en la Rock & Pop según me informó su jefe de prensa, presentando un disco solista: “Tester de violencia”. Me fui para allá, esperé en la puerta a que saliera. Miraba fijo el ascensor por donde esperaba que bajara, pero no salió por ahí, salió por la escalera. Me sorprendí y me largue a llorar.

El tipo me vio. Con mi grabador de Radio Nacional Córdoba, se me acercó, me abrazó y me dijo:  “No pasa nada loco”. De allí nos fuimos a una pizzería y le pude hacer tal vez la nota más querida en mi vida. El era igual que sus letras, hablaba igual, con las mismas palabras. Totalmente encriptado, totalmente apasionado. “¿Me entendés loco?” me dijo al terminar de explicarme que quería decir la letra de “Muchacha ojos de papel”. Por supuesto, le respondí, cuando en realidad no entendía ni jota lo que el tipo me explicaba.

Lo que me quedó en claro en esa oportunidad y me quedará claro para siempre, es que Luis Alberto Spinetta tenía como mayor cualidad su autenticidad. El era así todo el tiempo. No era un roquero todo dramático y rebelde sin causa. Era un tipo ensimismados de millones de metáforas que las volcaba en sus canciones. El era básicamente un poeta, un hermoso poeta que además tocaba la guitarra.

A mis 13 años, en esa zona oscura del país durante la última dictadura militar, los pocos que escuchábamos rock adoctrinados por algún pariente treintón, elegíamos entre Charly y él. Era el River-Boca (el Flaco gallina de alma). O escuchabas Serú o Jade. Las dos cosas a la vez no se “podía”. Unos eran los que estaban de moda, y Jade era la banda de los grandes músicos. Estupideces de esa época.

Pero de esa manera nos obsesionamos con su música y la recorrimos entera desde sus inicios. Delirábamos con Almendra: “Las manos de Fermín / giran y el también / giran y dan más vueltas”.  Rockeamos con Pescado Rabioso: “Todas las hojas son del viento / ya que él las mueve hasta la muerte / menos la luz del sol”. Viajamos infinitamente con Invisible: “Dicen que en este valle / los duraznos son de los duendes”.

Las primera vez que lo ví en vivo fue en 1980 en el Chateau Carreras cuando se presentó con Almendra en aquella gira nacional del reencuentro de una de las bandas más creativas de la música nacional. No subieron a “chorear”, estrenaron un tema que tal vez sea uno de los mejores de esa formación: “Este hombre es un silencio / esto continúa en mi…”, dice la letra del épico y oscuro Jaguar Herido.

Después de Almendra comenzó con la aventura de Spinetta Jade. Me acuerdo una vez en el festival de La Falda Rock, cuando subió después de un grupo de folklore fusión, que los rifferos de esa época (con sus “camperas de cuero y tachas brillando al sol”) bajaron a monedazos del escenario. El Flaco volvió acompañando a esos músicos y dijo “me voy a quedar acá para ver nadie le tire nada a estos artistas hasta que terminen de tocar”. Y así fue se quedó parado al costado del escenario y vigilaba como un padre omnipresente que “todos se portaran bien”. Nadie volvió a tirar una moneda.

Sus formaciones y discos de Jade eran impresionantes. “Sexo / amo tu sexo mujer / te veo toda a través de las caricias”, cantaba el Flaco, mientras sus letras se hacían cada vez más comprensibles, no tan solo porque él quería que así fuera, sino que también porque uno iba creciendo y comprendía otras cosas, otras imágenes. “Vamos a buscar / aquel viejo tiburón/ a las profundidades del mar de la sangre / Lo obligaremos a dar su corazón / a dar el antídoto / contra todos los males de este mundo”.

Luego vino su etapa solista. Que fue al igual que otras épocas de su carrera un momento altamente experimental. Así lo decía él, que entre otras cosas decía que escribía música para que sus hijos bailaran en las discos. “Bajo la herencia la inmortalidad / cultura y poder son esta porno bajón / por un color, sólo por un color/ no somos tan malos todo va a estallar /ondas en aire/ ondas en aire/ ondas en aire”, decía ese himno para el hincha de fútbol muerto en la canción “La bengala perdida” del disco Tester de Violencia.

El mejor recital que vi de él fue en San Juan. Fue en el Pub Urquiza. No había ni cien personas. Todos sentados, tomando algo, hasta que él apareció. De buen humor, totalmente relajado, solo con su viola que parecía la MahavishnuOrchestra.  Por primera vez lo escuché dialogar con el público, contar de que iban las canciones, aún las nueva que estrenaba justo en ese momento (Spinetta siempre tenía una canción para estrenar), reírse, hacer bromas y hasta cantar Muchacha ante el suspiro general de lo sanjuaninos.

Con su última banda “Los socios del desierto” le perdí un poco la pisada, pero nunca del todo. Retomé de nuevo el fuerte lazo de sus canciones, en el 2009 cuando realizó el megaconcierto de “Spinetta y las Bandas Eternas” que realmente fue un regalo al corazón. Todos estuvieron con él, y el flaco se dio el lujo de tocar todo su repertorio. El solista, el de sus bandas y por supuesto presentar un nuevo tema. Inolvidable y glorioso.

Este 8 de febrero del 2012, solo se puede comparar con aquel 8 de diciembre de 1980, cuando otra alma de diamante se fue de este plano para ir a brillar a otro lado.  Recuerdo amigos míos mayores que yo llorando desconsoladamente por la muerte de Lennon. A mí no me pasó lo mismo con la noticia de la muerte del Flaco. Quizás porque sabía que estaba enfermo y que podía pasar de un momento a otro.

Yo solo tuve una lágrima como el dibujo de Almendra. Una lágrima de tristeza porque lo perdí, porque con él se va una parte de mi historia. Una parte que tiene que ver con el arte, con la poesía, con la emoción. Con esa idea estupenda de que todos somos y todos tenemos en nosotros una hermosa y única Alma de diamante.
Mientras repaso esa letra: “Y aunque el sol / se nuble después / sos alma de diamante / cielo o piel / silencio o verdad / sos alma de diamante”, solo pasó imágenes en mi cabeza, subo el volumen y escucho al Flaco que me dice “No pasa nada loco”.

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