Por Viviana Pastor
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María del Carmen Reverendo tiene 80 años y se mantiene tan coqueta como a los 20, al punto que aseguró que los hombres todavía se le tiran “lances”. Para la entrevista estaba de punta en blanco, bien maquillada, rojo carmín en los labios y grandes aros tornasolados. Hablaba con toda la expresión de su cara y sus manos acompañaban los gestos; nunca se quedaba quieta. Los años para ella no cuentan, por eso sigue dictando clases en la carrea de Ciencias de la Comunicación; fue profesora de todos los periodistas que pasaron por las aulas de la Facultad de Ciencias Sociales.
Antes, recordó María del Carmen, había cronistas sociales que traían un escrito de afuera y lo entregaban a un redactor, pero nunca se había incluido a una mujer como trabajadora en una redacción. Dentro de la ley de Estatuto Profesional del Periodista, ella fue la primera en el diario Acción.
“Acción era hermoso porque estaban los mejores periodista s de San Juan, José Barchilón, Rogelio Díaz Costa, Máximo Anastasi, Borobio, Eugenio Carte, Julio Ares, eran monstruos del periodismo ¿cómo no iba a aprender?”, contó.
Los primeros años no tenían máquinas de escribir ni movilidad, así que escribían en papel de bobina y hacían las notas caminando o en bicicleta. Tampoco había grabadores, era una tarea casi artesanal. “Escribíamos a mano, pero vi que eso no podía ser y al tiempo empecé a trabajar en una Remington que tenia teclas de marfil blancas y era durísima, me quedaba la espalda terrible, después vinieron las Olivetti. Los linotipistas eran muy inteligentes y hasta corregían los escritos”, señaló. El diario le provocó una enfermedad que la separó más de un mes de la redacción, le dio saturnismo que es el envenenamiento que produce el plomo, es que el taller estaba en planta baja y la redacción de Acción estaba arriba, las linotipos funcionaban con pescadillas de plomo y subía el vapor del metal que respiraban los periodistas. “Había tenido mi hija y estaba muy débil, llegué a pesar 38 kilos, estaba muy delicada, Dios me salvó y volví a trabajar”, recordó.
En Acción escribía de todo, hasta notas de deportes, pero sobre todo mucha necrológica, “todo muerto venía a mí y los compañeros tenían modelos y copiaban formas: ‘fue esposa ejemplar y madre amantísima’, yo trataba de cambiar un poco ese molde”, dijo.
Antonio Pérez García era el jefe de prensa y el diario dependía comercialmente de Casa Lara, el salón de artículos del hogar más grande que había en San Juan. María del Carmen contó que un día pasaron los bomberos y Pérez García dijo: ‘¿a qué imbécil se le habrá quemado la casa?’, y era la de él. “Le dio tanta bronca que al otro día sacó en portada un titular catastrófico: ‘Casa se incendió por estallido de cocina Volcán’. Casa Lara sacó la publicidad y el diario se vino abajo. Hay que tener cuidado en salvar parte económica, un diario es máquina registradora”, aseguró. Cuando cerró Acción, los periodistas lo despidieron con un altar y unas velas encendidas.
En 1955, José Rocha la llamó de radio Colón, allí fue la Tía Silvana del mítico programa La Pandilla del Tío Melchor, una emisión que escuchaba todo San Juan, “fue fabuloso, duró muchísimos años; de ahí viene Silvana Roger, porque antes se usaba el seudónimo y todos los periodistas viejos escribían con seudónimo. Hasta ahora me conocen como Silvana Roger y cuando publico, lo pongo entre paréntesis. Silvana en homenaje a la abuela de Rogelio que era mi amor, y Roger es Rogelio. Pero Silvana Roger nació en vida de Rogelio, cuando él muere Silvana Roger muere con él y empecé a publicar con mi nombre”, dijo. Otros seudónimos con los que escribió son: Juan Tragabilis, Seteve, Diana Mackey y María Federica.
En el año 1956 al 1958 diario Tribuna nació como aparato del partido Demócrata Nacional, aunque en manos de Graffigna; pero cuando se rearma el partido tomó la conducción y era director Horacio Esbry. “Odiaban a las mujeres en la redacción, no querían saber nada, por eso Rogelio me decía: ‘cuando entres al diario la cabeza en la máquina de escribir, 15 originales y sin parar’. ¿Sabés lo que eran 15 originales? Entrevistas, crónicas, información general, todo. Había muchos periodistas que no sabía escribir a máquina y lo hacían a mano y el linotipista armaba esas notas”, señaló la profesora.
El diario lo terminó ganando Graffigna quien puso de director a Ángel Martín, “que era ultra católico y odiaba a las mujeres, yo era madre soltera así que la tenía perdida. Fuimos todos los empleados a una entrevista para ver si nos dejaban o no. Yo decía Dios mío ¿que hago si me echan, cómo voy a criar a mi hija? Yo estaba esperando con Eugenio Carte, y vemos un movimiento muy raro de ambulancias, le había dado un ACV a Martín, eso fue el 31 de marzo y murió el 3 de abril y como no había dejado nada escrito si entrábamos o no, entré derecho al diario; el 1 de mayo del ’58 quedé como redactora fija. Yo no sé si eso fue un milagro o qué, porque el tipo ya había dicho que mujeres no iba a querer en la redacción”, relató con una memoria prodigiosa.
En esta nueva etapa el director de Tribuna fue Juan José Montilla, que fue uno de los periodistas que junto con Buenaventura Luna trabajó en la montaña contra Cantoni. “Montilla me quería tanto que dijo: ‘cuando yo me muera quiero que la necrológica me la escriba Silvana’, y así fue. Tuve mucha suerte”, contó. Pero la suerte se acabó cuando la dirección la tomó Lavaqué, porque María del Carmen no quiso acatar algunas órdenes respecto a cómo tenía que hacer su tarea y renunció en 1965 al Tribuna.
Con la indemnización de Tribuna, unos 200 mil pesos, pagó la casa en el Barrio Universitario donde vive actualmente, “¿ves que todo se da bien?” aseguró.
La rama femenina
Sentada en el sillón verde con carpetita tejida en el respaldo, rodeada de fotos y libros, en un living con paredes atiborradas de cuadros de Santiago Paredes, fotos de padres y abuelos y distinciones para ella o para Rogelio, María del Carmen hablaba sin parar, encantada de contar su historia.
“Como periodista mujer tuve muchas satisfacciones. En el año ’62 se convocó a las mujeres periodistas de todo el país a Buenos Aires, éramos muy pocas. En el diario La Nación hicimos la reunión, pero Mendoza no tenía mujeres periodistas, ni San Luis, ni Córdoba; si había de La Rioja, Corrientes, Formosa y Salta”, recordó. En ese encuentro conoció a la periodista peruana Elsa Sagasti, que trabajaba en el diario El Comercio, quien la recomendó ante el Committee of Service of Women de New York. Mandó su curriculum y todos los trabajos publicados, se presentaron 160 periodistas para esta beca y María del Carmen quedó entre las 19 ganadoras por sus columnas donde reclamaba la creación de guarderías infantiles, ya que lo sufría en carne propia cuando no tenía con quién dejar su hija para ir a trabajar. Estuvo un mes en Nueva York, en mayo del ’63, allí lo conoció a John Fitzgerald Kennedy, en el edificio de las Naciones Unidas. “Él sabía los nombres de todos los periodistas del lugar y le preguntaban y él respondía. Rockefeller era el opositor y le preguntaron si podía ser candidato siendo separado y él dijo algo que me quedó grabado: ‘La vida de las personas pertenece a Dios y los seres humanos no tenemos por qué criticarlas’. Cuando se hicieron las cuatro y media dijo: ‘my time is over’; la media hora de conferencia había terminado. Me quedé encantada con ese hombre”, recordó.
Periodismo hoy
Reverendo dijo que hoy el periodismo está “muy comprometido con lo que le va a dar dinero”. “Con la minería está comprometido y no podés escribir nada en contra porque hay mucho dinero. A mí me gustaba decir la verdad, lo que yo quería y antes no me censuraban, ahora me censuran. Ya no tengo libertad de expresión”, criticó.
La historia de amor
“Yo nunca tuve novio porque yo quería un hombre inteligente y cuando iba a los bailes me hablaban zonceras; yo con 12 años me había leído todas las obras del siglo de oro español, era muy estudiosa. No me gustaba nadie”, contó. Hasta que una noche de 1952 en la que se hacían las romerías españolas, María del Carmen tenía 19 años y estaba en primer año del Profesorado en Letras, su madre le insistió mucho para que la acompañara a esa fiesta y fueron. Se sentó con una amiga mientras su madre estaba en el “kiosco Galicia” con un señor que estaba recitando versos de Rafael de León y su mamá la llamó.
Ella no quería ir pero su madre no dejaba de llamarla y le dijo a este señor que le repitiera a su hija el verso que tanta gracia le había hecho. “A dos quiero, a dos amo, la ley manda no más que a una, haré lo que la ley manda, pero olvidar a ninguna, dijo este señor que estaba con un sombrero gris y cuando me miró fue un flechazo inmediato. Me dijo que Rafael de León es ‘muy larguero’ y yo le dije que sí pero que era un gran poeta. Vi que era un hombre culto pero yo lo veía viejo, el tenía 41 y yo 19. Mi madre me dijo si no adivinaba quién era este señor y yo dije que no sabía, me dijo: ‘si lo lees todos los días en el diario y lo escuchas en la radio’, cuando me dijo él: - ‘¿no me reconoce señorita?, ahí lo reconocí por la voz y le dije: -¿usted es el señor Rogelio Díaz Costa? –Sí señorita, mucho gusto. Desde ese día no nos separamos hasta que él murió”, contó María del Carmen.
Pero las cosas no fueron sencillas para ellos, Díaz Costa era casado y con hijos y ella no quería que dejara a su familia y aunque al principio acordaron ser sólo amigos, a los 6 años de esa relación nació María del Rosario, hija de ambos.
“Cuando tenía 26 años, un día en carnaval perdimos la chaveta y me quedé embarazada, pero me la aguanté sola. Mi parto fue con él sola en el campo porque era una vergüenza, tuvimos que huir y disimulamos hasta el final, fue maternidad muy dolorosa, finalmente les tuve que decir a mis padres y cuando nació mi niña alquilé una casa y él venía y tuvimos una vida matrimonial que duró 17 años. Su mujer sabía, sus hijos sabían porque él llevaba a mi hija a su casa para que estuviera con sus hermanos”, recordó.
Ese amor fue ideal. “Nos manejábamos telepáticamente, él me llamaba al diario y me decía: ‘- te está doliendo la cabeza, ponete así chanchín, pajarito, porque estoy haciendo fuerza para que se te pase’. Así me decía, fue un amor que quisiera que todos los tuvieran. Se murió de mi mano con un cáncer terrible”, dijo entre lágrimas.
Rogelio Díaz Costa fue uno de los periodistas más importantes que tuvo San Juan, escribió varios libros y ensayos y fue quien bautizó a Ischigualasto como el Valle de la Luna.