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#YoSanjuanino

Los tres asesinatos que sacudieron la historia provincial

Los más importantes tuvieron como víctimas al gobernador Amable Jones, al taxista Nicolás Caputo y al diputado nacional Pablo Rojas.

Por Redacción Tiempo de San Juan

El magnicidio de Amable Jones

Corrían el año 1920 cuando el prestigio médico y político Amable Jones asumió la gobernación de la provincia. El sanjuanino, queregresaba a su tierra tras vivir durante 25 años en Buenos Aires y reaparecía como una suerte de pacificador para poner fin a las disputas internas de dos sectores radicales enfrentados, no hizo más que profundizar las diferencias entre el grupo local que respondía al presidente Hipólito Yrigoyen y el ala dirigida por los hermanos Federico y Aldo Cantoni. Los documentos de la época revelan que Jones nunca logró calmar el difícil clima político y despertó el odio de sus oponentes a raíz de la intervención de la Legislatura y el Poder Judicial.

Él igual no se inquietaba y seguía convencido que venía para poner en orden a la provincia, mientras tanto se gestaba la trama secreta en su contra para asesinarlo. Le habían llegado rumores de que querían atentar contra su vida. En ocasiones, el gobernador dormía en su casa en el barrio “Chilquilla” en Capital, pero a veces pasaba sus noches en otros domicilios por seguridad.

Así fue que sus espaldas, un grupo ligado al Cantonismo planeó su asesinato y la fecha elegida fue el 20 de noviembre de 1921. Sabían que ese día el gobernador Amable Jones estaba invitado a almorzar a la casa de su primo en La Rinconada, Pocito; entonces se organizaron para esperarlo en las inmediaciones y emboscarlo cuando éste arribara a la zona.

La banda se reunió de madrugada en un bar de ese distrito para dar los últimos retoques y aguardar al mandatario. Y no pegaron ni un ojo toda la noche y la mañana siguiente. Eran las 12.30 de ese domingo caluroso cuando por la vieja calle Mendoza apareció el auto que transportaba al gobernador Jones junto al presidente de la Corte de Justicia Luis Colombo, su secretario Humberto Bianchi, el empresario Juan Meglioli. El chofer era Leonardo Heard. 

La comitiva se detuvo unos minutos para saludar a un finquero. Antes que el vehículo se pusiera en marcha nuevamente, asomaron de sorpresa casi una decena de hombres y comenzó la balacera. Uno de los tiros pegó en el pecho a Amable Jones, que quedó cruzado en su asiento. Después le siguieron otros disparos y hasta le lanzaron una bomba para liquidarlo de una vez. Ahí también cayó muerto el empresario Meglioli, mientras que Colombo resultó herido. Los que salieron ilesos fueron su chofer y Bianchi, que alcanzaron a refugiarse. De fondo se escuchó el grito de ¡Viva Cantoni! Y después todo fue desconcierto para los vecinos. Ese conmocionante crimen políticomarcaría un antes y después en la provincia, también el inició de una nueva época con el Cantonismo.

La leyenda de Caputo

La trágica suerte del taxista Nicolás Caputo fue otro de los capítulos de la historia de la provincia. Un trabajador del volante como cualquier otro, que la tarde del 5 de mayo de 1939 levantó a dos pasajeros en la plaza 25 de Mayo, en pleno centro sanjuanino, e inició un viaje en su Ford camino a la muerte.

Sus ocasionales pasajeros eran los primos Juan Manuel y José Demetrio Sciolaza, dos santafesinos que habían llegado a la provincia en busca de trabajo. Aquel no fue un viaje cualquiera, los Sciolaza ordenaron al taxista dirigirse al paraje Difunta Correa, en Caucete. El chofer jamás imaginó que los hombres tenían en mente un plan siniestro, lo supo cuando le pidieron que detuviera el coche al costado del camino, cerca de la zona llamada “Cuesta de las vacas”. José Demetrio Sciolaza bajó del vehículo con la excusa de orinar, fue ahí que su primo Juan Manuel sacó un arma y le dio un certero disparo en la cabeza al taxista. Después diría que en realidad la idea era robarle el taxi, pero se suscitó una pelea y tuvo que dispararle.

Esa tarde, los Sciolaza tiraron el cadáver de Caputo entre unos arbustos y fugaron en su auto en dirección al Este. Las horas transcurrieron y se hizo de noche. En la casa de Caputo, en Concepción, extraño por demás su ausencia. Al día siguiente tampoco apareció y su padre radicó la denuncia en la Policía para que empezaran a buscarlo.Fueron días de angustia para los Caputo. Mientras tanto en la Policía se tejían las más diversas hipótesis sobre su paradero. Hablaban de un posible secuestro o de una fuga voluntaria. Su misteriosa desaparición convulsionó a los sanjuaninos. 

Los días y los meses pasaban y nada se sabía nada de él. Por un hecho fortuito, el 18 de julio de ese año hallaron un cadáver con un disparo en la cabeza, camino a la Difunta Correa. Más tarde supieron que se trataba del cuerpo de Nicolás Caputo.

Su caso tuvo cobertura en los medios nacionales. Y a los días, un dato clave surgió del lado menos esperado. Un mecánico santafesino que se enteró del crimen del taxista sanjuanino a través de un diario, llamó a la Policía para avisar que había visto un auto Ford como el que buscaban y que en una de las cubiertas tenía escrito “Caputo”. Los investigadores luego localizaron el coche y a la persona que lo tenía. Esta persona a su vez reveló quiénes se lo habían vendido y por medio de ellos llegaron a dar con los primos Juan Manuel y José Demétrio Sciolza, los autores del asesinato. Ambos fueron traídos a San Juan y posteriormente condenados a prisión. De Nicolás Florencio Caputo sólo quedó su recuerdo y su historia trágica se convirtió en una leyenda popular que hasta la fecha es venerada en un improvisado santuario popular al costado de la ruta 141 en Caucete.

El crimen político de Rojas

Los furiosos años 70 también tuvieron otro crimen que convulsionó a San Juan. El del diputado nacional Pablo Rojas, ex sindicalista de FOEVA y uno de los máximos referentes del peronismo en la provincia. El motivo del atentado fue el proyecto de ley que presentó en la Cámara de Diputados de la Nación para el envasado de vino en origen.

Si se quiere, ese proyecto le significaría su sentencia de muerte. Y es que afectaba muchos intereses económicos en razón de que, de sancionarse esa ley, las fraccionadoras iban a verse obligadas a radicarse en las provincias productoras de vino a granel. Por otro lado, eso también perjudicaba al gremio FOEVA debido a que peligraba el control de sus afiliados radicados en las ciudades más importantes del país.

La represalia contra Rojas se materializó la madrugada del 3 de noviembre de 1975. Aquella noche, el diputado nacional regresaba a su casa en su auto Ford Falcón cuando fue encerrado por otro vehículo en calle Paraguay, entre Rioja y Tucumán, en Concepción. Desconocidos bajaron de ese coche y lo atacaron a tiros y a cuchillazos. Él alcanzó a disparar con su revólver e hirió a los sicarios, pero igual acabó muerto de cuatro balazos.

Tras la balacera, los vecinos vieron salir raudamente a un Peugeot 504. A las horas, la Policía encontró ese vehículo abandonado al costado de la ruta 40, en Sarmiento. Más tarde, por intermedio de los policías mendocinos tomaron conocimiento que un hombre llamado Fernando Alberto Otero había ingresado herido de dos balazos al Hospital Central de esa provincia. Ese hombre era un suboficial del Ejército oriundo de Buenos Aires que estaba hospedado en un hotel de Mendoza.

La Policía Federal allanó la habitación alquilada junto un tal Carlos González –quien no estaba- y encontró armas de fuego, municiones y fotos de otras personas.Al otro día, hallaron el cadáver de González con dos balazos en el distrito mendocino de Papagayos. Evidentemente lo habían abandonado en la fuga. Entre su ropa guardaba mapas y datos de los lugares que frecuenta el diputado nacional, con esto confirmaron que tenían vinculación con el asesinato de Rojas. La investigación permitió establecer que Otero y González eran acompañados por otros dos sujetos, también miembros del Ejército: Mario Ernesto Durquet y Fernando Federico Delgado, que estaban prófugos. Descubrieron también que todos ellos pertenecían al grupo de la Triple A, la banda paramilitar de la extrema derecha peronista.

Otero después confesó que se trató de un crimen encomendado por un dirigente gremial de apellido Ocampo. Se refería a Delfor Ocampo, secretario general de FOEVA San Juan y secretario adjunto a nivel nacional de la misma entidad, quien fue detenido en abril de 1976. Otra que cayó detenida fue María del Carmen Come, la mujer de Otero, que estaba hospedada en esos meses en un hotel de San Juan. A ella le secuestraron la fotocopia de un cheque por 50.000 pesos entregado por el tesorero de FOEVA, Alejo Quevedo, quien declaró que la orden de pago se la había dado Juan Baigorria, mano derecha de Ocampo. Eso terminó de cerrar la trama entorno al asesinato del diputado Rojas y salió a luz que el instigador del crimen eraprincipalmente Delfor Ocampo.
 

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