Rubén Ceballos volvió a empezar lejos de casa, pero no desde cero, sino desde todo lo que le dejó el camino recorrido. Incluso los momentos más duros, porque antes de este presente en Italia hubo un parate obligado, una pancreatitis que lo tuvo muy mal y que lo sacó de las canchas cuando todavía sentía que tenía cosas por dar. Sin dudas una etapa que lo marcó y que, con el tiempo, terminó empujándolo a replantearse el rumbo hasta animarse a dar un giro que hoy lo encuentra con 43 años, otra vez dentro de una cancha, pero también al frente de chicos y con un proyecto que mira más allá de su propia historia.
Rubén Ceballos y cómo se reinventó en Italia: volvió a calzarse los botines, dirige y busca exportar talentos sanjuaninos al Viejo Continente
Después de la pancreatitis que lo tuvo al botde de la muerte y lo alejó de las canchas, el sanjuanino y exAlianza armó una nueva vida en el sur italiano: volvió a jugar a los 43 años, dirige en inferiores y proyecta un puente para que jóvenes futbolistas de la provincia tengan su oportunidad en Europa.
Ese nuevo capítulo empezó casi sin certezas, con una idea que lo llevaba a Estados Unidos para trabajar en una filial de la Juventus junto a Marcelo Berza, conocido en el fútbol sanjuanino. Sin embargo, esa posibilidad no terminó de concretarse por cuestiones burocráticas, sobre todo vinculadas a la VISA, lo que lo obligó a frenar y pensar alternativas en un momento en el que todo estaba en movimiento. Fue hasta que apareció Italia como una opción posible a partir del vínculo con Daniela, su pareja, que ya estaba instalada allí y que le abrió una puerta en un contexto distinto.
“Me vine en junio del año pasado con la idea de quedarme tres meses y ver si podía hacer algo con el fútbol”, cuenta, aunque ese plazo inicial se desdibujó rápidamente porque lo que encontró del otro lado fue mucho más que una experiencia pasajera. Allí encontró un espacio donde pudo reconstruirse desde lo personal y lo profesional, aun cuando el inicio no tuvo al fútbol como protagonista inmediato, sino que, como le ocurre a muchos que emigran, tuvo que combinar distintas actividades para sostenerse mientras buscaba su lugar.
Con materiales deportivos en la valija, mercadería de un emprendimiento familiar de bijouterie y la predisposición para trabajar en lo que apareciera, Ceballos empezó a moverse en el sur italiano. Primero lo hizo como camarero durante el verano europeo, en plena temporada de playa, y al mismo tiempo armando una escuelita de fútbol que le permitió mantenerse cerca de lo que siempre fue su eje. En meses en los que la actividad formal estaba detenida, lo que hizo que todo fuera más pausado pero también más desafiante.
Cuando llegó septiembre, con el reinicio de la temporada, las oportunidades empezaron a aparecer a partir de los contactos en la zona y así se fue metiendo en el circuito de escuelitas y sociedades deportivas. Primero tocó en San Gregorio Magno y luego en Palomonte, donde hoy dirige categorías formativas con chicos de entre 10 y 12 años, dentro de estructuras que incluso están vinculadas a clubes profesionales, lo que le dio otra dimensión a su trabajo diario. “Una de las escuelitas es filial del Bologna y hace poco viajamos a ver el predio, a mostrar cómo trabajamos, fue una experiencia muy linda”, cuenta, mientras también se sumó a un equipo de categoría Promoción donde colabora como entrenador, en un entramado en el que los clubes funcionan como redes que comparten jugadores, profes y espacios.
En medio de ese crecimiento, apareció algo que no estaba en los planes inmediatos, pero que terminó siendo una de las partes más fuertes de esta historia: la vuelta a jugar, algo que no ocurría desde hacía varios años y que incluso parecía improbable después de lo que había atravesado, aunque el contacto cotidiano con el fútbol fue despertando otra vez esa necesidad. Empezó entrenando, sin apuro, hasta que llegó la habilitación y el regreso se hizo oficial. “Ya llevo seis partidos y metí dos goles”, dice el ex Alianza, casi con sorpresa, porque a los 43 años no sólo volvió, sino que lo hizo en un contexto competitivo, en una liga donde se viaja, se juega seguido y el nivel exige.
Hoy forma parte de la ASD Gregoriana, el club del pueblo donde vive, y aunque lo define como algo que hace “tranquilo” y como un hobby, también reconoce que la competencia es real y que el equipo logró levantar un momento complicado. Lo que le suma valor a esta etapa en la que el disfrute convive con el compromiso, en un equilibrio que le permite seguir vinculado al juego desde otro lugar.
Sin embargo, lo que más lo moviliza no es su presente dentro de la cancha, sino lo que puede generar a partir de todo lo que construyó en este tiempo. Es que en medio de los entrenamientos, partidos y trabajos empezó a darle forma a un proyecto que busca acercar a futbolistas sanjuaninos a Italia, con la idea de ofrecerles una experiencia que combine formación, competencia y acompañamiento en un contexto que puede ser tan atractivo como exigente.
“Queremos traer chicos en septiembre, que es cuando arranca la temporada, ya tenemos contacto con varios clubes y algunos confirmados, la idea es que vengan entre ocho y diez”, explica, aunque deja en claro que el punto de partida es la honestidad, lejos de cualquier promesa exagerada. “Vamos a ser sinceros, no vienen a la Juventus, vienen a equipos donde pueden jugar, crecer, algunos tener casa o comida, pero no es fácil, hay que adaptarse”, advierte, convencido de que entender el contexto es clave para sostener la experiencia en el tiempo.
El proyecto incluye alojamiento -en una casa cerca del mar-, entrenamientos, vínculo con clubes y, sobre todo, acompañamiento constante, una palabra que repite varias veces porque sabe lo que implica estar lejos, en otro idioma y con otras costumbres. “La idea es que no estén solos, ayudarlos en todo lo que necesiten, hacerles el camino un poco más fácil”, dice, mientras también imagina que la experiencia incluya conocer ciudades, ver partidos y empaparse de una cultura futbolera distinta.
En ese armado, hay una convicción que sostiene todo: el valor del jugador sanjuanino, al que conoce de cerca y al que defiende como un perfil que puede adaptarse y rendir en distintos contextos. “Siempre digo que el jugador de San Juan tiene hambre, se adapta, rinde, y eso en otros lugares lo valoran”, asegura, y remarca que en el fútbol europeo, incluso en categorías más bajas, la presencia de argentinos es constante y marca una diferencia. “En casi todos los equipos hay un argentino o un sudamericano, y se nota”, agrega.
Por eso, más allá de su propia experiencia, el mensaje que baja es claro y tiene que ver con animarse a salir, a buscar nuevas oportunidades incluso cuando el panorama no es sencillo, algo que él mismo reconoce que hubiera hecho antes si se le daba la chance. “Si hubiera sido más joven, me iba sin dudar, aunque me dijeran que iba a ganar poco, por la experiencia”, admite, dejando entrever que este presente también tiene algo de revancha.
Así, entre canchas de pueblo, viajes, entrenamientos nocturnos y proyectos en construcción, Rubén Ceballos armó en Italia algo más que una nueva etapa. Porque logró volver a sentirse futbolista después de haber estado al límite, se consolidó como formador en otro país y, al mismo tiempo, empezó a trazar un camino para que otros puedan intentarlo.