Por Natalia Caballero
El seminarista jachallero “progre” que mató la dictadura
Andrés Olivares era un joven huaqueño que estaba estudiando para ser sacerdote cuando lo apresaron los militares en Santa Fe en 1977. Simpatizaba con el movimiento de los padres tercermundistas y se definía como peronista. Hoy será homenajeado en Jáchal. Por Natalia Caballero.
Desde muy chico Andrés sintió el llamado de Dios, fiel a sus creencias, con apenas 10 años decidió estudiar en el Seminario Sagrada Familia, de Río Cuarto, y desde ese momento no paró en formarse para ser sacerdote, el sueño de su vida. Pero sus anhelos se vieron truncados cuando fue apresado por los militares durante la dictadura en Santa Fe. A tres días de su desaparición, le entregaron el cadáver de Andrés a sus familiares, estaba irreconocible. Su familia no pudo hablar del tema hasta ahora.
Hasta los 24 años, Andrés estuvo en Córdoba. Con otros seminaristas se empapó del movimiento de los curas tercermundistas y empezó a creer firmemente en la Teoría de la Liberación. “El Concilio Segundo del Vaticano cambió todo, nos hizo pensar en una iglesia más abierta, al lado del pobre, no solo para los ricos”, destacó su hermano Mario. Fueron estas ideas revolucionarias las que enamoraron a Andrés y a varios de sus compañeros.
Los jóvenes religiosos vivían en distintos hogares que dependían del Seminario Sagrada Familia. Antes de que la dictadura se adueñara del poder, la casa en donde Andrés residía fue allanada en varias oportunidades.
Además de sumarse al movimiento de curas tercermundistas, Andrés no tenía problema en gritar a los cuatro vientos su ideología peronista. Creía firmemente en un mundo más justo e igualitario, en donde primara la igualdad y la dignidad humana.
Andrés era el segundo de cuatro hermanos. Mario, el mayor, lo describe como el orgullo familiar, sobre todo de su madre. "Tener un hijo cura era un orgullo y mis padres sentían que iban a estar protegidos por siempre", destacó.
Pocas veces Andrés pudo venir a San Juan mientras estaba en el seminario. Pero cuando venía era una fiesta familiar. El seminarista era muy educado y sobresalía por una actitud compasiva frente a su prójimo.
La formación religiosa del joven siguió después en Santa Fe, pero se vio interrumpida porque lo llamaron para que haga el servicio militar en 1975. Empezó haciendo la colimba en Córdoba pero terminó en San Juan. Debido a sus graves problemas de visión, cumplía tareas administrativas en el RIM 22, incluso salía constantemente para hacer depósitos bancarios y enviar notificaciones desde el Correo. En octubre de 1976 terminó el servicio militar y decidió volver a Santa Fe, retomar sus estudios universitarios y el seminario. Ninguno de los proyectos de Andrés pudo ser concretado.
En Rosario, el joven seminarista vivía en un departamento de una obra en construcción que estaba a cargo de su tío. Él vivía con su hermano menor, que se había ido a estudiar allí. Nunca paró de trabajar con sus compañeros tercermundistas. Día a día estudiaba más y se involucraba con mayor vehemencia con la doctrina progresista.
El 28 de febrero de 1977 el hermano menor de Andrés decidió no ir a dormir al departamento. Cuando llegó al otro día con su tío al edificio, el joven de 25 años no estaba. Las puertas estaban violentadas, los libros abiertos y sus inconfundibles lentes arriba de una mesita. El seminarista desapareció. Su familia comenzó una búsqueda desesperada, pero pocos datos aportaron los vecinos, que dijeron no haber escuchado ni visto nada.
El 3 de marzo le llega a su familia en San Juan un telegrama. "Andrés Olivares se ha suicidado y su cuerpo se encuentra en la localidad de Dean Funes, Córdoba", eran las palabras de la maldita comunicación. La madre del seminarista ni ningún Olivares podía creer que el joven se hubiera suicidado, con el valor que le asignaba a la vida era imposible.
El comunicado contenía información incorrecta, el cuerpo de Andrés no estaba en Córdoba, estaba en un pueblo llamado Funes, de Santa Fe. Les dijeron que el joven se había tirado a las vías del tren. Le entregaron el cuerpo del seminarista en un cajón cerrado, pero cuando lo vieron estaba irreconocible, pero los documentos del joven les hicieron pensar que era él. Lo mismo, lo enterraron, aunque nunca creyeron en la causa oficial de su muerte.
"Mi madre nunca pudo recuperase del golpe de perder un hijo así, se fue a vivir a Santa Fe para ver si obtenía más datos y podía lograr entender por qué", contó Mario. La historia del hermano seminarista no ha sido muy contada por los Olivares, no podían hablar, no lograban procesarlo. Recién después de 36 años pudieron verbalizar lo que le pasó a Andrés.
El 25 de junio Jáchal celebra su aniversario 262°. Durante esa jornada recordarán a los seis jachalleros muertos durante la dictadura, uno de ellos es Andrés, el seminarista huaqueño al que le arrebataron su sueño.
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