En el vaivén de abogados y jueces por el edificio de Tribunales, en medio de papeles y mucho trabajo, hay un personaje que se encarga de sacarle, además de brillo a los zapatos, una sonrisa a todo el que se lo cruza. Se trata de César Ángel Vega, un hombre que lleva más de 40 años al servicio de los zapatos de los magistrados. Entra a los despachos sin golpear la puerta, toma café, comparte comidas con sus clientes y, sobre todo, tiene un apodo para cada uno. Un verdadero amigo de la justicia.
El hombre que le saca brillo a la justicia
El edificio de Tribunales y sus alrededores son sus lugares de trabajo. Es el lustrador “oficial” de jueces y abogados, de quiénes además es gran amigo.
"¿Vas a lustrarte el yeso?”, le grita a un hombre que va pasando por la vereda de enfrente de Tribunales con muleta y uno de sus pies enyesado. El hombre sonríe y le devuelve la broma. Es que César, más conocido como Negro o Angelito, es amigo de todas las personas que habitualmente transitan la zona. Tiene un apodo para cada uno de sus clientes, que además son sus amigos.
"Allá va el tiritón”, le comenta a un abogado amigo mientras le pone pomada y cepilla sus zapatos. "Le digo así porque cuando le lustro los zapatos le tirita la pierna. Siempre le digo que se quede quieto porque le voy a lustrar las medias”, explica sonriente César.
Más de 40 años como lustrador de zapatos en las inmediaciones del edificio donde se hace justicia han hecho que sea un personaje querido y respetado por todos. "Tengo un don para darme cuenta cómo son las personas. No sé cómo puedo ser amigo de estos diablitos porqué yo soy un angelito”, comentó entre risas haciendo alusión a su apodo.
En una mano carga un cajoncito de color verde con las pomadas y cepillos, y en la otra el banquito. Siempre con una sonrisa en el rostro y un chiste dispuesto a hacer reír a los que lo conocen. Así se lo ve, todas las mañanas, merodear las inmediaciones de la Plaza Aberastáin.
"Hace un tiempo, estuve tres meses sin venir a trabajar porque me dio una parálisis facial. Todos estaban tristes porque me extrañaban y pensaban que me había ido para el otro lado, hasta que un día y volví y se asustaron porque pensaron que era un fantasma”, comentó riendo.
Comenzó su profesión cuando apenas tenía nueve años para ayudar a su familia. Sus inicios fueron en los barrios de Rawson, dónde vivió toda su vida. A los 17 años, acompañado por un amigo, se trasladó con su cajoncito y sus pomadas a los alrededores de la plaza 25 de Mayo.
"Cuando llegué al centro decidí que no me iba más de aquí. Durante muchos años trabajaba todo el día, llegaba a las 7 de la mañana y me quedaba de corrido hasta las 21 o 22 hs. Me encanta mi trabajo”, comenta el lustrador "oficial” de la justicia. "Ahora sólo trabajo de lunes a viernes en las mañanas. Vengo a primera hora y me quedo hasta el medio día”, agregó.
Son cientos de anécdotas las que lo unen con los magistrados. Si bien conoce secretos y detalles de los despachos más importantes asegura que es una tumba y no traicionaría la confianza de sus clientes. "Yo sé muy bien cuando puedo trabajar. Si los veo que están hablando con alguien o están muy ocupados no los molesto, después ellos solos me andan buscando para que le lustre los zapatos o nos tomemos un café” explicó, siempre sonriente.
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