Por Sebastián Saharrea
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Pueden mirarse por la ventana, si no fuera por las cortinas. De un lado del tercer piso del edificio de Tribunales están los despachos donde cada uno de los cinco integrantes de la Corte cumple horario de oficina y rara vez se quedan más allá de la una en punto del mediodía. Del otro, pulmón de por medio, está la oficina del fiscal General de la Corte, Eduardo Quattropani, a quien por cuestiones que pocos conocen llaman “Jimmy”. Son institucionalmente complementarios: unos, jefes supremos de los que juzgan en la provincia, el otro mandamás de los que acusan. Pero puede ocurrir que algún visitante ocasional de esos despachos escuche hablar de la contraparte en términos de desprecio y sin filtro: “Los que acá enfrente”, “el muchacho éste”.
