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miércoles 29 de abril de 2026

Por un casero y un cura

El terrible caso de un chico que fue doblemente abusado

Rufino Varela, el protagonista, quiso suicidarse después de los primeros abusos, y sufrió otro por el religioso al que le contó, en confesión, su drama.
Por Redacción Tiempo de San Juan
Rufino Varela es un hombre común. Tiene 52 años, mujer, dos hijos. Ningún rasgo, a priori, indica que carga con un drama, salvo cierta ansiedad y desconfianza que cada tanto lo agitan, escribe
Alfredo Serra para Infobae.

Fue profesor de tenis, y ahora importa muebles de jardín. Datos nada relevantes.

Sin embargo, hace 36 años, fines de los años 80, recién cumplidos sus 15 y a solas, puso en su frente el caño de una escopeta cargada, decidido a matarse.

Sucedió en la casa de Don Torcuato donde vivían los Varela: matrimonio y seis hijos.

Lo salvó de la muerte la llegada providencial de su madre, que entró en el cuarto a dejar ropa recién planchada.

Por un instante, los dos quedaron paralizados. Hasta que Rufino, llorando y en tres palabras, descorrió el telón:
–José me abusa.

José Antonio Moreira era un albañil que trabajó allí cuando los Varela construyeron su casa, y luego quedó como casero. Era, para la familia, un hombre confiable. Tenía 23 años, y dormía en un cuarto que estaba junto al depósito de herramientas.

Un día les pidió permiso a los padres de Rufino para llevarlo de pesca.
Aceptaron.
Y en esas excursiones, José empezó su miserable plan: abusar al chico, y amenazarlo con castigos si contaba la verdad.

El calvario duró cuatro años.
José fue echado.
Y en la casa nadie volvió a hablar del drama.
El intento de suicidio de Rufino, el grito desgarrador de su madre al saber el porqué, los abusos en que terminaban aquellas excursiones de pesca, fueron encerrados en el más remoto desván de la memoria.

Eso, hasta hace unos días, y después de un par de sucesos importantes en la vida de Rufino: una mudanza, y el casamiento de su hija.

Porque ya era imposible callar.

Cuando el albañil empezó a abusar de Rufino, éste era alumno del ciclo primario en el colegio Cardenal Newman.
El mismo al que asistieron el presidente Macri y varios de sus colaboradores.

Ya en séptimo grado, sin poder soportar la carga de angustia, buscó al capellán irlandés Finnlugh Mac Conastair, conocido como "El padre Alfredo", y en confesión le contó el horror que estaba viviendo.

La respuesta, según narró el desdichado Rufino, no fue menos aterradora.
El cura lo llevó a su cuarto, debajo de la capilla, lo obligó a bajarse los pantalones, lo acostó boca abajo en su catre, le tapó la cabeza con una almohada, le dio diez azotes –con un cinturón de cuero, cree Rufino: no lo vio–, le tocó los genitales, y lo atormentó con preguntas sobre los detalles sexuales vividos.

Al terminar, según Rufino, le dijo:
–Ya estás en paz, y esto es un secreto entre nosotros y Dios.
Intentó darle unos caramelos masticables, "pero le metí un codazo, salí corriendo, y volví a la clase llorando", recuerda hoy el protagonista, en una entrevista con La Nación.

Sucedió un mediodía de 1977.
El chico –la doble víctima– tenía 12 años.

Por fin, este año, Rufino logró tener seis reuniones con las autoridades del Colegio Cardenal Newman.
En una de ellas lanzó una pregunta tan explosiva como certera:
–¿Cuántos caramelos de esa bolsa se repartieron?
Porque cree que hubo más víctimas del "padre Alfredo"…

Para peor, otra vuelta de tuerca.
En tercer año del secundario, Rufino le contó el episodio a otro cura del colegio, Desmond Finegan.
La respuesta fue un monumento al cinismo: "Tenés que perdonar al padre Alfredo porque estaba muy viejo".

Rufino no pide mucho.
Apenas un mínimo acto de justicia.
Que el Newman pida perdón.

Pero como el caracol, el caso tiene varias vueltas.
Alberto Olivero, el director del colegio, dice que "el pedido de disculpas es una obligación moral del colegio".
Pero instaló un filtro.
Según él, Rufino debió buscar ayuda psicológica antes de hacer público su caso…

Es más. Dice que el psiquiatra Alfredo Painceira, al que consultaron, y que califica como "de lo mejor", opina que lo peor que le podía pasar a Rufino es que el suceso se hiciera público, "porque lo que él está necesitando es un tratamiento psicológico" (¿?)

Palabras más o menos, es invertir la carga de la prueba…

Y en el medio de este proceso apareció otro personaje: John Burke, un cura que era director del Newman cuando Rufino era alumno.
Vive en Irlanda, pero viajó a Buenos Aires para ocuparse de las negociaciones por los escándalos de abuso que hoy pesan sobre su orden, los Christian Brothers, fundadores del Newman en 1948.
Y es el mismo hombre que retiró al "padre Alfredo" del colegio… sin informar por qué.
Lo mandó a la vicaría de San Cayetano, en José León Suárez, y murió allí en 1997, a los 88 años.
Sin pagar por su delito.

Más allá de las reuniones de Rufino con los curas del colegio, de las marchas y contramarchas, de los esquives, de las excusas y de cuanto sugiere, por lo menos, un ocultamiento de la verdad, el caso es gravísimo.

Porque no hubo todavía un pedido oficial de disculpas, claro y con todas las letras.
Porque no se sancionó al "Padre Alfredo".
Por insistir en que la víctima, antes de su denuncia, debió acudir a un psicólogo.

En tiempos tormentosos (los curas pedófilos de Boston que denunció el diario "Boston Globe", los del instituto de Mendoza, que se descubren con frecuencia asombrosa), el caso del doble abusado Rufino Varela potencia el escándalo.

Por cierto, es un clavo en la carne del el prestigioso Colegio Cardenal Newman.
Pero no se acota entre sus paredes.
Es otro clavo ardiente para la Iglesia toda.
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