Minifalda, pantalones Oxford, Claudio García Satur dando vida a Rolando Rivas, el taxista enamorado de la glamorosa Mónica, interpretada por Soledad Silveyra. Imágenes que inevitablemente se asocian a los ’70, una década revisitada para analizar otros aspectos de la vida de aquellos años: guerrilla, militancia, violencia. Sin embargo, que esas imágenes persistan indican la existencia de grupos sociales alejados de la política, sobre todo de clase media. Un sector que ha sido acusado de colchón que impide la revolución, sin conciencia de clase, de ser cómplice de la última dictadura militar. Pero, ¿qué los llevó a argumentar “por algo será” o “algo habrán hecho”? ¿Fueron realmente cómplices de la ferocidad militar desde su silencio? ¿Qué sintieron, cómo vivieron la cotidianeidad de un tiempo revolucionado?
La génesis del no te metás
Piezas de un rompecabezas que reconstruyó Sebastián Carassai, sociólogo de 41 años, en su libro Los años setenta de la gente común (Siglo XXI Editores). Y siguiendo la idea de Baruch Spinoza, “no me voy a dedicar a juzgar sino a comprender” –comprensión que no implica justificación–, buscó la evidencia empírica que le faltaba. Eligió tres ciudades, Correa (cerca de Rosario, Santa Fe), Buenos Aires y Tucumán, como representativas de conglomerados urbanos de distinta densidad habitacional y fue al encuentro de testimonios: por qué actuaron como lo hicieron y por qué recuerdan los hechos de una forma y no de otra. Complementó la investigación con archivos televisivos y gráficos (diarios y revistas semanales que “formaban opinión pública” como Panorama, Primera Plana, Confirmado, Análisis, etc.). Y para evitar la volatilidad de la memoria, siempre redefiniéndose, grabó un documental (Coma 13, del Cordobazo a Malvinas, 13 años, sin voz en off), una suerte de collage de la época que miró junto a los entrevistados para encauzar las conversaciones hacia lo que cada quien sintió en aquel momento.
Y el cada quien engloba un sector importante de la sociedad: el antiperonista o no peronista que vivió el gobierno de Cámpora, el regreso de Perón, el gobierno de Isabel y el golpe del ’76, con la misma mirada que tenía en las primeras presidencias de Perón.
Dora señaló: “No lo voté a Cámpora ni a Perón. Gracias a Dios. Me cortaría la mano”. Jorge recordó a Cámpora como “un mequetrefe. El peronismo funciona así: hay uno arriba, el de abajo chupamedias y el que más lame es el que está más cerca”.
Luis, para reforzar su idea de que el peronismo era sinónimo de no libertad, contó que “al papá de mi mujer, en Carcarañá, lo suspendieron en el laburo porque no había ido a la misa en recordación de Evita”. Sergio, para explicar que su familia no era peronista, señaló: “Mi papá era técnico azucarero y mi mamá doctora en farmacia y bioquímica, profesora en la universidad”, dando por sobreentendido que el tener estudios superiores determinaba la filiación antiperonista.
“La sensibilidad antiperonista es fundamental para entender qué vio ese sector en ese proceso; todo era leído desde la experiencia o memoria de haber resistido los años peronistas de los ’40 y ’50. Y eso también explica la reacción ante el golpe del ’76”, dice Carassai.
Se refiere a la diferencia en el humor social ante dos hechos comparables: el derrocamiento de Perón en el ’55, con plazas desbordantes de gente que celebraba con algarabía, y la destitución de Isabel, con calles ocupadas por tanques y ninguna plaza de festejo. Carassai propone que como los sectores no peronistas se recuerdan resistiendo las medidas del gobierno, festejaron la idea de liberación de una opresión. En cambio, en el ’76 no se sintieron resistiendo sino resignados: “Después de casi dos décadas de intentos de desperonizar el país, en marzo del ’73 se comprobó que el peronismo seguía siendo una mayoría ineludible y que iba a ganar cualquier elección libre. La resignación estaba en que ‘no hay nada que hacer, este país no tiene remedio’. Y eso se tradujo cuando sucedió lo que estaba anunciado y era evidente, el golpe, en una deserción. Hubo una suerte de paisaje desértico”.
Para Diego, que terminaba el secundario, “Tucumán nunca estuvo dividido, el resto de la gente se mantenía aparte. Era una pelea entre los marxistas, los guerrilleros y los militares”. Con una mirada más política, Linda no se sorprendió: “Fue como Crónica de una muerte anunciada… la gente ya estaba asqueada del gobierno, de Isabel, había un descontrol, era algo que se pedía. Se golpearon las puertas de los cuarteles, realmente”.
¿Y qué pensaron después, cuando las personas comenzaron a desaparecer? Nada en especial, porque la violencia era algo presente y constante, según constató Carassai analizando los archivos de época: “Ya en el ’75 las denuncias de torturas, desapariciones, la aparición de cadáveres en la ciudad o en el río, el accionar de la Triple A y los múltiples enfrentamientos, fueron creando cierto imaginario de violencia. Así que estos sectores no vieron en la violencia estatal una novedad”.
Las publicidades de la época confirman lo natural que resultaba la violencia, ya que la utilizaban en pos de su objetivo: interpelar el deseo del consumidor. Por ejemplo: la empresa automotriz Citroën promocionaba su modelo Ami 8 junto a revólveres y los limpiadores de ropa, con amas de casa que apuntaban con rifles a las prendas sucias. Pero también se mezclaban los juegos de palabras del ámbito político, como en la publicidad de las compañías aéreas Austral-Ala, elegida como portada del libro de Carassai: “…Si alguna vez le sirven con la izquierda, avísenos. Se nos filtró una zurda”, interpelaba el texto.
“Había una banalización de la violencia. Y el golpe produce en el terreno simbólico lo mismo que en el terreno material: las publicidades dejan de tener un lenguaje de violencia y el Estado se muestra, incluso en las publicidades, con armas en la mano”.
Clásico ejemplo el del famoso “tanquecito de la DGI”, manejado por un muñequito blanco que perseguía sin descanso a uno negro: el evasor impositivo. “El Estado se mostraba ejerciendo el terror con imágenes demasiado elocuentes: el evasor atado a una silla y el agente de la DGI a punto de dinamitarlo. Equiparó al evasor con el subversivo cuando las guerrillas ya no representaban una amenaza”.
El otro sector que reflejó la naturalización de la violencia fue el del humor, ya sea en sus vertientes gráfica –con autores como Quino, Caloi o Fontanarrosa– como televisiva, donde reinaban los monólogos domingueros del genial Tato Bores. Un ejemplo de la enfant terrible: Mafalda camina por el barrio y llega a una cuadra donde varios operarios trabajan con mazas, palas y taladros neumáticos. La niña los mira, y en el momento en que se hace un pequeño silencio, pregunta: “¿Qué están tratando de hacerle confesar a esta pobre calle?”.
A esa situación, señala Carassai, se suma otro elemento: la violencia era asociada a la ausencia del Estado. Lucía recordó que “ya no se podía salir a la calle, porque en cualquier lado había una bomba”, una sensación que comparte Aldo al señalar que “a esa gente (la guerrilla) tenían que pararla… subíamos a un ómnibus y te metían una bomba, a la mierda, mataban gente inocente”. Para el investigador “lo que veían y leían en los medios era que nadie los podía proteger, que las balas podían venir de un lado o de otro. Si hubo un elemento novedoso fue la sensación de que el Estado había regresado para reclamar el monopolio de la violencia y que de ahí en más se sabía de dónde podían llegar las balas”.
Suena conocido, ¿verdad? La teoría de los dos demonios se basa en elementos similares y aunque Carassai no bucea en este tema en su libro, asegura que “el diagnóstico de la prensa más influyente, desde comienzos de la violencia guerrillera de los ’60/’70, ya anticipaba esa teoría. La idea de que esa violencia necesariamente iba a generar respuesta de parte del Estado, encubierta o no, estaba presente en casi todos los artículos que daban cuenta del accionar de la guerrilla. Y ninguno sugería que una violencia podía ser peor que la otra, cuando todos sabemos que cuando proviene del Estado es inexcusablemente más atroz. Por eso tuvo tanto éxito la teoría de los dos demonios, la sociedad civil ya la había consensuado cuando Alfonsín la convirtió en teoría con todas las letras”.
Aquel acostumbramiento del que habla Carassai también explicaría al menos un aspecto de la supuesta actitud cómplice de las clases medias con las dictaduras a través de frases que evidencian posturas, como “por algo será” o “algo habrá hecho”, frases que todavía hoy aparecen en los testimonios: “Las leo referidas a un supuesto saber del Estado más que a las actitudes de los reprimidos; la idea de que no podía ser que secuestraran porque sí, debían saber por qué hacían lo que hacían. El Estado no podía ser irracional”.
Lo deja entrever Elsa, cuando dice que “si hubo desaparecidos, hubo cosas, en algo han andado, ¿por qué se los llevaron? ¿Qué pasaba? Acá en los pueblos decíamos: ¿y cómo acá no vinieron a llevarse a nadie?, ¿por qué se llevaron a los de las grandes ciudades?”. Y Aldo, quien contó que “viajé a Rosario del ’75 al ’80, jamás me pidieron documentos. Bueno, conocerían a la gente…”. El sociólogo agrega que se sumaba “cierto fetiche estatal: ellos sabían dónde buscar a los enemigos, aun cuando había evidencias en contrario, porque los fetiches no necesitan de verdades sino de creencias”.
Una conversación con Carassai sobre los diversos aspectos que abarcó su investigación podría durar horas, desde cómo la segmentación generacional marcó diferentes percepciones, hasta lo que podría haber descubierto de bucear en el movimiento obrero no militante. A lo largo del proceso, el sociólogo se vio sorprendido varias veces, pero sobre todo descubrió que “estos sectores son heterogéneos, cualquier cosa que se diga sobre un sector tan amplio peca de generalización, porque tienen diferentes actitudes hacia el interior de sí mismos”. Y fiel a aquel principio de Spinoza, no hay en su texto un juicio de valor sobre las palabras o sentimientos de los testimoniantes sino un compendio histórico para comprender los porqués de un sector social tan criticado como deseado. Comprensión que no implica justificación.